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Los Kjarkas e Illapu, protagonistas de la décima luna

Los peligros de obedecer al mercado

MEDIOS el 31/01/2010 

El grupo boliviano eligió repasar no lo mejor, sino lo más popular de su historia; los chilenos buscaron un camino distinto.

Por Cristian Vitale para Página/12

Sería un atrevimiento contar el todo por la parte en el hecho Kjarkas–Cosquín 50. Grupo con una trayectoria inmensa, de casi tantos años como el festival —nació en 1965—, y con arraigo popular no sólo en su Bolivia natal sino en sus derredores sudamericanos y, también –al menos en su esplendor– en cierta parte europea del globo, cuando la música andina motivó atención bastante antes de la world music. Nacido como cuarteto con los hermanos Hermosa más Edgar “Pavito” Villarroel; devenido exponente genuino de su región, de huaynos y bailecitos; actor clave para que la música boliviana, de esencia, empezara a escucharse en las radios por fuera de horarios marginales; restauradores de la huancara, magos de la zampoña, creadores del ronroco, ese charango grande que Gustavo Santaolalla hizo de su uso una costumbre; protagonista del suceso al que llamaron “el evento del siglo” en Bolivia, con una actuación para 40 mil personas en agosto de 1999 y de una serie de clásicos fuertemente instalada en el imaginario musical del altiplano. Son, éstas, algunas de las razones para legitimar a Los Kjarkas como agrupación faro de un género.

 

Pero un detalle revela su flanco débil. Un detalle no menor. Narra la historia que, cuando su origen, Los Kjarkas hacían zambas porque era “lo que la gente quería escuchar”. El potencial estético de sus cuatro fundadores daba para más que la recreación de un estilo mucho mejor recreado de la frontera hacia acá. Pero era “lo que la gente quería escuchar” y, cuando un grupo toca “lo que la gente quiere escuchar” pierde brillo. Se desluce. Le traspasa su mochila de deseos a un otro desconocido y anónimo. Transa su subjetividad. Se deja imponer. Se entrega, manso, a cambio de unos billetes que no le cambian la vida a nadie. Bien: la actuación del hoy septeto en Cosquín estuvo signada por esa mancha de origen. No fueron, al menos en buena parte del set que eclipsó la décima luna, esos Kjarkas capaces de transportar hasta al más frío de las sierras chicas a los Andes con la nota de un sikus. Fueron Los Kjarkas versión entretenimiento. Los que le quitaron tiempo a la vena ancestral para mostrar su cara abolerada, casi de balada, tibia. La de “Árbol de mi destino” que, pese a su éxito comercial en los ’70, no es de lo más interesante que la agrupación puede mostrar. O la de la insípida “Ave de Cristal”. En suma, pese a la arremetida carnavalera del final, los bolivianos dejaron gusto a poco. Se dejaron llevar, como en aquel principio, por el a veces engañoso —no siempre confiable— gusto colectivo. Y se quedaron a medio camino.

 

Distinto, aunque no en los antípodas, resultó Illapu, la otra pata de una noche de impronta sustancialmente latinoamericana. Los chilenos de Antofagasta refrendaron su actuación de la edición anterior con un vendaval de huaynos y carnavalitos que convirtió los escasos espacios sin butacas de la Próspero Molina en una intensa pista de baile. Más a tono con su esencia, los hermanos Márquez le pusieron huaynos y carnavalitos a una noche calurosa y húmeda. Casi irrespirable. Dos momentos altos: la versión, impecable, de “Juana Azurduy” en homenaje a Mercedes Sosa —otro más— y un hit de batalla que no anula lo auténtico: “Candombe para José”, que precedió al bis, muy festejado, de “Vuelvo para vivir”. Illapu tiene su flanco débil —quién no, al cabo—, pero lo disimula mucho mejor que sus hermanos bolivianos.

 

El momento argentino de la décima luna, más allá de las actuaciones de Pancho Cabral, César Isella y el homenaje a tres mujeres clave de la historia cultural tierra adentro —Alfonsina Storni, Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral—, hizo base en el solipsismo hechizador de Juan Falú y su guitarra (esta vez sin la compañía de Juan Quintero), en el trío de mujeres Aymama —finas, muy inspiradas, sutiles— que le pusieron piano, caja y guitarra a “Campo afuera”, la chacarera de Carlos Di Fulvio; en la esperada irrupción de los barbudos mimados de Cosquín (el Dúo Coplanacu) y en una de las actuaciones que seguramente contará entre los momentos más altos de la totalidad del festival. El de Horacio Banegas, santiagueño innovador, que pudo mostrar en 16 minutos una síntesis perfecta de la búsqueda que impregnó su último disco, Inmediaciones. ¿Qué hizo?: invirtió la fórmula. No tocó lo que el público quería escuchar —tal vez una cascada de chacareras sin descanso— sino lo que quería él. Y el público, a final, no lo dejó ir. Fue el más ovacionado y su versión de “Nostalgias campesinas”, de don Sixto Palavecino, no necesito de pirotecnia para brillar en su pureza. Brilló igual.

 

Son maneras. Maneras que, al final, se notan. Maneras que perduran en el tiempo y así definen el valor del arte sin demandas de mercado.










 
  

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