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50 Festival de Cosquín

Medio siglo con el folklore

MEDIOS el 02/02/2010 

Tras 12 días en los que la música sonó de la noche a la mañana, terminó el Festival de Cosquín.

Por Mauro Apicella para La Nación


El mejor espectáculo, el dedicado a María Elena Walsh.
© Irma Montiel

Con Soledad, el Chaqueño Palavecino y los Nocheros -tres representantes de la música nativa de difusión masiva, reunidos en el espectáculo La fiesta del folklore - terminaba en la madrugada de hoy la 50° edición del Festival Nacional de Folklore de Cosquín.

 

Si uno se detiene a pensar un instante —a esto invitó el presentador Marcelo Simón días atrás—, esos 50 años representan una cuarta parte de la historia de nuestro país, que está comenzando los festejos de su Bicentenario.

 

Y si uno piensa un poquito más, se dará cuenta de que la historia del festival está ceñida a la de la Argentina, y que sus usos y costumbres son parte de un folklore propio. Veamos: la definición que ofrece la Real Academia Española de la palabra folklore es simple y escueta. "Conjunto de creencias, costumbres, artesanías, etc., tradicionales de un pueblo". De esto se deduce que la ciudad de Cosquín tiene folklore porque cada enero hay costumbres que se repiten.

 

Imponer su festival de música popular como el más importante del país. Definir la programación artística casi a último momento. Ser un espacio de encuentro odiado, amado y defendido (todo al mismo tiempo). Impulsar a músicos desde su escenario mayor. Hacer lobby detrás de escena para que algunos artistas accedan a los premios consagración y revelación. Discutir, en la platea, sobre por qué aparece tal artista y por qué dejaron afuera a tal otro. Protestar por lo que se le pagó de cachet a un cantante. Quejarse de la negativa de un bis que reclama el público porque el guión televisivo no lo permite. Ante el menor indicio de nubarrones matinales, hacer algún gualicho para que no llueva. Lanzar oraciones al cielo para que la plaza Próspero Molina tenga al menos un 70 por ciento de las ubicaciones ocupadas. Celebrar esa fiesta que generan los músicos de mayor convocatoria. Sorprenderse con algún artista talentoso que llegó a cantar durante un par de minutos sobre el escenario Atahualpa Yupanqui. Vivir nueve días (aunque este año fueran 12) a pura música nativa.

 

Todo esto es parte del Festival de Cosquín, desde hace bastante tiempo. Todo esto está garantizado, en mayor o menor medida, a lo largo de su historia, que ya cuenta con 50 eneros. Vayamos ahora a algunos puntos para destacar de la última edición, entre ellos, esa mirada a la historia del festival, en este festejo de aniversario.

 

El show de la nostalgia. Esta edición tuvo algunas actitudes que demostraron el intento de recrear el espíritu coscoíno de los primeros festivales, con todo lo simpático y nostálgico que tiene esta acción y, también, todo lo frustrante. Porque, en definitiva, más que revivir una costumbre se trata de convertirla en un espectáculo. Hubo tres hechos para destacar. Primero: el encuentro de Soledad con sus fans, en el río. Segundo: la cacharpaya con músicos de Los Nocheros y Los Tekis. Tercero: la jineteada que se mandó el Chaqueño Palavecino al empezar cantando en un escenario y trasladarse a caballo hasta la Próspero Molina, plaza principal del festival. No es criticable su actitud. Al contrario: en realidad, resulta muy pintoresco. Sólo se puede objetar la manera como esto se propone y se promociona. Porque no hay que olvidar que ese tipo de aventuras ya las hacía Cafrune en los setenta, como parte de un espectáculo (no como algo espontáneo o folklórico). Claro que, en ese momento, no era seguido por cámaras y proyectado en pantallas de trama o leds.

 

En números. Según los organizadores, la asistencia de público fue, en promedio, mayor que la del último año. Y con pronósticos bastante optimistas, calculan que llegaría al 80 por ciento de las 12.000 localidades ocupadas por noche. Con la cuenta final, tal vez ese porcentaje pueda ser menor. Pero lo cierto es que en esta edición la plaza Próspero Molina se vio bien poblada la mayoría de las noches. Detrás de escena trabajaron cerca de 250 personas dedicadas a la producción, y hubo cerca de 320 periodistas acreditados. Durante 12 noches se vieron cerca de 200 espectáculos sobre el escenario mayor.

 

Extensión horaria. Cada año, la programación del festival es más extensa en números programados y horario. Allí se puede encontrar de todo: desde artistas talentosísimos hasta otros que no conseguirán jamás justificar su presencia sobre el escenario Yupanqui con argumentos nobles. En esta edición nunca fueron menos de siete las horas en continuado de cada jornada. A esto hay que sumarle la actividad en las peñas, que se extendieron hasta el amanecer y las guitarreadas en el río, algunas de las cuales comenzaban por la mañana.

 

La polémica. Con los años, la polémica fue un elemento indispensable del festival. Este año hubo una, aunque pequeña. Fue el breve recital de Pablo Milanés, por problemas de salud. El cubano fue criticado por haberse retirado a los 35 minutos de comenzado su show, sin despedirse. De haber explicado al público cuál era el problema (de hecho, sus deficiencias vocales fueron notorias), no se habría armado tanto revuelo.

 

Lo más emotivo. El homenaje a Mercedes Sosa (a cargo de Teresa Parodi, Víctor Heredia, Peteco Carabajal, León Gieco y Jairo) en la apertura.

 

El mejor espectáculo. El homenaje a María Elena Walsh, con las voces de Bruja Salguero, Laura Albarracín, Verónica Condomí y Paola Bernal, y los recitados de Georgina Rey, de textos escritos por Teresa Parodi.

 

Convocatoria. Ante la falta de artistas convocantes y la extensión del festival de 9 a 12 noches, la asistencia de público podía ser una gran preocupación. Sin embargo, este año no hubo plazas raleadas, quizá porque económicamente fue un mejor año que el anterior. También ayudó el tiempo; este año no hubo noches frías, esas que, entrada la madrugada, pueden diezmar la audiencia a mitad de un luna coscoína. Por otro lado, Jorge Rojas y el Chaqueño Palavecino se mantuvieron en el podio de los que más público convocan.

 

Tres personajes. Con su actuación, Horacio Guarany demostró dos cosas: que el público lo sigue amando (pues conserva su carisma intacto) y que su voz ya no da más. Si sólo subiera el escenario para saludar, recitar y contar un par de anécdotas, los oídos estarían agradecidos. En cambio, uno que se retiró, pero que podría seguir sobre los escenarios, es Luis Landriscina. Fue invitado especialmente para el 50° aniversario. Logró que el público lo escuchara en silencio y riera con sus historias. La tercera figura es Elvira Ceballos, que integra el grupo de Raly Barrionuevo. Deslumbró con su estilo pianístico tan profesional como sencillo y profundo. La veterana música dio una breve muestra de su talento y buen gusto para interpretar repertorio folklórico.

 

Desniveles artísticos. Este año se notó especialmente lo desparejo que fue el nivel artístico de los concursantes del certamen Precosquín que, en teoría, reconoce a los nuevos valores de la música nativa. Hubo algunos músicos con pasta de artista. Hubo otros que parecieron haber aterrizado en el Precosquín porque llegaron tarde a la inscripción para el programa Talento argentino.

 

Menú peñero. La Salamanca y la del Dúo Coplanacu fueron las peñas de más cuidada programación artística. Y la propuesta que durante las últimas cuatro noches ofreció De la Piel al Alma fue una de las más interesantes alternativas a los espacios tradicionales.

 

Los premiados. El premio consagración de la edición 2010 fue compartido por el solista Franco Luciani y los grupos Canto 4 y Guitarreros; Los Trovadores se alzaron con lauro a la consagración histórica. El premio a la canción inédita fue para "La transerrana", de José Luis Aguirre. El Camín de Oro fue para Horacio Guarany; menciones especiales: Paola Bernal y Grupo Ceibo.










 
  

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