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Los Parra en el arte chileno: familia mayor

MEDIOS el 12/09/2010 

La influencia de Nicanor, Violeta y Roberto Parra se ve hasta hoy en la música, el teatro y la literatura.

Por Marisol García para La Tercera

La condición de hermano mayor, en un familión que al poco andar se vio sin padre, fue la base de autoridad que Nicanor Parra tuvo desde 1929. Poco después, ya como alumno del Pedagógico (Matemáticas y Física), se convirtió en el sostén económico de Clarisa, su madre, y asumió que su juventud se vería interrumpida por las decisiones que debió tomar a nombre del clan, como la mudanza paulatina desde Chillán a Santiago o el lugar en el que habrían de continuar sus ocho hermanos menores los estudios.

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Su preparación académica y capacidad para adaptarse a la capital orientaron de modo crucial la biografía artística y práctica de sus hermanos, pero la influencia creativa del antipoeta sobre todos ellos escapa a la verticalidad que suele adjudicársele, pues se insertó, más bien, en una circulación de talentos en red, que iban retroalimentándose a partir de una pulsión genética tan viva como misteriosa. Coincide en ello el poeta Leonardo Sanhueza: "Se sabe que Nicanor Parra, por diversas razones, fue para Roberto y Violeta una especie de guía, pero a la vez el propio Nicanor ha admirado siempre, de manera casi reverencial, la potencia creativa de sus hermanos. En ese sentido, no creo que pueda hablarse de influencias en una sola dirección. Antes que algún tipo de supremacía, lo que yo veo en los hermanos Parra es una experiencia común del lenguaje, una manera de relacionarse con el mundo y las palabras, que viene tanto de su familia como de su entorno cultural, y enseguida una relación de colaboración mutua de acuerdo al carácter, el conocimiento, la biografía y la sensibilidad de cada cual".

 

No han surgido aún teorías plausibles sobre por qué tres de los mayores exponentes del arte chileno son hermanos, ni por qué sus parientes continuaron haciendo tanto a partir de tan poco. Sabemos, sí, de cómo Nicanor motivó a Violeta en la composición, y de cómo ésta obligó a Roberto a dejar registro de sus creaciones que, a la vez, hicieron mucho por inspirar el humor poético de Nicanor. El peso de la obra de cada uno es innegable y está a la vista: desde que en 1954 Nicanor Parra publicara Poemas y antipoemas, su nombre se convirtió en un faro dentro de la literatura hispanoamericana. Violeta Parra es la compositora más importante del repertorio local, madre inspiradora de la Nueva Canción Chilena. La Negra Ester, la obra de teatro más vista en la historia de Chile, con seis millones de espectadores desde su estreno en 1988, se basa en el amor trágico y alucinado de Roberto y una prostituta del puerto de San Antonio que el autor plasmó en sus décimas. El guitarrista le dio forma también al jazz huachaca y la cueca brava que en estos días, especialmente, se toca en varias fondas y locales nocturnos.

 

A los Parra Sandoval la pobreza los había vuelto recelosos y autodidactas, obligándolos desde pequeños a ingeniárselas en oficios diversos de venta y entretención: lustrar zapatos, vender flores, limpiar tumbas, animar audiencias en parchadas carpas de circo. La precariedad laboral del padre los acostumbró a la itinerancia entre pueblos y ciudades del sur; desapego geográfico que resultaría señero para su temerario nomadismo adulto. Mucho antes de terminar el Bachillerato, varios hermanos eran ya diestros en el canto y la guitarra, e incluso Violeta había ganado cierta fama como intérprete de cuplés. Más que como el resultado de una ambición artística, la música fue, primero, un modo de supervivencia. Así lo cuenta Eduardo Parra en Mi hermana Violeta:

 

Al diablo con el lustrín,

preferimos la guitarra.

"Cantarán todos los Parra

lindo será nuestro fin".

Radiante, cual volantín

profetiza la Violeta.

 


Roberto: el autor de La negra Ester compuso cuecas bravas y jazz huachaca.

Sin excepción, los Parra Sandoval constituyeron, desde temprano, una familia de caracteres decididos, talentos exigidos y respuestas rápidas, aprendidas en la peculiar mezcla de rigor y fomento libertario impuestos por dos padres pobres y creativos: Clarisa, la costurera anclada al campo por ascendencia, a lo doméstico como desafío de ingenio y a la guitarra como descanso; y Nicanor, el profesor primario de empleo intermitente que tocaba el violín, inquietaba a sus hijos con su humor negro, bebía mucho y descuidaba por completo lo práctico.

 

"En él, el violín no era simplemente un peso muerto, como en general lo es con los profesores primarios, sino un arma de combate", recuerda el antipoeta sobre su padre en el libro Conversaciones con Nicanor Parra, de Leonidas Morales. "Yo creo que él es muy responsable del humor en la antipoesía […]. Es un humor de grueso calibre […], un humor que a mí me parecía un poco excesivo cuando era niño: me producía más bien terror y yo lo desaprobaba realmente".

 

Las peleas entre sus padres eran, según el antipoeta, "pantagruélicas, olímpicas". No era ésa una casa de tibiezas. Pero ya en esos rasgos de precariedad y desborde se encuentran pistas para el arte posterior de la familia. "Existen los genes, y creo que ambos padres eran muy dotados", estima Mónica Echeverría, autora de la reciente novela biográfica Yo, Violeta. Nicanor, por ejemplo, asocia la idea del quebrantahuesos a las hojas de diario que empapelaban los muros de la casa de San Pablo, donde la familia arrendó piezas al llegar a Santiago.

 

Roberto se acomodó al bajo fondo urbano por obligación, pero más tarde hizo de él un caldo de cultivo creativo, integrando a sus poesías, obras y canciones personajes marginales (prostitutas, presos, "choros") que salieron desde esa convivencia cotidiana, no de la investigación. "Don Robert era una fusión exacta entre Violeta y Nicanor. Como casi no fue al colegio era un poeta de la calle, esos poetas que la calle tanto necesita", asegura Álvaro Henríquez en el libro Los Tres: la última canción.

 

La incomodidad de Lalo en el colegio fomentó en él el gusto por el autodidactismo. Violeta asumió el canto y la escritura como una distracción de las tribulaciones que ya desde niña la acosaban ("luego vine a comprender/ que la escritura da calma/ a los tormentos del alma", explica en sus décimas autobiográficas), pero más tarde descubrió en ese ejercicio un medio de supervivencia más lucrativo que cualquiera. Su intercambio creativo con Nicanor es una historia emocionante y aún no articulada. "¿Que cómo me defino? Como el hermano de Violeta Parra", respondió hace unos años el poeta. A su vez, su hermana decía que "sin Nicanor, no hay Violeta". A él estaba dirigida la única carta de muerte, encontrada tras su suicidio, en febrero de 1967.

 

El novelista Alejandro Zambra considera imposible contar la historia del siglo XX en Chile sin recurrir a sus obras: "Nicanor ayudó, inspiró y también desafió a Violeta Parra; gracias a ese primer impulso de su hermano, ella descubrió que era capaz de intervenir en la cultura chilena. Vistas desde ahora, sus obras son, en principio, muy distintas, pero nunca dejan de parecerse secretamente. Hay otros énfasis, claro, pero ambos cambiaron lo que entendíamos como expresión artística".

 

La fama y el prestigio más o menos tardíos que fueron cayendo sobre los hermanos (anclada antes en los intelectuales de avanzada y los jóvenes que en la academia) no pudo despegarse jamás de la noción de esfuerzo. Ni siquiera luego de colgar sus arpilleras en el Louvre, Violeta dejó de ver la creación popular como un oficio de sacrificio, por el que no dudó en llegar a Chile para vivir en una carpa sobre barro que le permitiera seguir trabajando según su parecer.

 

No ha habido en los Parra la hoy instalada asociación entre arte y "carrera profesional". Para Roberto y Lalo, el reconocimiento a su talento septuagenario fue sólo motivo para más trabajo, no para laureles. La reclusión costera de Nicanor preserva una lucidez aún asombrosa. Es una longevidad creativa que hasta hoy se atestigua en las publicaciones y recitales de sobrinos suyos, como Ángel o Isabel.

 

Los hermanos más destacados en la música, Violeta, Roberto, Lalo e Hilda, ya están fallecidos. Sobreviven Lautaro, Nicanor y Óscar (estuvieron, también, Elba y Caupolicán, ambos muertos tempranamente). Este último, el Tony Canarito, acumula una interesante colección de cuecas circenses, muchas de ellas sin grabar. Se aprende sobre su vida nómada en la biografía Canarito, el Parra que faltaba (2009), de Pablo Padilla. Lautaro se mantiene como cantor en Suecia: prefiere los tangos.

 

La posta parriana

 

Los Parra recelan de la definición de "clan artístico" que suele colgárseles, pero parte importante de la difusión de su trabajo ha sido fruto de la fidelidad sanguínea. Ángel Parra, el hijo de Violeta, fue fundamental para dar a conocer las cuecas choras de su tío Roberto (gracias al disco Las cuecas del tío Roberto, de 1972) que casi tres décadas más tarde volvió a avivar su hijo, Ángel Cereceda, guitarrista del grupo Los Tres. El jazzista y rockero había acompañado para entonces los primeros pasos de su hermana Javiera, tanto en bandas escolares, como Silueta, como luego en su experiencia pop junto a Javiera & Los Imposibles. En una vereda más rockera está Colombina, hija de Nicanor, cantante primero del grupo Barracos y hoy líder de Los Ex.

 

Aunque la cantautora Isabel Parra, hija mayor de Violeta, es un faro ineludible de la Nueva Canción Chilena (tanto por su hermosa discografía como por su trabajo en la administración de La Peña de los Parra) nunca ha dejado de trabajar en torno al legado póstumo de su madre, sea a través de la musicalización de algunas de sus poesías, el orden de sus cartas y el resguardo de sus arpilleras. Desde su regreso del exilio, preside la Fundación Violeta Parra, la cual prepara para este mes la reedición del grueso del catálogo musical de Violeta a través de discos compactos y archivos digitales distribuidos por el sello Oveja Negra.

 

Más que una herencia, la música y la escritura (y también el arte visual, si se considera la labor al respecto de Catalina, hija mayor de Nicanor) son pulsos que parecen haberse asumido con naturalidad, manteniendo en circulación el talento Parra de padres y madres a hijos e hijas. El punto de largada es claro, pero no se distingue, aún, el de término.

 


Violeta: La autora de Gracias a la vida es la compositora chilena más universal.










 
  

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