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FRAGMENTOS DE UN SUEÑO

INTERLUDIO. Camino al Inti

por Luis Cifuentes Seves 

LUCHO: ¿Renato, podrías contarme cuáles fueron tus comienzos musicales?

RENATO: Para un dieciocho de septiembre (día nacional de Chile), hace muchos años escuché por primera vez tocar el bombo legüero. Me entusiasmé mucho y le empecé a pedir a mi padre que me comprara uno. La zamba argentina fue mi primera inspiración. Tenía entonces 12 años. Finalmente tuve mi bombo y empecé a practicarlo, imitando a Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Los de Salta. Luego me interesé por la quena y fue tanto que en los recreos de la escuela me dedicaba exclusivamente a tocar quena y volvía a la casa y seguía tocando. Algún tiempo después comencé a integrar conjuntos, pero mis compañeros de escuela secundaria escuchaban a Jethro Thull, Pink Floyd, etc., de manera que mi interés por el rock moderno se desarrolló como una especie de "gusto secreto".
En los grupos que integré tocaba quena y zampoña. Viajé al Norte de Chile, a la fiesta de La Tirana, a Perú. Cuando ocurrió el golpe de Estado, en 1973, yo tenía diecisiete años. Mi grupo se desbandó, ya que nos quedamos sin un lugar donde ensayar, que hasta allí había sido La Casa de los Estudiantes. En noviembre del 73 me contacté con la gente que luego formó el Barroco Andino, entre ellos Patricio Wang, que hoy es integrante de Quilapayún. El conjunto se formó y ya en enero del 74 participamos en un festival. Como tú sabes, tocábamos música barroca y de estilo barroco utilizando instrumentos andinos.
En 1975 la Universidad Técnica nos contrató como integrantes del Departamento de Extensión, tal como los Inti y los Quila habían sido hasta antes del golpe. Patricio y otro integrante del grupo estudiaban en el Conservatorio. El Barroco Andino duró hasta 1976, cuando las autoridades de la UTE cambiaron al encargado de extensión cultural. Lo primero que hizo el nuevo encargado fue expulsar al Barroco Andino, dando motivos políticos.
Como tú sabes, el haber sido simpatizante de la UP se convirtió en un delito después del golpe. A Patricio Wang le advirtieron por esos días que corría peligro en Chile y que le convenía salir del país. El se consiguió una beca en Holanda y allá formó un grupo que se llamó Amancay. Con su salida, el Barroco decayó. Pato me propuso que me fuera a Holanda. Yo había aprendido a leer y escribir música antes de entrar a la universidad y llevaba cuatro años de pedagogía en música, pero no era realmente una carrera para músicos, de manera que yo no estaba muy satisfecho.
Así fue como llegué a Holanda en agosto del 78, a los 22 años y me integré al Amancay. Había mucha actividad solidaria. Yo quería continuar mis estudios musicales y un amigo chileno me puso en contacto con el alcalde de Rotterdam, quien me ayudó a normalizar mi situación en ese país. Me presenté al Conservatorio de Rotterdam y di examen de admisión en el Departamento de Música Ligera. Me aceptaron y entré a estudiar flauta traversa en 1979, pero empecé a descubrir que el instrumento no me gustaba, hasta que un día la mordí (risas)... y me cambié al saxo.
El Amancay existía, creo, desde el 76 y se disolvió entre el 81 y el 82, no me acuerdo exactamente. En el Conservatorio se había formado un Departamento de Música Centroamericana, salsa, etc. y yo me metí a hacer percusión mientras seguía estudiando saxo. Cuando se acabó Amancay, me invitaron a integrarme a una orquesta de salsa y la música me fascinó. Estuve dos años y medio en ese grupo. Yo ya conocía a los Inti y habíamos actuado en un mismo concierto.
En el Conservatorio comenzó a dictarse un curso en Minimalist Music, una corriente surgida en los EEUU en los años 60-70. Es una música basada en ciclos, y el profesor propuso formar un conjunto con los alumnos asistentes. Patricio Wang y yo fuimos miembros de este grupo, tocando zampoñas, durante seis años. Hasta que un día me llamó José por teléfono y, con gran delicadeza me invitó a integrarme a Inti-Illimani. Al día siguiente conversamos en el aeropuerto de Amsterdam y yo acepté la oferta. Esto fue en julio del 84. En septiembre, de vuelta de mis vacaciones en Chile, me incorporé a Inti-Illimani.

MARCELO: Yo llegué al Inti por un camino raro, ya que no lo creé yo, sino que más bien el conjunto. Yo fui invitado a integrarme dos veces, primero en 1970 cuando Jorge se fue a Argentina por varios meses y se me pidió que lo reemplazara, y luego en 1978, cuando se retiró José Miguel. El Inti tenía dos opciones: o un buen quenista que lo reemplazara o alguien que compartiera el entusiasmo por esta música y que se integrara fácilmente al grupo. Pues bien, se optó por lo segundo, ya que yo no tocaba quena.
Yo estaba en París, donde había hecho mil cosas, y se estaba tramitando el decreto para contratarme como profesor de música en una municipalidad parisiense. En esas circunstancias llamó Jorge para invitarme a integrarme a algo de lo cual yo ya me sentía, emocionalmente, participante. La cosa es que, a pesar de que en teoría yo aún no había aceptado, llevaba debajo del brazo una botella de champagne francés, puesto que no había champagne chileno (risas), para celebrar. Para mí fue muy fácil integrarme, aunque tuve que aprender a tocar quena en quince días.

LUCHO: ¿Qué tocabas tú?

MARCELO: Fundamentalmente guitarra y guitarrón mexicano. Reemplazar a José Miguel era imposible, y los Inti siempre se han preocupado mucho del aspecto humano, de las relaciones interpersonales. Se estimó que yo calzaba en el grupo. El primer disco en el que participé fue "Canción para matar una culebra"...

LUCHO: Ahí sale el "Polo doliente", una de mis canciones favoritas de Inti-Illimani.

MARCELO: También mía. La tocamos poco en giras, debido a que se necesita el arpa. "Samba Landó" también me gusta mucho. Hay otras que tienen ritmos muy complejos, y creo que al público le llegan menos, tales como "Ahí viene un corazón". A veces el "Bailando, bailando" también parece perder un poco a algún público... Yo creo que "La culebra" fue como cruzar un gran umbral, abrir cincuenta ventanas. Nuestra responsabilidad, de allí en adelante, ha sido demostrar que aprendimos a gatear y luego caminar en estos caminos múltiples. "Palimpsesto" significó dejar los pañales, soltarnos de la baranda. "De canto y baile" es un disco de empate. Todavía no pasamos a la adolescencia.

LUCHO: Volvamos a tu camino hacia el conjunto. Tú viviste en París por varios años. Cuéntame de ese período.

MARCELO: Bien, yo trabajé por un buen tiempo con Sergio Ortega, el conocido compositor chileno. Nos contrataron para dirigir un coro, a Sergio como director y a mí como subdirector. Fue un período en el que me concentré con entusiasmo en la técnica musical, aprendí casi todo lo que sé de leer música en esos años. París es todo un mundo muy extenso. En Roma o en Santiago tú no puedes pasar inadvertido si estás haciendo algo. La gente se entera. En París puedes vivir como artista semiclandestino. Tiene todo un mundo de posibilidades culturales y alternativas.
En Roma sobrevive quien tiene algo grande que ofrecer. En París se puede sobrevivir con poco. Es una gran ilusión. Tú puedes pasarte la vida en la banlieu y tener algún éxito. En comparación, creo que Roma es provincia, aunque posiblemente otros Intis difieren conmigo en cuanto a esto. Salvo un breve período en que la alcaldía estuvo en manos de la izquierda, los grandes nombres llegan sólo hasta Florencia. Roma es la capital administrativa, pero culturalmente me parece que tiene menos peso que Milán, Turín, Venecia, Florencia.

LUCHO: Horacio, ¿cómo llegaste tú a la música?

HORACIO: A los diez años de edad se me ocurrió estudiar violín. Me entusiasmé, aprendí mucho de teoría, pero siempre toqué muy mal. A los dieciséis años me dio por el fútbol y dejé el violín. Cuando entré a la universidad, en Valparaíso, traté de retomarlo, pero un profesor puso tal cara de espanto cuando me escuchó tocar (risas) que abandoné la idea nuevamente.
Yo tenía una relación muy profunda con la música clásica, que fue parte de mi infancia. Mi padre era muy aficionado a ella y a mí me apasionaba lo barroco. Yo escuchaba esto cuando otros jóvenes preferían el rock. De siete a ocho de la noche, todos los días, mi padre escuchaba música clásica y llegó a tener una discoteca de unos cuatrocientos discos. El siempre tuvo dos abonos a la temporada de la orquesta sinfónica o la filarmónica de Santiago y mis hermanos y yo asistíamos por turno a estos conciertos acompañándolo.
Cuando entré a la universidad me interesé más en la música folklórica. Yo había aprendido ya las primeras posturas de la guitarra, lo que facilitó este paso.

LUCHO: Tú volviste al violín hace pocos años... .

HORACIO: Bueno, ya no son pocos. Hemos incluido el violín en varias de nuestras canciones. Ha sido como una reconciliación (risas).

MAX: Yo creo que llegué en forma natural a la música y este oficio estaba en mi destino, ya que tengo muchos antecedentes musicales en mi familia. Mi abuelo estuvo en la banda musical de su pueblo, mi abuelita Victoria tocaba la vihuela y cantaba. Recuerdo que cuando yo era niño, mi padre desaparecía de la casa por varios días y gracias a su canto y a su guitarra lo encontrábamos y lo rescatábamos de alguna fiesta.
Yo tenía una formación cultural tradicional, reaccionaria, individualista. Cuando llegué a Chile, mis aspiraciones eran estudiar, irme a especializar a los EEUU, volver a Ecuador a ocupar algún cargo de importancia y hacerme rico. Decidí quedarme en Chile a estudiar e ingresé a ingeniería mecánica en la UTE. Chile cambió mi vida, mi visión de la realidad. Se empalmó con mi sensibilidad hacía los problemas humanos y participé activamente en el movimiento por la reforma universitaria. Me convertí en un marxista y esto ha cambiado mi vida para bien. Cuando llego a Ecuador, me siento diferente de mis hermanos, que nunca rompieron con la cultura familiar.
En Chile me sentí protagonista de la época y esto estimuló mis intereses musicales. Formamos con Jorge el dúo "Huayrapamushka", que significa "llegados con el viento", en quechua, y luego el conjunto "Los Nubarrones". Posteriormente, en 1967, se formó el grupo del cual nacería Inti-Illimani y Jorge me invitó a integrarme. Cuando en 1971 tuvimos que decidir si nos dedicábamos cien por ciento a la música, yo no tuve ni la menor duda y renuncié de inmediato a mi trabajo como ingeniero mecánico. Nunca me he arrepentido.










 
  

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