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FRAGMENTOS DE UN SUEÑO

EPÍLOGO. POR FIN EN CHILE

por Luis Cifuentes Seves 

(Carta desde Chile)


NOTA DEL AUTOR: A comienzos de septiembre de 1988, ante la presión de las fuerzas democráticas a nivel nacional e internacional, y con ocasión del plebiscito convocado para el 5 de octubre, fue revocada la prohibición de ingresar a Chile que pesaba sobre cientos de exiliados. El 18 de septiembre, aniversario de la Independencia Nacional, los Inti desembarcaron en Pudahuel con sus familias e instrumentos. Esta carta, escrita por un familiar de José, describe las primeras horas de Inti-Illimani en Chile.


 

En la pega fue "uno de esos días": darle duro matinée, vermouth y noche, peleando con uno que otro descriteriado, tapado de informes y telefonazos, en fin. Llegué a la casa bastante tarde, sabiendo que un peque está resfriado y el otro con sarampión.
Abro la puerta y me recibe la viejita, radiante. "¿Supiste la noticia?", me dice. ¿De qué? ¿De quién? (a estas alturas uno desconfía hasta de las buenas noticias). "¡Se acabó el exilio!" me dice jubilosa y parece una chiquilla. ¿Seguro? insisto, ya medio convencido, imaginando una muralla que se derrumba. "¡Es oficial!", me dice. Pero, ¿para todos, todos? (ya han prometido esto muchas veces. ¿Habrá alguna trampita?). "¡Sí!" me contesta entusiasmada. "¡Ahora sí, los chicos pueden volver!". Y los chicos son los Inti y el corazón se me desboca allá en el fondo.
Entre tanto, en Nueva York, un grupo musical chileno, en gira por los EEUU, tiene un retraso en el aeropuerto. A alguien le falta no sé qué papel y deben hacer tiempo en la sala de espera. De pronto, en una pantalla de televisión, imágenes de Chile. Todos corren al aparato, alguien traduce. ¡Fin del exilio! ¿Será verdad tanta belleza? ¡Chuchas! ¡Tomemos al tiro el avión pa' Chile! Hay que verificar. ¡Llamemos a Italia! Entonces ya volaban recados de Santiago a Roma. Ahora sí. Es cierto. Los abogados de la Vicaría lo confirmaron. Entonces hay que volver. Todos juntos, apatotados, con las compañeras, con los hijos que hablan italiano. ¡Volver a Chile, mierdas!
A los pocos días aparece en los diarios de oposición a la dictadura en Santiago una invitación de la Metropolitana de Pobladores para recibir al Inti. El Café del Cerro les da la bienvenida en un hermoso aviso a todo el ancho de la página: ¡Todos al aeropuerto el domingo 18 de septiembre! Será un fin de semana largo, con aromas de Fiestas Patrias.
Así, llegamos nuevamente, los hermanos, padres, primos, tíos, sobrinos al aeropuerto. Hay un coro, un grupo de jóvenes con camisas amaranto y ramos de flores, una nube de periodistas, estudiantes, pobladores, por centenares, con banderas y lienzos. "¡Ustedes nunca se fueron!", dice uno. Se aprecia expectación y disciplina. Jóvenes formando cadenas con los brazos contienen a la multitud. Dirigentes con megáfonos dan instrucciones y se escuchan los gritos característicos de las juventudes de distintos partidos opositores. Llega más y más gente, y ya son un par de miles.
Después de una larga espera, aparecen por fin los chicos. Apenas salen por la puerta de la Aduana se produce la debacle. ¡A la cresta la disciplina y la organización!. El coro no se escucha entre la gritería de la multitud, los jóvenes se abalanzan sobre los Inti, los abrazan, los palmotean y en vilo los sacan del terminal. Alcanzo a ver pasar a José, como flotando sobre un torrente de gente, con una expresión mezcla de felicidad y asombro. Le tomo la mano por un segundo y la multitud nos separa. Los jóvenes que quieren protegerlos tratan una y otra vez de formar cadenas humanas que son arrastradas por este tremendo entusiasmo. más allá veo pasar a Horacio, todo blanco, que parece volar. Todos quieren saludarlos y los gritos son ensordecedores.
En medio del oleaje, alcanzo a abrazar al Loro, pero un enjambre de lolos se lo lleva y, de algún lado, no sé cómo, le pasan un cacho con chicha que bebe extasiado mientras se lo llevan en andas. Más atrás veo a Renato, en medio del oleaje. Aparece entonces una micro embanderada y jóvenes pobladores se lanzan al rescate. Uno a uno, los chicos van subiendo sobre el motor. Despeinados y con la ropa desordenada, saludan con un megáfono. La multitud aúlla, copando la calle de acceso. Los dirigentes dialogan con carabineros, y buscan en conjunto la manera de evitar que la situación se descontrole. Invitan entonces a la gente a formar una caravana mientras los Inti suben a la micro.
Fotógrafos y entusiastas portando banderas se suben al techo del vehículo y la multitud se desgrana. Todos corren a subirse a otros buses, camionetas, motos, lo que sea, para unirse a la caravana. En un furgón destartalado van los dirigentes de la Metropolitana de Pobladores abriendo camino. Se van sumando automóviles que prenden las luces y un coro de bocinazos inunda el mediodía. Por las ventanas asoman banderas chilenas, los colores de todos los partidos, la hermosa bandera con el arcoiris de la Campaña por el NO.
A los pocos minutos, la caravana toma el camino de Quilicura y se detiene. Se apagan las luces, callan las bocinas. Los Inti dejan claveles blancos en el lugar donde fueron encontrados los cuerpos degollados de Nattino, Parada y Guerrero. La actitud de la gente cambia, los rostros se endurecen, alguien deja correr una lágrima y el silencio nos inunda.
Muy lentamente nos ponemos nuevamente en marcha. Ahora vamos todos en silencio y retomamos la ruta de Pudahuel para entrar a Santiago por la popular avenida San Pablo. Es un bello día que anuncia la primavera, las casas embanderadas saludan las Fiestas Patrias. En el cielo bailan los volantines y los árboles están en flor. A poco andar por San Pablo, los santiaguinos empiezan a salir al paso de la caravana. Al frente, los de "la Metro" retoman la batuta. Con sus megáfonos empiezan a llamar a la población. "¡Santiago le da la bienvenida a Inti-Illimani! ¡A recibir al Inti, compañeros!". Entonces se vuelven a encender las luces, de nuevo hacen coro las bocinas, los vehículos comienzan a inundar San Pablo. Enjambres de jóvenes y niños salen a saludar. En todas las esquinas empiezan a aparecer grupos de pobladores con lienzos y banderas, gritando alegremente, tirando papel picado y corriendo por las veredas.
De las calles laterales aparecen más vehículos que se van sumando a esta marea. Los que vienen a contramano se apegan a la vereda para abrir paso y saludan con luces y bocinazos. Los paseantes aplauden y gritan consignas, por las ventanas de las casas asoma gente saludando con pañuelos, de todos lados vuelan panfletos y así por cuadras y cuadras.
Al llegar a San Pablo con Neptuno (última estación del Metro, que originalmente se llamaba Violeta Parra), la caravana se desvía hacia el sur y luego al oriente, penetrando en las poblaciones más humildes de ese sector. Aquí se ven familias enteras aplaudiendo y gritando. ¡Ya llegaron! Todos corren tras la micro embanderada que va avanzando más lento por callecitas cada vez más estrechas, hasta llegar a un amplio espacio abierto, un paradero de buses, donde una multitud (cinco mil personas, dijeron los periodistas) ha esperado pacientemente por un par de horas. Aquí los demás vehículos ya no pueden continuar. Se estacionan en cualquier parte y los pasajeros corren a sumarse a la concurrencia que rodea una especie de escenario rústico adosado a un galpón metálico.
Hay gente encaramada en postes, en árboles floridos, sobre los techos de las casas embanderadas. La micro parece un paquidermo avanzando lentamente entre la multitud, acercándose al escenario en medio de una algarabía incontenible. A duras penas, varias cadenas humanas de voluntarios logran abrir paso. Así y todo pasan varios minutos hasta que logran subir a todo el conjunto. Aprovechan para colarse un montón de periodistas, dirigentes y público, formando un choclón que amenaza con hundir el escenario. "¡Que se bajen los pitutos!", ruge el respetable público, y se despeja de a poco la tarima.
Algunos dirigentes tratan de leer discursos de bienvenida, pero la gente no los deja. "¡No queremos más discursos!", grita un lolo. "¡Queremos al Inti!", gritan los demás. En medio de este tremendo desorden, los cabros afinan como pueden unas guitarras prestadas, mientras Horacio, precavido el hombre, desenfunda un charango que ha llevado todo el tiempo al hombro. Más atrás, el galpón chirría bajo el peso de jóvenes, niños y periodistas. El escenario se ha ido despejando. Entre la masa del público, manos hábiles encumbran dos volantines: un "chilenito" y otro con un NO escrito a mano.
Entonces irrumpe la música, y la promesa cumplida, y la ovación que se interrumpe para escuchar esa canción:

Con cenizas, con desgarros
con nuestra altiva impaciencia
con una honesta conciencia
con enfado, con sospecha
con activa certidumbre
pongo el pie en mi país...

Los Inti-Illimani, recién bajados del avión, cansados, conmovidos, rodeados de miles de jóvenes y pobladores en el corazón de Santiago de Chile, cantan y el pueblo canta con ellos:

Vuelvo con mi amor espeso
vuelvo en alma y vuelvo en hueso
a encontrar la patria pura
al fin del último beso.

("Vuelvo")










 
  

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