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Mélissa Laveaux, canadiense, hija de inmigrantes haitianos

La cantautora libre

MEDIOS el 17/05/2009 

Mélissa Laveaux aprendió música con una guitarra del Ejército de Salvación. Un ejecutivo la fichó en MySpace. Desde entonces, su voz rasgada ha conquistado al público.

Por Carlos Galilea para El País

Habla rápido, a trompicones, y mezcla inglés y francés, "que es mi primer idioma aunque comencé a escribir canciones en inglés porque me parecía más melódico". Tartamudea un poco. Y afirma que el francés le produce estrés. "Porque siempre he estudiado en francés y en francés me peleo con mi madre, mientras que el inglés es la lengua que hablo con mis amigos, con la que puedo evadirme", dice. Hace poco que llegó también a su música el dulce créol de origen africano, idioma de sus abuelos.

 

Mélissa Michelle Marjolec Laveaux nació en 1985 en Montreal, hija de inmigrantes haitianos, aunque creció en Ottawa, en el Canadá anglófono. Cuando tenía 13 años su padre le regaló una vieja guitarra comprada al Ejército de Salvación. "Pagó 15 dólares y costaba el doble", dice. Asegura que la consiguió a ese precio tras flirtear con la cajera. "La guitarra estaba abombada y aprendí a tocar con las cuerdas muy alejadas del mástil. Tenía que apretar muy fuerte para que sonara y creo que por eso desarrollé los músculos de la mano como lo hice".

 

En el pequeño teatro parisino de l'Atelier, en Montmartre, la joven canadiense contesta sonriente a las preguntas. "La primera vez que canté en Europa fue el 25 de julio de 2007. En una pequeña sala de París. Era antes de la ley que prohíbe fumar y como soy alérgica al humo del tabaco me bebía medio litro de agua entre canción y canción", recuerda riendo.

 

El título de su disco, Camphor & copper (alcanfor y cobre), tiene una curiosa explicación: "El metal y el vegetal me sirven para describir un poco cómo es el amor. El peligro de entregarse demasiado a alguien olvidándose de uno. Hay dos o tres canciones en las que hablo directamente de esos errores que cometí, intentando cambiarme mil veces para otra persona. Y, si tú cambias, esa persona no te va a querer nunca".

 

Una de las canciones más celebradas es su versión de Needle in the hay, de Elliott Smith. "Un artista que me encanta por la belleza que hay en su minimalismo y que representa el folk innovador de los años noventa". Por el videoclip se pasea una figura que evoca al Barón Samedi del vudú. "Sí, al hombre que viene a buscarte y también al jugador tramposo. Una amalgama de culturas, que es algo muy antillano", afirma. "Haití está en los libros que había en casa y en las cosas que mis padres cuentan de su infancia. Estuve allí una vez cuando tenía 13 años. Sentí la nostalgia que sentían mis padres. Aunque el recuerdo más fuerte es el del sabor asquerosamente amargo de la pastilla que había que tomar contra la malaria".

 

Hoy, su padre es profesor de matemáticas y, su madre, de ortopedagogía. Forman parte de la numerosa comunidad haitiana que vive en Canadá. Mélissa, que ha estudiado en la Universidad de Ottawa Ética y Sociedad, habla de las dificultadas para integrarse en una cultura distinta: "No se trata del racismo de los tiempos de la esclavitud, pero en casa tus padres te recuerdan que eres haitiana, mientras que a tus amigos sus padres no les repiten que son blancos y canadienses. Lo mismo pasa en la escuela, donde siempre te recuerdan que eres negra y ellos no se dan cuenta de que son blancos. Con cuatro años ya tenía conciencia de ser diferente". Otro problema: cómo aceptarse una misma cuando no se encaja con el modelo de belleza que proyectan los medios. "Un día que no me sentía bien un amigo me dijo que si das un buen concierto la música puede llegar a emocionar a las personas. Y yo pensé que lo que llega a la gente es una tía delgada, con buenas tetas y rubia. Ves que la chica muy guapa sale al escenario y que le cuesta mucho menos convencer a la audiencia. Yo necesito un mínimo de tres canciones para que la gente se diga 'bueno, por lo menos tiene talento".

 

"Me considero feminista, pero no me identifico con las que piensan que no hay que tomar en consideración el racismo o la discriminación por el aspecto físico. Y con las feministas de derechas no comparto nada. Cuando las mujeres no podían votar, había mujeres negras a las que ni siquiera se consideraba personas", señala. En la universidad, Mélissa Laveaux trabajó como responsable del Centro de Recursos de las Mujeres.

 

Saca de su bolso un libro de LeRoi Jones —de Amiri Baraka, puntualiza— y comenta que también está leyendo uno de Angela Davis sobre Bessie Smith y Ma Rainey. "Muchos criticaban al jazz negro que no llevase bien los compases, pero precisamente eso es lo genial ya que las medidas están desplazadas aposta para expresar algo. Lo he comprendido de forma teórica en los libros, pero aún mejor al escuchar con un oído atento". Le emocionan Billie Holiday y Nina Simone por su forma de cantar la amargura y el dolor. "Billie cantaba Strange fruit y Nina Four women, en una época en la que el público del jazz era de blancos con dinero que no tenían ganas de oír '¿qué les habéis hecho a los negros?'. Y ellas les están diciendo 'joderos". "Yo no he vivido las mismas cosas, pero veo sus consecuencias y que la historia continúa. Cuando escriben sobre mí es siempre 'la cantante haitiana' aunque mi música no sea haitiana. La gente sigue con esa visión exótica de las cantantes que comenzó con Josephine Baker".

 

Se emociona al referirse a la famosa bailarina y cantante. "Revolucionó la forma de ver de las personas. Y fue espía durante la Segunda Guerra Mundial, adoptó un montón de niños

 

... Mil veces mejor que Madonna o Angelina Jolie. ¡No entiendo cómo la gente puede estar obsesionada con estas chicas!", dice la canadiense, que en su MP3 lleva desde Morcheeba, Feist, Macy Gray y Lauryn Hill hasta Adriana Calcanhotto o Emiliana Torrini. Y muchas voces nórdicas.

 

Su reciente actuación en el teatro de l'Atelier, en un programa con el guitarrista de jazz Misja Fitzgerald Michel tocando canciones de Nick Drake y el dúo de balafón y vibráfono Kouyaté-Neerman, ha servido para celebrar cinco años de No Format!, un sello que busca lo inaudito. Laurent Bizot llevaba años trabajando como abogado de la discográfica Universal en Francia cuando decidió embarcarse en proyectos sonoros que desafían las modas, la uniformización de los gustos musicales y el paso del tiempo. Las claves para la supervivencia de No Format!, que organizó este encuentro con Mélissa Laveaux, las da el entusiasta Bizot: equilibrar el presupuesto, no cometer locuras y hacerlo por placer.

 

Laveaux, a la que Bizot descubrió en MySpace, tiene tatuadas en la espalda cuatro figuras de yoga que son, según explica, las etapas para zambullirte como un cisne. "Significa que te tires de cabeza en lo que haces". "No hay que quedarse en casa autocompadeciéndose. Hay días en que me quedaría en la cama diciéndome '¡si hay diez mil cantantes mejores que yo!'. Después te levantas y te das cuenta de que tienes trabajo y de que, si lo haces bien, nadie más que tú puede hacer eso. Lo que tú haces es único. Y nadie va a poder contigo".










 
  

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