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Los Necios (XII)

Luis Le-Bert, Canto Nuevo

por Reiner Canales y Dino Pancani el 12/06/2009 

Después del Golpe Militar en Chile, la continuación del impulso creativo impuesto por la Nueva Canción Chilena, vino como tres años después, en 1977. El surgimiento de lo que luego se llamaría Canto Nuevo se produjo por los pequeños canales de difusión que existían, ligados esencialmente a la iglesia católica.

Un programa que hizo historia en Chile fue “Nuestro Canto”, conducido por Miguel Davagnino. El sello discográfico Alerce, con la dirección de Ricardo García, recuperó obras anteriores al golpe y produjo nuevas obras, no muy del gusto de las autoridades de entonces. La revista “La Bicicleta” y las diferentes universidades eran los espacios que lo alternativo podía utilizar, aunque fuese riesgoso.

 

Entre varios grupos de la época, surgió Santiago del Nuevo Extremo, que con letras directas, seria preocupación musical, con recursos rockeros, jazzísticos y acústicos, y algo de valentía, por cierto, dotaron de gran mística a sus canciones que, al poco tiempo, se transformaron en hitos de una juventud que quería manifestarse.

 

“Simplemente las verdades se van haciendo una sola y es valiente quien las dice, más valiente en estas horas”; son versos del compositor y guitarrista del grupo, Luis Le-Bert, que con una interpretación desgarradora denuncia los tiempos que atravesaron por su música.

 

El ’86 fue un año decisivo para Santiago del Nuevo Extremo: decidieron separarse y buscar nuevos horizontes, algunos ligados a la música, otros a la subsistencia. Sin embargo, su paso por la música chilena fue lo suficientemente sólido para ser recordados y ser esperados en un reencuentro, que se realizó en 1997.

 

Le-Bert, después de aquella separación, inició una corta carrera como solista, pero el impulso duró sólo un disco, que no tuvo la resonancia de sus primeras creaciones. Hoy está dedicado a la arquitectura, la carrera que estudió mientras comenzaba a cantar.

 

¿En qué está Santiago del Nuevo Extremo?

 

L. L.: El Santiago oficialmente no existe desde 1986. Todos los años hay proyectos para juntarnos, pero son proyectos. Yo, después de muchos años me hice amigo de nuevo de la guitarra y estoy componiendo harto, lo que está muy ligado a que el Santiago funcione o no.

 

Tú en algún momento iniciaste una carrera de solista.

 

L. L.: Sí, pero era el vuelito del Santiago e hice un disco, “Le-Bert”, con algunos integrantes del Santiago, muy bonito, pero raro. Es como la típica evolución de los grupos que empiezan haciendo las canciones de uno de sus integrantes y la vida lo va llenando de músicos dentro del grupo y surgen un montón de cosas, que por muy buenas, por muy llenas de contenido, de lenguaje musical, obligan al grupo a convertirse en una banda. Eso provoca una disociación entre lo primero que hacíamos y lo último.

 

Cuando chico, fui testigo de que le pasó lo mismo a Sui Generis; ellos partieron haciendo canciones con guitarra y de repente no se dieron mucho cuenta y llegaron a ser una gran banda de rock y a alguna gente eso le molesta. La gente que parte quiere escribir canciones y no ser banda de rock y a nosotros nos pasó algo parecido, porque no éramos una banda de rock, éramos una banda no más. Yo recuerdo que en el último recital de Santiago parecíamos una big band, teníamos un bloque de saxo, que eran como ocho, y el público no tuvo la misma respuesta que en el primer disco que hicimos, “El semáforo”, porque eran canciones con guitarra y flauta.

 

¿Se sentían muy identificados con el Canto Nuevo?

 

L. L.: No, para nada. Si había una identificación, era como la que hacía Pinochet: todos ustedes son unos marxistas-leninistas y, en realidad, lo peor que podíamos hacer nosotros, era decir que éramos marxistas-leninistas. Nunca fue cierto el llamado Canto Nuevo, era muy difícil encontrar un grupo parecido a otro; lo que nos unía era que hacíamos canciones al respecto de nuestra realidad, que era política. Más allá de eso, creo que la realidad de todo compositor debe ser política, o si no, no tiene mucho sentido.

Pero formalmente era raro, ya que no era un movimiento musical como tal, sino que éramos contestatarios a un régimen de violencia y eso era lo que asociaban los gallos que nos pusieron ese nombre.

 

¿Cómo nace Santiago?

 

L. L.: El año ’79, cuando nosotros nos fundamos, había cuatro grupos: Aquelarre, Ortiga, Antara y el Schwenke y Nilo, y después apareció el grupo Abril y luego desapareció, entonces, eso no es movimiento, no alcanza pa’ movimiento; es como me llegan revistas que hablan del nuevo movimiento de la arquitectura en Chile; yo me cago de la risa: tres oficinas hacen un movimiento.

Sí había una identificación en cuanto a algunas cosas formales, como la manera de hacer música. En la formalidad éramos bien barrocos, no había ningún grupo que no tuviera dos o tres flautas, muchas guitarras con acordes complicados, como lo hicieron Los Prisioneros después.

 

Creo que para identificarnos como movimiento nos comparan y nos dicen que nosotros somos herederos de una tradición que venía de la Violeta hasta la Nueva Canción Chilena, y de ahí algunas interrupciones y después veníamos nosotros. Eso es cierto, pero formalmente la Nueva Canción sí fue un movimiento, por la cantidad y la forma; yo veía un poncho y sabía que era la Violeta Parra y todos los grupos se llamaban de cierta manera en esa época, por ejemplo, Quilapayún, (¡¿qué miércale significa?!), Inti-Illimani, Illapu, eran nombres raros, independientemente que fuesen de la tierra; todos se disfrazaban para subir al escenario, cosa que a nosotros nos habría parecido un poco insólita. En esa época había un proyecto social en donde estaban todos involucrados y se decía que había un mundo en el futuro que era mejor que éste. Ese es un cuento, es casi como una ópera; las óperas son hechas en lugares que son distintos al nuestro, ocurren en historias y mundos lejos. El proyecto nos hablaba de un mundo que iba a ser distinto, los artistas se disfrazaban y nos contaban de ese mundo que era un mundo más limpio, más justo, etc.

 

En la época de nosotros no había un proyecto social de futuro, había un proyecto de urgencia, no estábamos pa’ cuentos. En la época de nosotros, mataban; no estábamos pa’ decir “queremos una sociedad más justa”: queríamos que no hubiera milicos matando gente, que era distinto y eso hace que el proyecto que se sube al escenario sea más pedestre, poco sofisticado, rústico si se quiere. En el Canto Nuevo jamás ibas a ver en el escenario algo muy fino, había mucha lana cruda, bototo, guitarra vieja y no había más que eso. Y eso explica un poco porque nuestros ancestros sí fueron movimiento y nosotros no. Nosotros fuimos más respuesta que movimiento.

 

¿Qué elementos tenían en común?

 

L. L.: Nos llamábamos todos, a excepción de Antara, con nombres en castellano y la explicación es que no estaban los ánimos para proyecto, los ánimos estaban para hablar claro.

 

Ustedes en algún momento son portavoces del militante, ¿eso no es parte de un proyecto?

 

L. L.: Para nada, ese es el grupo (léase “mentira”, “embuste”) más grande de la historia, eso es falso. El año ’79 en Chile estaba prohibido militar, te castigaban duramente, por lo tanto, era muy raro encontrarse con gente que militara, salvo que en el medio donde tú crecías fuera tradición histórica. De hecho en el Santiago no había ningún militante, no coincidían entre sí. Es verdad que éramos todos no sólo anti-militares, sino que habríamos cocinado a Pinochet de las patas y de cola. Pero el querer quemar a Pinochet era una actitud no de militante político sino de moral fundamental. Me explico: en el Santiago había dos integrantes que el 11 de septiembre salieron a las calles a gritar “libertad”; otro, que había sido militante comunista y el resto era una manga de “hippies drogadictos, pelucones”. Pero, si tú alineas a esa gente en torno a una actitud moral, inmediatamente lo establecido te va a tildar de marxista-leninista y eso es una falacia, eso no es verdad; nada más me gustaría que fuera verdad. Yo no soy militante, pero siempre he sido un hombre de izquierda y por tradición familiar a nosotros nos gusta la política, pero yo era un caso especial en el Santiago; de hecho no cortaba ni uno, a pesar de que yo hacía las canciones; yo cantaba, yo no manejaba el grupo, yo no decidía dónde ir, porque era muy niño.

 

El tener una actitud de denuncia frente a hechos que son obviamente denunciables —aunque la historia los ha perdonado a todos, pero yo a ni uno—, te tildaban falsamente de una militancia.

 

Si tú analizas políticamente el 11 de septiembre del ’73, había una especie de enemistad declarada entre la gente democratacristiana y la de izquierda. Sin embargo, en la década de la dictadura muy rápidamente esa enemistad desapareció porque había un proyecto moral más inmediato y en la formación de los grupos como el Santiago nunca hubo un proyecto político; yo los conozco a todos y son muy buenos amigos míos y les puedo decir que había esta actitud de cuestionamiento moral a lo que ocurría.

 

En la década del Canto Nuevo se llenaron dos o tres veces el Teatro Caupolicán y si tú agarras esos caupolicanes, ¿cuántos militantes había? Era toda la gente, toda la universidad, no era gente que tenía ganas de vivir la vida de otra manera. Por ejemplo, en todas las facultades había muchos grupos de teatro, música, plástica, y de primer nivel, porque la Universidad era el campo libre en donde tú podías decir, de alguna manera, lo que pensabas; se desarrollaba un mundo cultural alternativo, que era la cultura de la verdad, la esperanza, e intelectual, y por eso yo le encuentro razón a Los Prisioneros cuando decían que había una postura muy intelectual para enfrentar un hecho político. Entonces había mucha literatura, mucha canción, bla, bla, pero nada de sindicato ni célula de un partido. Por ejemplo, yo escuché a unos políticos que con una patudez casi pasmosa decían que ellos a través de su organización habían dado espacio al ambiente de la cultura para que se expresara. Yo, como testigo directo, digo que fue exactamente al revés: el mundo de la cultura le dio espacio a los políticos para que se expresaran.

 

¿Cómo compones?

 

L. L.: No soy un compositor muy prolífico; hago una canción al año y en general mi canción nace de la guitarra y esas posturas terminan en un la, la, que me pone en un estado de sugerencia, que me permite atraer una actitud nostálgica. Creo que la nostalgia es la esencia de las canciones. Me acuerdo de que una vez un periodista inculto, ignorante y roto, me preguntó qué íbamos a hacer ahora que la dictadura se acabó. Me dieron ganas de irme encima de él y decirle que no existe expresión artística que no sea nostálgica.

 

Si uno revisa la historia se dará cuenta de que es así, el hombre en actitud poética es nostálgico lo que no tiene nada que ver con la tristeza. A veces veo un cuadro que me deja consternado y en la música hay autores que me hacen daño, por ejemplo, Serrat, porque me pone en situaciones conflictivas, me pone en planos muy íntimos, es intruso, se mete en mi corazón, es insolente y me recuerda cosas que se me habían olvidado.

 

Pero “Simplemente” ¿no tiene todos esos elementos?

 

L. L.: Absolutamente, es lo peor. Yo me pongo a nostalgiar y sale un texto que puede ser una nostalgia con las mujeres, las vivencias, los amigos, la ira social, el futuro, etc.

 

Y el interés por la música, ¿cómo surge?

 

L. L.: A mí la radio nunca me interpretó; la música que tocan en la radio hablan todas de lo mismo: que te fuiste, que me dejaste, incluido a Los Beatles. La radio no me interpreta y la música con que yo crecí era la música que en mi familia compraban. Partí cantando a Los Chalchaleros, Sui Generis y Los Blops, en una guitarra. Yo en ese tiempo no sabía que era música acústica. Y un día vi a un tipo cantando en la tele (parece que era Lucio Dalla), que durante un minutos habló de su pueblo y ahí me di cuenta de que las canciones en una guitarra sí funcionaban en la tele y en la radio y que podían tener contenido. Entonces me puse a hacer canciones al tiro.

 

¿Tu texto de canción está íntimamente ligado a la melodía?

 

L. L.: Tiene relación. Yo he tratado de hacer poesía y no he podido. Creo que la poesía es un arte mayor porque tiene sólo un elemento, la palabra, para lograr el estado que te produce la canción. En cambio, la canción tiene que ver con lo físico y tiene muchos más elementos.

 

¿Reconoces a algún poeta que haya marcado tu obra?

 

L. L.: Aunque no lo reconozca, creo que no hay chileno que no esté marcado de principio a fin por Pablo Neruda, porque hasta en las propagandas de la TV está presente Neruda, pero no es influencia sino que ayuda a tu estado de creación, y en la música me influyeron Los Blops y Víctor Jara.

 

¿Cómo ves a los grupos actuales?

 

L. L.: Dudo que existan grupos más desarrollados como músicos, incluso como expresión acústica, que el Santiago. Tanto es así que no hay ningún músico del Santiago, salvo yo, que no esté funcionando en grupos top de Chile y no porque hayamos inventado la pólvora, sino porque fuimos herederos en un momento preciso, en donde estaba todo puesto para que quien llegara, cosechara. Nosotros ensayábamos todos los días para dos canciones, hacíamos un disco cada tres años. Nuestra actitud acústica era muy barroca, en dos compases podíamos meter muchas cosas. En cambio, la actitud acústica, por ejemplo, de Los Tres, es de despeje.

 

Cuando compones, ¿para quién lo haces?

 

L. L.: Para mí, y nada más que para mí, y si eso coincide con el público, bienvenido sea, y si no coincide, significa que soy muy malo (risas).

 

Entonces. el público se instala como el juez de tu obra.

 

L. L.: Sí, son jueces en relación a mi obra.

 

En general, los cantautores hacen la analogía de la belleza con la nostalgia y la melancolía. ¿Qué pasa con la alegría?, ¿es un estado frívolo, fatuo, hueco?

 

L. L.: Yo no toco muy bien la guitarra, pero dudo que alguien toque como yo. De hecho nadie toca como yo, soy súper raro y de mí se conocen dos canciones que son “A mi ciudad” y “Simplemente”, pero el resto de mis canciones no son así, son una especie de entretenimiento. Me he visto enfrentado a esta pregunta muchas veces, y el ejercicio es el siguiente: ¿le harían esa pregunta a Peter Gabriel? No se les pasaría por la mente, porque no va por ahí el concepto del espectáculo de él. Pero hablemos en castellano antiguo: la pregunta va dirigida a Eduardo Gatti, Patricio Manns, Serrat, etc., y cabe sólo en Chile. Creo que la alegría, al igual que la felicidad, no son traducibles en una canción; la alegría está ahí.

 

¿Hay canciones alegres?

 

L. L.: A mí me produce alegría cantar mis canciones.

 

¿Pero no relatan un estado alegre?

 

L. L.: Yo creo que la pregunta está teñida, es la misma idea de que “si se fue Pinochet, nos quedamos sin pega”. Vivimos en un país que no es culto, no hay refinamiento y es verdad que no todo el mundo puede ser culto y uno tiene que perdonar eso. “Se fue Pinochet y tú te quedaste sin pega”, significa que las canciones no se sustentan por sí solas. Otro estereotipo es decir “ya no estai en edad de tocar la guitarra”, eso es súper chileno. Una vez escuché a Jorge González, de Los Prisioneros, diciendo “me daría pena ver a Charly García arrastrándose arriba del escenario”. Inculto, no hay cultura. Entonces, cuando dicen “se fue Pinochet y no hay pega”, “la música tiene su edad”, la manera de vestirse y de andar tiene su correspondencia, o “no estamos en época de hacer canciones tristes”, me hace presuponer que la pregunta está teñida. Yo te devuelvo la pregunta ¿le preguntarías sobre la alegría a Peter Gabriel?

 

Podríamos hacérsela a The Cure.

 

L. L.: Sí, a mí también me deprime The Cure.

 

Nuestra pregunta apunta a la alegría como un estado, no a la presencia de Pinochet.

 

L. L.: El estado de la nostalgia o la melancolía producen caminos melancólicos que son instrumentos para melancolear y no sé si las canciones son para la alegría, al menos en esos términos. Sin embargo, yo soy la persona más alegre del mundo, porque tal vez la alegría es un estado de uno, no de las canciones, uno le da la connotación, las canciones no son alegres o tristes en sí mismas. Yo me quedaría con una sola dirección: las canciones son nostálgicas y si no lo son, no son canciones.

 

 

Santiago de Chile, 12 de noviembre de 1997.










 
  

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