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Los Necios (XIII)

Piero: Las canciones que no se olvidan

por Reiner Canales y Dino Pancani el 18/06/2009 

“El Tano” le dicen. Es italiano Piero de Benedictis. Como muchos, empezó a cantar en festivales de la patria que más le conocemos, Argentina, y comenzó a asombrar a todos con su voz, que puede ser tan dulce como fiera, con sus melodías y con su estampa casi intacta de jeans, polera y zapatillas blancas.

Al tipo le dio por cantar lo que pasaba en su país en discos como “Para el pueblo lo que es del pueblo” y “Que se vayan ellos”. Pero las boletas llegan a todas las casas y Piero tiene que irse de Argentina el año ’76, porque si no, lo matan. Vivió en Italia y en España hasta 1981.

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Piero compuso “Mi viejo” y con eso un pedazo de inmortalidad que se la piden a cada rato. No ha estado siempre dedicado a la música y ha pasado largas temporadas sin presentarse al ruedo. Pero, él está en Chile y vino a cantar para el homenaje a Salvador Allende en el Estadio Nacional. Antes de conversar lo sacamos a él de una conversación con Serrat, también presente en el homenaje. Apura el café y viene la charla.

 

¿Qué es lo más reciente que ha estado haciendo? El último recuerdo de usted en Chile es en un programa de televisión hace algunos años ya.

 

P.: Sí, hice cosas muy aisladas, porque estoy muy dedicado a la Fundación, que ya tiene quince años, y es una cosa apasionante también. He llegado a levantar giras de siete países para que no se me caiga la granja en su momento.

 

¿Dónde está esa granja?

 

P.: Está a una hora de Buenos Aires, hacia Rosario, al Norte, pero es una granja piloto. Hay granjas por toda Latinoamérica; y acá por no haber venido mucho, no hay, porque al ir y venir y cantar y contar, se engancha... En Colombia hay, en Ecuador, en Bolivia, México, en Estados Unidos incluso hay una granja. Con una te sobra, porque son duras de arrancar, pero después...

 

¿Qué se hace en las granjas?

 

P.: Los chicos se capacitan en dos o tres años y se reciben de agroecólogos. Son chicos humildes, no son chicos de la calle, son chicos de la villa, y le damos una hectárea, le damos los materiales para que se construyan la casa y armen una microempresa y armen una cooperativa con los otros chicos. Tenemos 226 hectáreas para 200 familias.

 

¿Cómo surgió esa idea?

 

P.: Pues, tenía yo una chacra de 11 y me sobraban 10 hectáreas. Había infraestructura, vendían tractores, había unos galpones. Desde que la compré la visualicé para aprovecharla; vos no podés solo, salvo que armes una empresa. Enseguida me imaginé ecología-y-chicos.

 

Y bueno, arrancó la Fundación por otro lado; hicimos 10 años de Fundación haciendo cosas para chicos. Y ahora que ya pasó toda la cosa dura del arranque.

 

Y todo este esfuerzo, ¿tiene algún paralelo con el esfuerzo para cantar?

 

P.: Nunca hice esfuerzo por cantar. Al revés del otro que espera, que prueba, que las amansadoras, el lobby y todo eso, no, nunca lo hice. Siempre fue elegir lo que venía adelante, lo que aparecía. Desde el ’64, yo canté doce o trece años; el resto por los militares o porque yo lo dejé, me dediqué a otras cosas.

 

Y ese ir y venir a la música, ¿a qué se debe? Entendemos las causas externas, como los militares.

 

P.: Cuando comencé en el ’64 fue una cosa muy espontánea y cuando me metí adentro, vi que me tenía retirar, organizar bien y volver a la carga. Lo hacía jugando, al principio. Por ejemplo, hacía televisión, un programa todos los días, de lunes a viernes, y un programa largo los sábados, y yo era el último.

 

¿De qué año estamos hablando?

 

P.: ’69. Perdón, ’64. El primer día que fui a un canal, debuté. Nunca había entrado a un canal; todo se fue dando naturalmente. Entonces, cantaba de lunes a viernes, y los sábados también, y era popular sin tener discos.

 

¿Todo esto en Buenos Aires?

 

P.: Sí, sí. Me conocían todos, porque era un programa al mediodía muy visto. Vino un tío de Río Negro, del Sur, a los pocos días que yo estaba ahí y me saludaba la gente por la calle, como en el pueblo, y yo le dije: Acá son todos muy cariñosos.

 

¿Cómo se llamaba ese programa?

 

P.: Remates musicales con Roberto Galán. Después, me ofrecieron todas las casas grabadoras, cantar. Yo elegí una, la Polygram, porque no había nadie: Palito Ortega era RCA; Leo Dan, Sandro en la CBS. Y en Polygram no había nadie: canté una cumbia en italiano, ése fue mi primer sencillo. Pero una cosa medio virtual, porque no había disco, sólo singles.

 

Pero una vez... o sea, yo iba a cantar con otros músicos y, bueno, yo seguía el juego. Pero un día fui a cantar y estaba yo solo cantando, o sea, la única atracción era “Piero” y fueron 900 personas a un club de barrio y me sentí como que me pasó una cosa muy fuerte arriba del escenario, era sentir que ellos me habían ido a ver a mí y no como antes que era un público que iba a ver cosas de todos. Ahí sentí que me iba a dedicar a cantar; hasta ahí estaba jugando. Y sentí como un compromiso, fue como un casamiento, una cosa así con la gente.

 

¿En qué año dejó de cantar?

 

P.: El ’65. Dejé de cantar y me puse a preparar, a buscar, porque no me gustaban mis letras, entonces, buscaba poetas clásicos, después contemporáneos...

 

¿Para ponerles música?

 

P.: Al principio, para ponerles música. Pero eran cosas de terceros, ¿viste?, yo necesitaba algo más directo, más coloquial, y eso me obligó a escribir a mí. Hasta que me encontré con José Tcherkaski, que es un periodista y poeta, que teníamos amigos comunes y me dijeron que escribía cosas y ahí nos pusimos a trabajar ocho horas por día componiendo. Ahí hicimos unas treinta canciones, porque el problema que me pasaba antes era que grababa una canción y no tenía otra para grabar; nunca pude grabar un long-play.

 

¿De esas primeras canciones quedó alguna?

 

P.: Recuerdo una cumbia en italiano, “A la cara, cara nona”, que pegó mucho. Eso da paso a mi primera etapa, de baladas: después de trabajar bastante tiempo con José, hicimos esas treinta canciones. En esas canciones ya estaba “Mi viejo”, “Pedro Nadie”, “Juan Boliche”.

 

Usted parte por...

 

P.: Tutéame, huevón, porque si no, no llegamos a ningún lado (risas).

 

¿Qué cuerdas toca primero al componer: las cuerdas de las letras o las cuerdas de la música?

 

P.: No sé, es una química, que más que de un texto o de música, tiene que haber un ángel arriba de eso.

 

El éxito o popularidad de canciones como “Mi viejo”, ¿puede llegar a afectar su labor creativa o interpretativa?

 

P.: No sé, pero llega un punto en que si no la cantás... es durísimo a veces.

 

Para el pueblo lo que es del pueblo” la has interpretado con cambios en la letra en distintas épocas. ¿De dónde nace ese impulso a cambiar una canción ya fijada, al menos, discográficamente?

 

P.: Es una cuestión de comunicación. Lo que pasó fue que cuando yo vuelvo del exilio, no quería meter más leña al fuego. Cuando vuelvo, la gente quería esa canción y yo me resistía, porque la coyuntura ya era otra. Lo que hice fue canalizar un par de estrofas. Recuerdo que cuando la grabamos con Silvio, dijimos: “una vos, una yo, una vos, una yo...” y cuando llegamos a una que hablaba de los militares: “si hay justicia, que ajusticien con una constitución”, Silvio dijo: “ésta yo no lo canto” y la canté yo. Y cuando la canté, desde la tribuna más izquierda de la izquierda, hubo como un abucheo y cuando terminamos, dije: “acuérdense del abucheo, porque lo que están haciendo es una barbaridad, que con el tiempo se van a dar cuenta”.

 

¿Era consciente el proceso creativo de esas canciones directas, que respondían a un objetivo coyuntural?

 

P.: Siiiií. En ese momento no importaba lo poético, importaba el mensaje directo, sin metáforas, sin nada. En ese tiempo, lo que decía el presidente estaba bien, lo que decían los curas estaba bien; lo oficial era sagrado, no había ni periodismo en contra... no había contra. Nosotros éramos los primeros locos que nos rebelábamos ante eso, entonces, eso era lo que había que hacer. Y, bueno, vino el exilio.

 

¿Dónde pasaste el exilio?

 

P.: En España, en el Molino de la Buena Suerte. Es un pueblo con 45 habitantes y treinta y ocho no conocen Madrid, (estando) a una hora de Madrid. El exilio fue duro para la mayoría de los que se fueron; se juntaban para llorar y para sufrir, entonces, se celebraba el cumpleaños de uno y se contaba que mataron a éste o al otro. Era durísimo porque llegabas a otro país, sin dinero, había que empezar de cero. Yo aproveché el tiempo para pensar ciertas cosas que mi ritmo de vida anterior no me permitía. Abrí todo un proceso interno de cambio. Me fui al campo a vivir solo, sin agua, sin luz, sin gas, sin televisión, sin radio, sin diario. Sólo con la naturaleza, la música que componía yo, escuchaba discos con pilas. Estuve dos años solo. Entonces, te volvés loco o te curás. El agua turbia que uno pudiera tener, se aquieta, y retomo cierta relación con la naturaleza, que es lo que yo propongo cuando vuelvo. Fue un tiempo un poco a contrapelo de la cosa militante, de la cosa zurda.

 

Había gente que quería una actitud más dura.

 

P.: Había gente que quería guerra y yo no creía en la guerra como sistema; “basta de protesta, ahora vamos a proponer”. Hice como 600 conciertos en dos años, tocaba de lunes a lunes, giras por el interior. Los primeros cien conciertos eran gases lacrimógenos, amenazas, bombas de olor, bombas de humo, que la misma policía ponía, porque yo congregaba eso. Y en ese ambiente, tenía sentido retocar canciones como la nombrada.

 

¿Qué tanto han cambiado las urgencias políticas, que en ese tiempo eran evidentes?

 

P.: Por ahí ustedes tiene una democracia renga, porque si sigue Pinochet ahí, es como que no hay democracia, es una incongruencia rara. Pero algo solapado, no se me ocurre.

 

Y desde la estructura oficial, ¿es posible enfrentar esas urgencias?

 

P.: Sí, pero con propuestas, con acción. Nosotros vamos a hacer una revolución... vamos a hacer un lío sin precedentes.

 

Pero, ¿cuál es ese lío?

 

P.: Vamos a inyectar fuerza y trabajo y capacitación. Cultura [la secretaría que ocupaba Piero entonces] nunca tiene dinero, siempre es el último presupuesto del gabinete. Y me negué, me negué, me negué. Y me dijeron: “por favor, pensalo”. Y yo le dije al gobernador: “la mayoría de la gente que voy a poner a trabajar conmigo, a usted no lo quiere, o no quiere saber nada con la política”. Yo mismo no quiero saber nada con la política. Después de pensarlo, le dije: “no quiero elecciones, no quiero saber nada con actos, con la clase política interna; sí quiero despolitizar la cultura”. Y he juntado a un grupo muy heterogéneo de artistas en nuestro apoyo.

 

¿Cómo nació el disco “Folklore a mi manera”?

 

P.: Ese y el de los niños, “Sinfonía inconclusa en la mar”, que debe ser uno de los que más vendí, surgen porque me empezaron a prohibir canciones, “Coplas de mi país” o de las primeras (canciones), entonces, saqué esas canciones de cincuenta años, clásicos, y esas canciones infantiles. En el “Folklore a mi manera” junté canciones y tradiciones, con rockeros, tangueros y folkloristas, una fusión que no existía en ese momento.

 

¿Y qué tal la recepción?

 

P.: Siempre la cosa nueva enoja a alguna parte, por ejemplo, que haya puesto bandoneón a las baladas. Pero, después que se incorpora es agradecido. Y a mí me pareció siempre que vos no sumás tangueros, folkloristas y rockeros, sino que multiplicás, es una nueva dimensión.

 

¿Conociste a Yupanqui?

 

P.: Sí y la última vez que lo vi fue acá; en el aeropuerto, con su guitarra al hombro y solo, sin secretario. Eso me conmovió. Era muy cascarrabias el viejo, muy duro. Una vez hice algo de Piazzolla, Borges, Edmundo Rivero, un trabajo sobre el tango y le preguntaron a Yupanqui qué le parecía, adelante de ellos, recién habían escuchado el disco y el viejo le pregunta a la mujer de Rivero, que era muy linda: ¿Y usted no canta?

 

Él era muy puro, no aceptaba cualquier versión de sus canciones. Alberto Cortez me dijo, también, que era muy cascarrabias.

 

¿Siempre fuiste tan promiscuo con los estilos musicales?

 

P.: Sí, si vieras mi segunda época, de vuelta del exilio, hay chacarera, tango, hay folklore, rock & roll, heavy metal, chamamé, lo que quieras, pero, para mí la música era como una escenografía de la letra, de la idea, o que el ritmo te pide determinado tipo de letra.

 

Santiago de Chile, 3 de septiembre de 1998.










 
  

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