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Nuestros evangelistas

por Joan Barril el 08/10/2007 

Desde los antiguos griegos se llama acrópolis a la ciudad alta, ese lugar que está cerca de los dioses y del espíritu. Montjuïc es ahora, despojado de los vestigios militares, una verdadera acrópolis del arte y del recuerdo. Muertos y vivos se encuentran allí para ofrecer lo mejor de cada uno. A la acrópolis se debe subir a pie, con esa penitencia casi genuflexa de quien sabe que va a experimentar una revelación. Serrat y Sabina nos invitaban en el Sant Jordi a una comunión con la vida del país real. Y así, miles de gentes vieron que las escaleras mecánicas municipales funcionaban.

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Con los años empiezan a agobiarme las multitudes y además acostumbran a inhibirme la capacidad de emocionarme. Veinte personas ya son un exceso. Pero Serrat y Sabina hacen que 15.000 sean un grupo de amigos. El ritual de esos dos tipos va más allá de la música. Es una manera de decirnos que estamos creciendo como especie. Moriremos, morirán, y sin embargo, las canciones y los himnos continuarán en las manos y en la garganta de la gente. Con dos músicos como ellos podía aparecer la tentación de competir. Y sin embargo, consiguieron hacer del empate una multiplicación. A Sabina le coreaban las canciones. A Serrat se le escuchaba con un silencio religioso. 15.000 personas calladas mientras Joan interpretaba Cremant núvols tenían la misma fuerza que el estribillo de Pacto entre caballeros cuando el personal se agitaba con aquello de "mucha, mucha policía". Era nuestro evangelio.

Pero uno, que ya empieza a mirar lo que le rodea no en el reloj sino en los libros de historia, también deja abrir el grifo de la lágrima. Con guitarra eléctrica distorsionada y una banda espléndida, los dos pájaros la tomaron con Para la libertad, de Miguel Hernández. Y pensé en el poeta de Orihuela, preso en la cárcel de Alicante tras la guerra civil, esperando a la muerte, pasmado si alguien le hubiera dicho que algún día sus poemas o los de Machado serían cantados por las multitudes. El otro día, en la acrópolis, no eran dos. Estábamos todos los que fueron y también los que algún día serán. Para la libertad, naturalmente.










 
  

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