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Marta Valdés, palabras

Teresita Fernández, premio mayor

MEDIOS el 07/12/2009 

A mí no me tocó cantar sus canciones. Envidio a toda la gama de cubanas y cubanos, desde los cuarentones hasta los niños de hoy, que alegraron sus horas de juego cantándole al gatico Vinagrito o a cualquiera de los ejemplares del zoológico particular de esta artista cubana que se define a sí misma como “una maestra que canta”.

Por Marta Valdés para Cubadebate

Quienes fueron naciendo en nuestros pueblos y ciudades a partir de la década de los sesenta, entraban al mundo con un cancionero privilegiado, una especie de canastilla espiritual hecha a mano con esmero, animada por bichos comunes, animales y bejucos a los que ni siquiera miramos al pasar y que no merecen —eso aprendemos de Teresita— nuestra indiferencia.

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Teresita Fernández nació en Santa Clara el 20 de diciembre de 1930. Sus primeras canciones datan de los años cincuenta. Había cursado los estudios de piano pero, muy pronto, se sintió inclinada hacia la canción y ese poder comunicativo que la acompaña cuando brota y se trasmite desde la guitarra porque, como ella dice con mucha razón, este instrumento tiene su propia caja de resonancia y, como va pegada al cuerpo, que es la caja de resonancia de las personas, lo que nace de ella es capaz de llegar directo a grandes y pequeños, a todos los seres humanos, desde los más ilustrados hasta quienes sólo caminan por la vida alumbrados por sus propias luces y, en especial, a los niños.

 

Había decidido abrirse camino como trovadora. Entró a la vida musical cubana de la mano del dúo de las Hermanas Martí, voceras generosas de su arte. ¿Cómo no poner atención cuando Bertha o Cuca nos hablaban de la muchacha de Santa Clara que tiene unas canciones? Ellas le ofrecieron un hogar en La Habana y, en poco tiempo, la Sala Arlequín, uno de los sitios pequeños de La Rampa, donde se presentaban muestras del teatro más exigente del momento, abrió sus puertas para el debut de la trovadora. Según cuenta ella misma tuvo, sentados en primera fila, a Sindo Garay y a Bola de Nieve. No era necesario acudir a un adivino que descifrara el vuelo de las aves para formular los augurios que se desprendían de semejante conjunción al comienzo de un camino. Transcurría el año de 1965.

 


"Teresita y sus canciones", disco de los años 60 en 45 rpm, que incluía: "Muñeca de trapo", "Dame la mano y danzaremos" (con letra de Gabriela Mistral), "No puede haber soledad" y "Más que triste".

 

Semejante entrada a escena, con aquellos dos grandes surtidores del mejor arte musical de Cuba formados en atención a la manera de un par de sencillos reclutas o, más bien, como dos buenos, disciplinados alumnos decididos a no perderse un solo gesto, una palabra de la maestra, anticipaba una historia donde se justifica esa frase hecha que califica a alguien como “grande entre los grandes”. Meses después de ese primer recital, Bola de Nieve reclamó la presencia de Teresita en las noches del restaurante Monsigneur, caracterizado como chez Bola. Nuevamente, una conjunción que atraía a los más diversos gustos. Allí me la presentó una noche su anfitrión, anunciándome un próximo recital de la trovadora, que tendría lugar muy pronto, en la salita del Museo de Bellas Artes. Fue cuando, de veras, me enfrenté a su voz, su guitarra y sus canciones, que contrastaban con la sonoridad predominante en el ámbito de la canción popular más gustada en aquellos años: el más puro feeling, enarbolado por sus creadores e intérpretes más representativos, con Elena Burke, Doris de la Torre, César Portillo de la Luz y José Antonio Méndez, a la cabeza.

 

Luego de una temporada repleta de episodios insólitos, alternando con Bola, Teresita comienza a tener un espacio propio en el medio de La Rampa, en El coctel, un sitio cuyo nombre permanecería asociado para siempre al suyo, aún después que ella tomara por otro rumbo. Allí acudían los jóvenes que, aprendices de persona mayor, alcanzaban el regalo de un cancionero infantil donde no todo es fantasía, que les permitiría, para siempre, sentirse un poco niños, ingrediente que caracteriza a esta zona de la obra de quien afirma con verdadera conciencia: “yo siempre he vivido como el pararrayos: en las alturas pero con el hilo a tierra, para que las cosas descarguen por donde tienen que descargar, que es en la realidad”. Ella tendió la mano, desde allí, a un joven desconocido todavía, que se recuerda a sí mismo la mirar hacia aquellos años como “un trovador trashumante” rodando de aquí para allá sin un sitio fijo para entregar sus canciones. Era Silvio Rodríguez, justo al comienzo de una nueva era en la canción cubana, así como de una amistad que ha perdurado y que ofreció frutos muy bellos en las múltiples ocasiones en que la vida les dio la oportunidad de coincidir y echar a andar juntos, sembrando historia y encendiendo lucecitas por toda la Isla.

 

La entrega de Teresita ha sido capaz de borrar diferencias entre las generaciones. Así, la hemos visto iniciarse desde el aplauso de los grandes, tender la mano al joven que comienza, encajar perfectamente, en una larga gira, en la que se vio hermanada con Portillo de la Luz y José Antonio Méndez, lo mismo entre los obreros de una mina que en el campo abierto, encaramada sobre una plataforma, en una casita de Cultura o bien en un incesante entra y sale armada de su guitarra y su voz semejando, en su recorrido, a esas cadenetas que hacen crecer, aguja en mano, las viejas tejedoras de crochet. “¿Estilos? Sólo conozco uno: el de la sinceridad cuando se crea o se interpreta” —declara ella—. Por eso mismo, un buen día comenzamos a encontrarla sentada, junto con un grupo de sus amigos más afines, bajo las yagrumas del Parque Lenin, con la ilusión de dar un sentido muy especial a las mañanas de domingo, desde lo que ellos dieron a conocer como La peña de los juglares y muchos llamaban “la peña de Teresita”. Pocas iniciativas han logrado el nivel de convocatoria que Teresita y sus amigos alcanzaron entre la gente que, desde cualquier punto de Cuba o del resto del mundo, acudía a su llamado. El fin de siglo la vio levantar el vuelo hacia la tierra de sus padres o hacia diversas latitudes en el continente americano: “lo más bonito que tiene mi vida no es la canción que canto, sino la historia que me ha acompañado para poder cantarla” —dijo una vez.

 

La obra de nuestra cantora mayor abarca, a partir de una misma excelencia en el texto y mediante un lenguaje musical signado por la transparencia, además de esa vertiente que conocemos como canción infantil (y que yo preferiría acuñar como canción para infantes de cualquier edad) una frondosa obra que se inspira en la patria, en la naturaleza, en el amor, en la grandeza y la virtud que han alcanzado algunos mortales. Pero es preciso hacer énfasis en dos empeños que figuran como sólidos pilares en el conjunto de su obra: los trabajos de musicalización de las Rondas de Gabriela Mistral asi como del Ismaelillo, de José Martí. Acerca de este último, la compositora, pedagoga y musicóloga Gisela Hernández, afirmó: “Al emprender la hazaña de la puesta en música de los versos martianos —prólogo y quince poemas— hazaña que no intentó antes que ella, ni creo probable que lo intente después, ningún compositor culto ni popular, ella ha dado muestras de una riqueza creadora tan amplia de estilo, de calidad y originalidad que creemos realmente insuperable por su magnitud”.

 

Una excelente discografía recoge, en su voz y en las de los más altos cultores de la canción cubana, gran parte de su catálogo. Episodios de su vida contados por ella misma, así como casi todas las citas que hemos incorporado a este escrito, pueden hallarse en el libro donde Alicia Elizundia Ramírez, bajo el título Yo soy una maestra que canta, merecedor del Premio UNEAC de Testimonio 2000 y publicado por Ediciones Unión en 2001, concentra una información de primera mano que no sólo nos ayuda a acercarnos a la historia de Teresita, sino que nos permite contagiarnos con sus nobles y bellamente expresadas enseñanzas.

 

Teresita Fernández acaba de ser proclamada, este 4 de diciembre como Premio Nacional de Música 2009. Antes de mandarle por escrito un gran abrazo, me acojo a una última cita, tomada de sus propias palabras cuando dijo, hace muchos años: “Mi experiencia personal con la guitarra en la mano es que cuando la gente se empata con esas canciones con las que crecieron, tiene que sonreír. Ese es mi mayor premio”. Ahora sí, un gran abrazo.










 
  

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