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FELIU VENTURA ● Página Principal


Feliu Ventura. © Xavier Pintanel
Feliu Ventura.
© Xavier Pintanel

 

La primera vez que oí a Feliu Ventura, años ha, tuve que frotarme los ojos, contener las manos y afinar los tímpanos. Abrí la neurona y cerré la boca. Enmudecí. Me detuve incontables silencios en Estadi Xile. Allí, alguien con duende, repentinamente cercano y vía voz y guitarra, desobedecía todo olvido y aseguraba, desde los arrabales de una Europa ya perdida, que volvía para seguir gritando el nombre de Víctor Jara. Para gritarlo contra el viento.

 

Declaración de principios insondable y desafío de gesto infinito, eso pasaba en los Països Catalans, entre Xàtiva y Barcelona, a principios del siglo XXI. Allí dónde una generación de jóvenes indagaba en los vértices precarios del desencanto, intentaba recuperar a gritos lo que le habían negado y descubría sin mapas otro país pequeño que le habían mutilado, silenciado y escondido. Un país prohibido de culturas proscritas y, con él, los trazos fértiles del camino de regreso. Y en eso, en esas tangentes de desconciertos, contradicciones y redescubrimientos, en eso llegó Feliu. Y llegó, además, a las manos. Con el peso entero de una sonrisa inclaudicable. Y contra todo pronóstico del poder: inutilizando 'viva vocce' la amnesia decretada por los gerentes de tanto olvido. Haciendo añicos los planes de los gestores de todas las impunidades. Voz alzada, arraigada en los ecos más antiguos y los recovecos añejos de una condición humana capaz de lo terrible y lo sublime, que anulaba el fraude de la transición de la dictadura a la democracia y desmenuzaba el modelo lobotómico planificado —obediencia debida postmoderna, prozac forzoso en píldora y exilio interior obligado— que se pretendió imponernos.

 

Al fin y al cabo, Feliu Ventura es también y sobretodo la contracrónica resistente del otro País Valencià. El que se ha sublevado contra un laboratorio político-económico dónde en las últimas décadas ha implosionado la metástasis de la corrupción hecha negocio, la locura de la especulación que devasta el territorio y la ley del silencio asfixiante que nos pretende mudos, sordos y ciegos. Cultura como liberación, en los márgenes perseguidos de ese laboratorio, de las tangentes de todo lo proscrito, nació Feliu Ventura.

 

Como banda sonora original de un tiempo complejo, de un país que aún no es y de una generación que se sigue buscando a tientas. Eso es Feliu, hoy más que nunca. Uno de los nuestros: esa es nuestra suerte, aún no descodificada del todo. Una escuela permanente, donde nunca dejas de aprender. Un lugar que nos habita. Assumiràs la veu d'un poble (Asumirás la voz de un pueblo), escribía el poeta Vicent Andrés Estellés. Y desde la propia voz y creación, Feliu Ventura pone notas, melodía y rutas posibles a todas las encrucijadas vitales: las que nos agobian, las que nos esperanzan, las que nos vacían, las que nos llenan.

 

Desde entonces, el café y el ibuprofeno tan propio de Feliu, contra los dolores de un mundo real y absurdo, nos vienen acompañando de la mejor manera. Con abecedarios de futuro, turnos de preguntas insumisos o susurros telúricos de lo que transmiten los árboles, Feliu Ventura siempre nos resitúa y siempre nos reconecta. Con nosotros mismos. Desde su Xàtiva natal —nuestra Gernika arrasada en 1707 y bombardeada de nuevo en 1939— ha enviado a la papelera de la historia toda derrota y toda doctrina autoritaria, para recordarnos que vivir nunca es esperar a que amaine la tempestad, sino aprender a cantar bajo una lluvia incesante. Porque la libertad siempre está ahí, como posibilidad y a la vuelta de la esquina.

 

Con letras que se cuelan como lluvia fina —la que más empapa, como sin darte cuenta—, acordes de memoria que siempre te acompañan contra la liquidez que todo lo liquida o coherencia que da alas, precisamente, a la imprescindible coherencia. Seguiría escribiendo largamente sobre Feliu: sobre nosotros. Pero empiezo a acabar para empezar de nuevo una vez más. Contra su mundo imposible, Feliu es nuestro antídoto porque su fórmula es la memoria de un futuro anterior. Dándose, cantándonos, Feliu Ventura es Feliu Ventura. Por supuesto. Pero me gustaría añadir —es como se siente, como se vive— que para los que nacimos bajo la democracia de la amnesia y el fraude de un sistema de exclusiones, Feliu es nuestro Ovidi Montllor. Con su camiseta roja calada, la más vieja y la que más abriga, desarma ejércitos enteros, desnuda todo Poder y nos anima ante el espejo. Allí donde mirarnos desnudos y atrevernos a reconocernos. Música y letra que sigue gritando —contra el viento— que todo empieza y acaba y vuelve a empezar en nosotros mismos. Entre la nada y el todo, a ver quién dice que eso es poco. Cuando aún es siempre todavía. Gràcies, Feliu.

David Fernández
Periodista










 
  

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