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Pedro Guerra
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Canciones compuestas por
Pedro Guerra
 
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Agradecimientos: Dailos Tamanca, María Cabrerizo

Enero de 2008

Trovapedia
Fotografía: Juan Miguel Morales

El canario Pedro Guerra aparece durante los años 80. Junto con sus compañeros Andrés Molina y Rogelio Botanz forma un grupo llamado Taller, en el que tanto en grupo como individualmente interpretan canciones de los tres y graban varios discos muy cercanos musicalmente a la Nueva Trova Cubana. Más tarde, Pedro se va a vivir a Madrid y a partir de ahí, tanto por sus propios CD's como por las interpretaciones que de sus temas han grabado famosos artistas -Víctor Manuel y Ana Belén convierten en un hit su "Contamíname"-, pasa a ser un cantante muy popular. Sensible, capaz de fabricar bonitas melodías que beben de Silvio Rodríguez o Caetano Veloso, sintetiza en sus textos historias de la vida cotidiana y sentimientos con los que fácilmente nos identificamos todos.

Texto extraído del libro RETRATOS DE CANTANTES. Sección en construcción
 

Parce que je rêve, moi je ne le suis pas.
Léolo Lozone.

Situémonos:

Después de un concierto. Las tres salidas que posee el teatro están colapsadas por un centenar de personas de ambos sexos, aunque la mayoría son mujeres, la media de edad de esas personas ronda los veinte años, aunque también los hay que no superan esta edad y los que la superan con creces, siendo éstos los menos. Presentan un alto grado de excitación, popularmente conocido como histerismo, que alcanza su más alto grado cuando confunden, en medio de su estado de ansiedad, al hombre encargado de subir los instrumentos al camión con un miembro del grupo de músicos que acompañaba al cantante. Alguien alza la voz preguntando si ése no es el supertiobueno que tocaba la batería. El hombre se ríe ante la expectativa de convertirse en famoso y guapo por un momento. El guardia de seguridad acude en su ayuda, momento que es aprovechado por cuatro muchachas para entrar en el recinto y empezar a subir las escaleras que, creen, las separan de su anhelado trozo de papel rubricado. Otro guardia de seguridad las obliga a salir al cabo de un rato. Cuando salen, el resto de los que están allí las vitorea por su gran arriesgada hazaña. Ellas se esfuerzan en contar los milímetros y las décimas de segundo por las que fracasó su empresa...

La lluvia los moja a todos para calmarlos. La lluvia los empieza a borrar poco a poco.

El guardia de seguridad que salió en defensa del hombre del camión se marcha a casa, presumiblemente, vestido con ropa de calle. Sin el uniforme parece distinto. Nadie lo reconoce hasta que sentencia, mitad asombrado mitad cómplice, que el que esperan ya se ha ido. Añade, además, que los allí presentes tienen más moral que cierto equipo de fútbol que nunca ganaba.

Cada vez llueve más y cada vez queda menos gente.

Situémonos otra vez después del concierto. O situémonos antes, mejor durante. Cuando desde la lejana cercanía de mi cuarta fila imaginé que me dedicabas una fracción de segundo de tu mirada. Cuando la hipnosis sibilante de tu música me transportó aún no sé bien a dónde. Cuando leí de tu mano todo lo que dice tu desnudo libro de rima, que a mí también logra calmarme...

Cuando sentí unas ganas inmensas de decirte algo. Cuando me fui y no quise acompañar a nadie ni que me acompañasen. Cuando se fueron a mojar sus noches con música y alcohol, no considerando suficientemente mágica la oscuridad ya de por si. Cuando creí acostarme y entré en un cine. Cuando creí estar soñando y estabas sentado en la butaca de al lado. Cuando no ponían aquella película tan americana, que yo creí que iba a ver, y ponían otra de dibujos animados de un niño eterno que se vestía de verde por creer que la esperanza le pertenecía por ser pequeño infinitamente. Cuando te dije si te importaba que me hubiese sentado allí y tú respondiste que estaba bien mientras no chillase.

Mientras no chillase. Como si yo no supiese que en los cines no se chilla. Como si yo no supiese que en los sueños los gritos se oyen igual de fuertes. Como si a mí no me gustase la película. Luego te acercaste para preguntarme si yo sabía para qué sirve el color de las aceras:

—Mi niña,¿ por casualidad tú no sabrás para que sirve el color de las aceras...?

Yo te dije que para lo mismo que el olor de las flores secas:

—Para nada en especial, supongo.

Tú seguiste viendo la película como si tal cosa y yo salí del cine mientras la lluvia seguía obstinada en componer canciones contra el cristal de mi ventana.

Julia










 
  

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