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Poblina de los ires y venires


No me doy por vencido, me niego a renunciar: tan abundante rocío trae demasiada luz. Imposible una tregua cuando hay tanto fragor. Voy a ir hasta el mismo espejismo soñado, voy a ir hasta el mismo escondite del sol. No llevaré equipaje, partiré con la neblina que me traiga la mañana. Cantando por el sendero, me iré jubilosamente amanecido, regresando de estos ires y venires.

Aunque parezca mentira
mi abuelo vino de España,
llegó buscando al hermano
de Cantabria a la montaña.

El hermano volvió a casa,
pero abuelo se quedó:
se enamoró de María
y nunca más regresó.

Mi abuela, la patatica,
que este tamaño me dio,
trajo al mundo ocho retoños
y la raza se mezcló.

Se asentaron en Santiago
cuando terminó la Guerra,
y se hicieron propietarios
de un buen pedazo de tierra.

Tíos y tías crecieron;
cada cual hizo un panal.
Mi madre montó al caballo
y hasta Banes se fue a dar.

Ay, estos ires y venires,
ay, esta manía incurable
de volar, de volar, de volar,
de volar, llegar, sembrar.


Allí conoció a mi padre
en un baile de disfraz,
él vestido de abogado,
pero ella sin antifaz.

Bailaron toda la noche,
se decidieron casar.
Sólo diez años más tarde
juraron ante el altar.

Bajo una mata de cedro
mi casa empezó a crecer,
blanca y bonita la casa,
casa que me vio nacer.

Mis dos hermanos y yo,
príncipes de aquel lugar,
inventamos aquel patio
donde comencé a soñar.

El pueblito se hizo chico,
tenía prisa por correr,
y el trencito ya partía conmigo
al amanecer.

Como mi abuelo el de España,
a Santiago me fui yo,
aunque con la diferencia
que mi amor me acompañó.

Allí muy cerca, cerquita
de donde nació mi madre
hice el nido y dos varones
me convirtieron en padre.

Conocí a Sindo y Gutkin,
a Gualdo y a Matamoros,
trova, teatro y poesía,
pintura y demás tesoros.

Allí regalé mi canto
a ese viento enamorado
que me arrastró con el nido
hasta el centro del Vedado.

El mayor de mis varones
al techo del mundo fue,
y regresó a su asteroide
mi pequeño, ya lo sé.

Las nuevas aves se estrenan,
las veo por mi ventana.
No temen, se arriesgan,
parten en busca de la mañana.

No sé si aquí se detienen
estos ires y venires.
Mis alas no están cansadas:
es el tiempo quien decide.

 










 
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