El cantautor, escritor e intelectual italiano Francesco Guccini, autor de canciones fundamentales como Auschwitz, La locomotiva (La locomotora) o L’avvelenata (La envenenada), ha fallecido a los 86 años. Durante cerca de medio siglo, Guccini construyó una obra estrechamente vinculada a la memoria, la historia, el compromiso social, la literatura y una particular manera de observar las relaciones humanas y el paso del tiempo.
![]() Francesco Guccini.
© Xavier Pintanel
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Francesco Guccini, uno de los nombres fundamentales de la canción de autor italiana de la segunda mitad del siglo XX, ha fallecido a los 86 años. La noticia ha sido comunicada por su familia, que ha informado asimismo de que el funeral se celebrará de forma privada. Desaparece así un autor cuya obra contribuyó de manera decisiva a configurar el lenguaje de la canción italiana desde los años sesenta y, especialmente, durante la década de los setenta, cuando se convirtió también, no siempre de manera buscada por él, en una referencia para una parte de la izquierda, el movimiento estudiantil y la cultura política de aquellos años.
Cantautor, escritor e intelectual, Guccini desarrolló durante aproximadamente medio siglo un repertorio en el que convivieron la historia y la memoria, el compromiso político, las relaciones sentimentales, la literatura, el desencanto generacional y la observación de la vida cotidiana. Canciones como Auschwitz, Canzone per un’amica (Canción para una amiga), La locomotiva (La locomotora) o L’avvelenata (La envenenada) pasaron a ocupar un lugar central en la canción de autor italiana y acompañaron a varias generaciones de oyentes.
Aunque su figura quedó estrechamente asociada a Bolonia, Guccini había nacido en Módena en 1940. Durante su infancia se trasladó a los Apeninos tosco-emilianos después de que su padre fuera llamado a la guerra y, terminada la Segunda Guerra Mundial, regresó a Módena, donde estudió y realizó diversos trabajos antes de matricularse en la Universidad de Bolonia.
Entre aquellas primeras ocupaciones estuvo la de cronista en la Gazzetta di Modena. Para entonces había comenzado ya a tocar y escribir canciones, inicialmente bajo influencias que iban del beat y el rock and roll a la canción política italiana. Su primer grupo, los Gatti, estaba dedicado, sin embargo, a la música de baile.
Después de trabajar también como profesor y autor de guiones, durante la segunda mitad de los años sesenta la música fue ocupando definitivamente el centro de su actividad. Antes incluso de consolidarse como intérprete, algunas de sus composiciones empezaron a circular a través de las voces de otros artistas.
Su relación con Nomadi resultó especialmente importante durante aquellos primeros años. El grupo interpretó y dio a conocer canciones de Guccini como L’atomica cinese (La bomba atómica china), Noi non ci saremo (Nosotros no estaremos), Dio è morto (Dios ha muerto) y Canzone per un’amica (Canción para una amiga). También escribió Auschwitz, interpretada por Equipe 84, mientras que Una storia d’amore (Una historia de amor) llegó a las voces de Caterina Caselli y Gigliola Cinquetti.
En 1967 comenzó a actuar como solista y publicó su primer álbum, Folk beat n. 1. El disco tuvo inicialmente una repercusión limitada, pero contenía ya algunos de los elementos que definirían posteriormente su escritura, entre ellos canciones como L’antisociale (El antisocial) y Canzone per un’amica (Canción para una amiga).
Tras Due anni dopo (Dos años después) y L’isola non trovata (La isla no encontrada), ambos publicados en 1970, llegó en 1972 Radici (Raíces), el álbum que supuso uno de los primeros grandes puntos de inflexión de su trayectoria. Allí aparecían Il vecchio e il bambino (El viejo y el niño), Incontro (Encuentro) y una de sus composiciones más conocidas, La locomotiva (La locomotora).
En esta última Guccini reconstruyó la historia del ferroviario anarquista Pietro Rigosi, convirtiendo el relato de su acción en una extensa canción atravesada por la protesta contra las injusticias sociales y la lucha de clases. El interés por las historias anarquistas, obreras y por los personajes situados en los márgenes de la historia oficial reaparecería en diferentes momentos de su repertorio.
La política estuvo inevitablemente ligada a la recepción de su obra. Guccini había vivido el Mayo del 68, las movilizaciones obreras y estudiantiles y posteriormente el desgaste y las contradicciones de los movimientos de izquierda durante los años setenta. Su condición de cantautor político hizo que se convirtiera en referencia para sectores estudiantiles y militantes, una posición ante la que él mismo mostró en numerosas ocasiones incomodidad y distancia.
Esa tensión quedó reflejada de manera particularmente explícita en L’avvelenata (La envenenada), incluida en el álbum Via Paolo Fabbri 43, publicado en 1976 y cuyo título remitía a la dirección de su vivienda en el barrio boloñés de Cirenaica. La canción nació como una invectiva contra la crítica musical, y particularmente como respuesta al crítico Riccardo Bertoncelli, que había cuestionado su anterior trabajo, pero terminó extendiéndose hacia las contradicciones de la industria discográfica y el escrutinio ideológico al que estaba sometido como autor identificado con la canción política.
La composición acabaría convirtiéndose en una de las canciones más representativas de Guccini y en un buen ejemplo de una escritura donde podían convivir ironía, enfado, reflexión y poesía sin necesidad de ajustarse a la imagen pública que otros habían construido alrededor del cantautor.
Su relación con Bolonia fue igualmente determinante. Guccini se había trasladado allí con su familia cuando tenía veinte años y la ciudad se convirtió tanto en espacio vital como en escenario recurrente de sus canciones. Desde la propia Via Paolo Fabbri 43 hasta Farewell (Despedida), Bolonia aparece de distintas maneras dentro de una obra inseparable de los lugares habitados por su autor.
Dos años después de Via Paolo Fabbri 43 llegó Amerigo, publicado en 1978. Entre sus canciones se encontraba Eskimo (Esquimal), una mirada hacia la experiencia política y generacional de los años anteriores, las movilizaciones, las expectativas y el posterior desencanto de una época que Guccini había vivido desde una posición privilegiada como observador y protagonista cultural.
Su repertorio, sin embargo, nunca quedó limitado a la canción política. Paralelamente a las composiciones de contenido histórico y social, escribió numerosas canciones sobre el amor, las relaciones personales, la pérdida y el paso del tiempo. Incontro (Encuentro), Autogrill, Vedi cara (Mira, querida) o Vorrei (Quisiera) muestran otra vertiente de una escritura caracterizada por la atención a los detalles cotidianos y por una constante relación con la tradición literaria.
La literatura constituyó, de hecho, otro de los territorios centrales de Guccini. Las referencias a los clásicos y su reelaboración desde una perspectiva contemporánea aparecieron repetidamente en sus canciones, mientras que su actividad como escritor fue adquiriendo progresivamente mayor importancia.
Ya en 1969 había colaborado con su amigo Bonvi en Storie dello spazio profondo (Historias del espacio profundo), una antología de relatos de ciencia ficción en formato de historieta. A partir de finales de los años ochenta amplió considerablemente su actividad literaria con ensayos y novelas, interesándose, entre otras materias, por los dialectos y por la narrativa policíaca.
En esta última vertiente fue especialmente significativa su colaboración con el escritor y amigo Loriano Macchiavelli, junto a quien publicó diversas novelas de género negro que tuvieron continuidad durante los últimos años de su vida.
Mientras desarrollaba esa actividad literaria, Guccini mantuvo durante décadas una intensa presencia sobre los escenarios. Sus conciertos adquirieron una personalidad propia, en buena medida por la relación que establecía con el público y por sus extensas intervenciones habladas entre canción y canción. Junto a colaboradores históricos como el teclista Vince Tempera y el guitarrista Juan Carlos "Flaco" Biondini, desarrolló una larga actividad en directo que llevó su repertorio a grandes recintos y consolidó una relación particularmente estrecha con sus seguidores.
Desde comienzos de los años 2000 vivía en Pavana, una pequeña localidad de los Apeninos tosco-emilianos profundamente vinculada a sus recuerdos infantiles y a su posterior producción musical y literaria. Allí recibió también a numerosos seguidores que acudían para conocerlo y conversar con él.
En 2012, después de publicar L’ultima Thule (La última Thule), Guccini anunció su retirada de los escenarios. Aquella decisión significó el final de una actividad en directo que había acompañado prácticamente toda su carrera, aunque no supuso su desaparición de la creación artística.
Una década después regresó al estudio para grabar Canzoni da intorto (Canciones para cantar juntos), publicado en 2022, al que siguió un año más tarde Canzoni da osteria (Canciones de taberna). Para entonces, su actividad se encontraba especialmente orientada hacia la literatura, aunque la música continuaba formando parte de sus proyectos.
La muerte de Francesco Guccini cierra una trayectoria que recorrió la memoria de la guerra y el antifascismo, las luchas obreras, el movimiento estudiantil, el desencanto político, la literatura, las historias sentimentales y los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana, y que convirtió a su autor en una de las figuras centrales de la canción de autor italiana surgida en la segunda mitad del siglo XX.
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