Antes que escritor de canciones inmortales en Leonard Cohen habitó el anhelo de ser simplemente escritor, como demuestran una abundante obra poética y dos joyas de la narrativa recién reeditadas que, ante el primer aniversario de su muerte, recuerdan cuán imperecederamente viva resulta también su prosa.
Considerada la puerta de entrada del posmodernismo literario en Canadá, es este un relato complejo y poco complaciente, en gran parte por su intrincada historia sobre el triángulo pasional que nace entre un matrimonio y un parlamentario de las filas separatistas de Quebec a partir de su fascinación compartida por una india nativa del siglo XVII que, para más inri, acabó santificada.
Las plataformas digitales democratizaron el acceso a la música y multiplicaron las posibilidades de publicación para miles de artistas. Sin embargo, dos décadas después de su irrupción, el mercado parece avanzar hacia una dirección inesperada: los éxitos son cada vez más locales, los algoritmos refuerzan las fronteras culturales y, salvo los artistas mainstream, resulta cada vez más difícil descubrir en nuestros escenarios a músicos procedentes de otros países, especialmente cuando deben cruzar un océano.
El trovador cubano Silvio Rodríguez abrió el 1 de septiembre en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona su nueva gira por el Estado español con un concierto de 22 canciones que fue creciendo paulatinamente hasta desembocar en una sucesión final de clásicos. A punto de cumplir 80 años, Rodríguez mostró una voz sólida, mantuvo la habitual sobriedad de sus conciertos, dejando que fueran las canciones y la poesía las que expresaran aquello que apenas necesitó explicar con palabras.

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