El Blues

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Una luz macilenta abomina las aguas
y destruye los ojos de aquel que miró.
No se anda con chiquitas, yo salgo por patas…
No vaya a ser que me pille en plena erección.

Y de pie ante el silencio, descubro mis armas,
se parte de risa: ja, ja!

Por favor, te suplico, no me arranques las alas.
Defenestra, si quieres, el olor de ese altar.
Es más fácil servir la siguiente botella
que aquel vaso volcado por necesidad.

Y, de pie ante el silencio, descubro mis armas,
se parte de risa la zorra sin bragas.
Y mi voz de madera irrumpe en su entraña
pensando que fue lo que no es.

He cargado el zurrón, dentro de mi cabeza,
con palabras de miedo y un sol de cartón
que he deshecho de nuevo en la sopa de pena
que compartía tu aroma y el mío, y ya no,
ya no caben recuerdos dentro de una botella
ni preguntas a ciegas desde tu balcón,
y una ristra de leños contra mi conciencia,
y un puñetazo en el pecho con todo tu amor.
Cada vez que te esfumes con carita de niña
que no ha roto ni un plato ni un corazón,
te diré que, hermosa, no hay razón en mis venas
ni oscuridad en el cielo que no tiña mi voz
con salitre de viento dentro de una colmena
y con negra simiente; que me importa un cojón
que te marches alegre como una condena,
sempiterna en mi mente y en tu sinrazón.

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