Los espíritus de Comala

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Vine a Comala porque mi madre me mandó
que buscara a mi padre, llamado Pedro Páramo,
que habitaba una casa detrás de las colinas.
Juré venir a verlo no bien la sepultáramos.
Una vez sepultada me dirigí a Comala,
puerto muerto repleto de plácidos difuntos,
vagando por podridas veredas con jocundia
y entrando a bares muertos para trincarla juntos.

Nunca he visto en mi vida difuntos tan borrachos,
pero me integré pronto al tosco regocijo,
hasta que a un bebedor le pregunté si acaso
conoció a Pedro Páramo y aclaró que era su hijo.

“Así es que soy tu hermano y me llaman Abundio”,
agregó sin rencores y ningún embarazo,
“pero no se te ocurra buscarlo porque puede
echarte de este mundo con un mero balazo”.
“Pero yo ya estoy muerto, hermano Abundio”, dije,
“¡Y no puede seguirme matando ese canalla
que abandonó a mi madre con apenas trece años
sin su vestido oscuro y ninguna vitualla!”.
“Así lo hizo con todos”, dijo serenamente,
secándose la frente con un paño embebido.
“¿Y quién es este padre que mata a sus retoños?”.
“Un hombre maltratado que vive un rencor vivo”.

Como vio que sudaba con un sudor brillante
me dijo que Comala era más que el infierno,
porque algunos que habían bajado hasta la fragua
volvieron a buscar sus frazadas de invierno.
“Mejor vete de vuelta, como se volvió Rulfo”.
Yo le dije que Rulfo se había jugado la mala,
y aunque él no me creía, le demostré con creces
que Rulfo había muerto bajo el sol de Comala.


Autor(es): Patricio Manns, Horacio Salinas

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