Flores en la tumba de un vasquito [o Flores en su entierro]

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Excepto las de la imaginación
había perdido todas las batallas.
Un tarde de lluvia nos contó,
vencido, que tiraba la toalla
y nadie lo creyó.

Pero, esta vez, no iba de farol;
al día siguiente consiguió una cuerda
y, en lugar de rezar una oración,
mandó el mundo a la mierda
y del árbol más alto se colgó.

Debía quince meses de alquiler,
dejó en herencia un verso de Neruda,
un tazón con barquitos de papel
flotando en el café
y una guitarra clásica y viuda.

Lo poco que tenía lo invirtió
en un hueso de lujo para el perro
y en pagar al contado la mayor
corona que encontró...
para que hubiera flores en su entierro.


Veinte años atrás lo conocí
en Londres, conspirando contra Franco.
Era el rey del aceite de hachís
y le excitaba más robar un banco
que el mayo de París.

Por Corrientes lo vi la última vez
con su aire melancólico y marchito;
al mirar el menú de un cabaret
"¡Comida, mi plato favorito!"
gritó por ofender.

Ayer hizo dos meses que se fue
al barrio que hay detrás de las estrellas,
la muerte, que es celosa y es mujer,
se encaprichó con él
y lo llevó a dormir siempre con ella.


Autor(es): Joaquín Sabina, Pancho Varona, Antonio García de Diego

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