De ella fueron los lamentos

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De ella fueron los lamentos
que en mi soledá escuché:
en cuanto al punto llegué,
quedé enterado de todo:
al mirarla de aquel modo
ni un instante tutubié.

de ella fueron los lamentos
que en mi soledá escuché:

Alzó los ojos al cielo
en sus lágrimas bañada;
tenía las manos atadas;
su tormento estaba claro;
y me clavó una mirada
como pidiéndome amparo

Yo no sé lo que pasó
en mi pecho en ese instante;
estaba el indio arrogante
con una cara feroz:
para entendernos los dos
la mirada fué bastante.

Yo no sé lo que pasó
en mi pecho en ese instante

El peligro en que me hallaba
al momento conocí;
nos mantuvimos ansí,
me miraba y lo miraba:
yo al indio le desconfiaba,
y él me desconfiaba a mí

Aquel duelo en el desierto
nunca jamás se me olvida;
iba jugando la vida
con tan terrible enemigo,
teniendo allí de testigo
a una mujer afligida.

Aquel duelo en el desierto
nunca jamás se me olvida

Esa infeliz tan llorosa,
viendo el peligro se anima;
como una flecha se arrima
y olvidando su aflición,
le pegó al indio un tirón
que me lo sacó de encima

Me persiné dando gracias
de haber salvado la vida;
aquella pobre afligida,
de rodillas en el suelo,
alzó sus ojos al cielo
sollozando dolorida.

Me persiné dando gracias
de haber salvado la vida

Me hinqué también a su lado
a dar gracias a mi Santo;
en su dolor y quebranto
ella, a la madre de Dios,
le pide en su triste llanto
que nos ampare a los dos

¡Bendito, Dios poderoso,
quien te puede comprender!
Cuando a una débil mujer
le diste en esa ocación
la juerza que en un varón
tal vez no pudiera haber

¡Bendito, Dios poderoso,
quien te puede comprender

quien te puede comprender

¡Bendito, Dios poderoso


Autor(es): José Hernandez, Cuti, Roberto Carabajal

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