Réquiem para un niño lustrador

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Llegaste un día cualquiera
a mi pequeño mundo.
Así, sencillamente como llega el amor.
En una mano un viejo juguete regalado
en la otra, un cajón de lustrador.

Asomaste tu risa por la puerta entreabierta,
y fue como si entrara un rayito de sol,
y todos te quisimos desde el primer momento
porque eras el verdugo de nuestro mal humor.

Tu caricia redonda, tus ojitos traviesos,
tus manos siempre sucias con pomada marrón,
tu gorrito de lana, tu saco exagerado,
eran más que un poema, eran una canción.

Tenías once años y nunca habías jugado
y ya desde pequeño eras trabajador.

Mirabas con tus ojos cargados de tristeza
la dicha que la trade al niño le negó.
Saliste a los inviernos para ganar la vida
y el frío de la muerte ganó tu corazón.

Duerme gorrioncito en los brazos de Dios
con tus cepillitos, niño lustrador.


Autor(es): Miguel A. Morelli

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