Cabeza de indio

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Era una noche de pálida luna
cuando el silencio abrió su broche,
y suave y tímida, como quejándose,
la brisa trájome canción de amores.
Mágico hechizo brotó tiernamente,
poblando el aire de sinsabores,
era una niña la que cantaba
esta humilde trova con ardor:

Yo quise a un hombre frenética y loca mi pasión,
con fuerza ardiente y encendida como un sol,
que llenó mi cálido pecho
con el encanto de su amor.
Porque me sedujo su valor terrible
y con su gesto fiero de caudillo,
hoy lo lloro a Cabeza de indio,
el bien amado que no veré más.

Fiera Cabeza de indio que se fue
para siempre quedé triste y sola,
ya no miro sus ojos con placer,
que encendieron mi pasión.
¡Indio! Cabeza de indio, ¡fiera!
Mi alma siempre te espera
junto a cada amanecer.
Nada alegra mi tormento
y juguete soy del viento
terrible de mi querer.

Nunca la herida que sangra en mi pecho
en el reposo podrá cegarse.
Es su recuerdo fiel, triste y amarga hiel
que eternamente y cruel ha de grabarse.
Era una noche de pálida luna
cuando el silencio rompió su broche,
y, tristemente, cantó una niña
con acento suave tu dolor.


Autor(es): Juan Carlos Fernández Díaz, Armando La Valle

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