Aquel conventiyo

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Conventiyo, “la gallega”
vaya si está en mi recuerdo,
un cafiolo nada lerdo
se chamuyaba a la ciega.
Le choriaba la menega
con astucia, sin piedad
y así con comodidad
iba pasando sus días
oriyando fulerías
minga, generosidad.

Una paica bien diquera,
servicial, fue la rusita
que a la calle pobrecita
se entregó un día cualquiera.
A veces en la catrera
mirando el techo pensaba
en su mama, en un jotraba
que le cambiara la vida
pa empilcharse a la medida
de una finoli garaba.

Estaba la fabriquera,
musa del vate Alcaraz
por ella descansa en paz
el ñato Zenón Cabrera.
Fue a parar a la leonera
sin agayas p’al sufrir,
la sabiola sentía hervir
carburando una traición,
(lo visitaba un buchón
corneta para engrupir).

También Lucio el milonguero
habitó aquel conventiyo
y a su piso de ladriyo
lo gastó su andar ligero.
Con su porte arrabalero
y berretín de bacán
hacía posta en el zaguán
mientras que la gilería
le junaba la baquía
en los pasos del gotán.

Un tano con su acordeón
con rango de “conchertista”
batía que era un artista
con carpeta en el Colón.
Nunca faltaba un gavión
que le hacía humo la “nena”,
el se lastraba la pena
con su libreto de otario
en tanto sin comentario,
forfáit cerraba la escena.


Autor(es): Norma Montenegro, Jorge Dragone

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