Alta clase

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Jarroncito azul de Sevres,
mueblecito Chippendale,
colgajero de claveles
en tus muros señoriales,
tacita bruñida en plata
que en Florida se exhibió
con un tapado de Alaska
y un sombrerito punzó.

Siluetita de porteña
delgadita y contorneada,
como la eterna sonrisa
de tu carita afelpada.
La que empuñas el volante
de un gran coche americano
y asistes al te danzante
por las tardes de verano.

Escuchá perlita fina,
de abolengo y noble rango,
como en honor de tu alcurnia
lloran las notas de un tango.
De ese tango arrabalero
que un linaje excomulgó
¡sin comprender la tristeza
del dolor que lo engendró!

De ese tango, ¡que una tarde!
En tu piano se moría,
cuando dos blancas magnolias,
que son tus manos, ¡lo herían!
Blancas manos ¡que quién sabe!
Por qué príncipe soñado
¡imprimen un pensamiento
sobre el marfil del teclado!


Autor(es): Eduardo Escaris Méndez, Rafael Giovinazzi

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