El súper chino

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La abandonó su marido
un domingo antes de misa,
como quien deja a un costado
el bordecito ‘e la pizza.
Después de llorar un rato
se fue hasta el súper del chino,
se sintió menos deseada
que un mate lavado y frío.

Entre las góndolas iba
sin rumbo, sola, y penando,
más perdida que una anchoa
en una ensalada waldorf.
Cuando la miró Hao Lee
desde un banquito sentado
mirando como quien mira
la frutilla del helado.

Se le arrimó y susurrando
le dijo «Hola pleciosa»,
y ahí fue que el carro del súper
se le convirtió en carroza,
y ahí nomás sin perder tiempo
fueron marido y mujer
nunca discuten si apenas
logran hacerse entender.

Él se sienta en la vereda
mira pasar a la gente,
luciendo ojotas con medias
él trabaja de gerente.
Ella atiende sin parar
doce horas en la caja,
si le cierran bien las cuentas
a la noche no la raja.

Pero ella está agradecida
porque encontró otro marido
no tuvo que hacer gran cosa,
nomás fue al súper del chino.
Y siente que tiene al fin
el futuro asegurado
porque es la primera dama
de Hao Lee supermercado.


Autor(es): Verónica Bellini

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