Luz blanca

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Como muy pocos domingos,
fui a la casa de mis viejos,
era tan escaso el tiempo
que les solía dedicar.
La perpetua en la oficina,
las milongas, la fatiga,
siempre había alguna excusa
para no poder pasar…

Y pensar que de purrete,
me acunaron con su afecto
y a través de sumo esfuerzo
me ayudaron a estudiar.
¡Cuántas cosas que se pierden
a lo largo del camino!
Y al final, en el inicio,
suele estar lo que buscás.

Tras el crujido de la reja,
me extrañó mi fiel amigo,
que chumbaba enloquecido
en la pieza principal.
Al correr tras de su encuentro,
me topé con mi viejita,
que vencida, me decía,
junto al cuerpo de papá…

«Figlio!... ¡El viejo se ha dormido!
¡Su corazón se ha detenido! ¡No puede respirar!
¡Con su partida, también se va mi vida!
¡Él era mi alegría! ¡No puedo continuar!»

«Mamma!... ¡Abráceme bien fuerte!
¡No piense que la muerte es el final!
¡Mire! ¡A su lado, se enciende una luz blanca!
¡Seguro que es su alma, que nos viene a cuidar!»

¡Dentro del cuarto se encendió una luz blanca!
¡No hay dudas que era su alma, pues no cesa de brillar!


Autor(es): Javier Leone