A mi hijo

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Hubiera querido estar siempre cerca,
en todo momento brindarte calor,
pasarte la posta de aquello vivido,
todo lo aprendido dejártelo a vos.

Hubiera querido brindártelo todo
—luché por que vieras un mundo mejor—,
hubiera querido que no tengas penas,
que solo supieras de risa y fulgor.

Que siempre tengas nido.
Que no te falte el cielo.
Un nido de ternura.
Un cielo de ilusión.
Y que tus frutos lleguen
para brindarte abrigo
—aquel que cubre el alma
cuando se pone el sol—.
Que siempre tengas dicha,
amigos muy sinceros,
y un hada compañera
que te regale amor.
Que toda tu nobleza
reciba igual nobleza.
Que siempre tu entereza
contagie igual valor.

Busqué —cuanto pude—, querido hijo mío,
abrirte al prodigio de la libertad,
sembrar el sendero de las ilusiones,
hacer la fortuna de la dignidad.

Y cuando me vaya, muy lejos del Tiempo,
y sean recuerdo mi sombra y mi voz,
ojalá palpiten en tu sentimiento
mi tango y las huellas de mi corazón.


Autor(es): Ernesto Pierro, Emilio De La Peña