Madrugada

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La madrugada que diste aquella cita
para alejarte para siempre de tu hogar
enferma estaba tu mamita
en la sala de un hospital.
Bella mañana con un sol resplandeciente
te ha sorprendido aquel día que te fuiste
y te lanzaste a la vida...
vida de lujo y de placer...

Tú, compasión de ella, no has tenido
sabiendo lo que por ti ha sufrido;
y por un mundo de fausto y de quimera
llegaste a ser ramera,
que el lujo encegueció.
Pero en tu vida bacana, empedernida,
llevas la roja herida
que no cicatrizó...
Hoy te emborrachas para olvidar
la pena enorme de tu desgracia
pero es en vano que compres la alegría
pues es la flor de un día,
que al otro ha de morir
tu madrecita recuerda desde el cielo,
y aún le queda el consuelo
de verte resurgir.

Cuando las luces de la clara madrugada
te han sorprendido al salir del cabaret
de tus pupilas agrietadas
dos lágrimas han de caer...
Y recordando lo grande de tu pecado
la roja herida ya comenzará a sangrar,
y el llanto como un lenitivo
poco a poco la cerrará...


Autor(es): José Domingo Aiello, Carmelo Aiello

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