En gayola y sin bailar

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Él era un maestro barajando el mazo,
café y escolazo Riachuelo al sur,
la foto que un día firmó Virulazo
colgaba en su zapie con rante glamur.
Ella era una noble muchacha de Olivos,
nunca un colectivo, siempre con chofer,
pero eran de ver sus talones altivos
en el lujo grácil de su padedé.

Y fue escuchando un tango que trenzaron sus vidas,
él la fichó enseguida para ofrecerle el brazo
y ella que era bacana y un poco presumida
se quedó para siempre rendida en el abrazo.
Con un disco de Troilo se entraron a querer
y los dos fueron uno bailando sin ayer.

Ella nunca pudo comprender del todo
el whisky barato a la hora del té,
pero igual se puso con él codo a codo
a planear la timba de la matiné.
Caían chorlitos de los cuatro rumbos,
tahúres de mundo y otarios con fe,
y a todos igual, sin ganzúa ni chumbo
les iban piantando los mangos de a cien.

El caserón paterno se convirtió en garito
¡pucha si fue bonito mientras duró el festín!
Pero lo que era broma resultó ser delito
y vieron sus escrachos en tapa de Clarín.
Algún día la vida los volverá a juntar,
ahora en la gayola no hay pista pa’ bailar.


Autor(es): Hernán Genovese

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