Los arrieros

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Se van los arrieros llevando una tropa,
un criollo galopa en brioso corcel.
La brava torada que se arremolina
camina... camina hasta anochecer.
El viento, que corta como una cuchilla
el rostro acribilla con su frío cruel,
pero, a los arrieros no los aniquila
y atentos vigilan el amanecer.

El criollo más joven que arrea la hacienda,
pensando en la prenda que lo ha de esperar,
se pasa las noches contando las horas
y ve en cada aurora su dicha llegar.
Su china es la moza más linda del pago;
la luz de sus ojos lo hicieron marear.
Y fue bajo un ceibo cubierto de flores
donde sus amores le fuera a implorar.

Pero la que él quiere no sabe que un día
de celo ardía, por ella, un rival,
ni sabe que bajo de un sauce tupido
juraba el caído su amor respetar.
El mozo vencido guardando el cuchillo
montó en su tordillo y al tranco se fue
mirando hacia el rancho donde ella habitaba
porque allí dejaba muerto su querer.

Pensando esas cosas lo sorprende el día
y en su fantasía sueña un rancho ver
y que en la ventana llena de glicinas
se asoma la china mirándolo a él.
Comienza la marcha... se escuchan los gritos
que hasta lo infinito parecen llegar.
Y el mozo en su zaino se juega la vida
como en la partida se supo ganar.


Autor(es): Eugenio Cárdenas, Agustín Magaldi

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