No hables mal de las mujeres

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No hables mal de las mujeres, que hasta tiembla Dios que escucha,
porque él sabe que tú caes en fatal murmuración;
no hables mal de las mujeres que sin ellas en la lucha
de la vida flaquearía sin cesar el corazón;
no hables mal de las mujeres que retemplan nuestros pechos
con caricias y ternuras y con magia celestial
y la vida nos adornan cual finísimos helechos;
no hables mal de las mujeres que no saben hacer mal.

No hables mal de las mujeres que su savia nos brindaron
y nos dieron de sus ansias lo más puro y lo sin par,
y por darnos la vida con la muerte se enfrentaron,
con la muerte que a sus almas ni siquiera hizo temblar.
No hables mal de las mujeres aunque el odio te taladre,
aunque rabies de despecho y te muerdas de rencor,
que una de ellas te dio vida y una de ellas fue tu madre
y una de ellas te hizo un hombre con trabajo y con amor.

Ellas aman porque saben que en amar está la vida,
ellas aman porque cumplen su misión de humanidad,
porque sueñan, porque sienten su alma noble enternecida;
pero sueñan, sienten y aman con suprema idealdad.
Son confiadas, pero el hombre las arranca de su plinto,
y en lugar de ser su guía, su guardián y su instructor,
les promete el sol eterno de un amor que nace extinto
porque es sólo simulacro de galán conquistador.


Autor(es): Antonio Nápoli, Alberto Margal