El rosal de los cerros

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Viene amagando la noche,
trayendo enancada el agua
castiga el viento los montes,
quebrando sus verdes ramas
se alborotan las haciendas,
buscan guarida las aves
y en la costa 'e los arroyos
se despeinan los sauzales.

Al tranco corto de un zaino
llegó el ausente a las casas
traiba frío hasta en los huesos,
pero calor en el alma.
Abrió la puerta extrañao,
notando un silencio santo
y junto a un candil que humeaba
vio la traición dentro 'el rancho.

(recitado)
Se le aflojaron las piernas
al ver tamaña desgracia,
se le extravió la mirada,
se le añudó la garganta.
Trago saliva pa'dentro,
sintió calor en la cara
y mascando su dolor,
dijo el criollo estas palabras.
"A usté debiera matarlo,
pa'que soltase el veneno,
pero al filo de mi daga
no ha de mellarlo un rastrero".
Mas luego mirando a su hembra:
"No temblés, no seas cobarde
que no es a vos a quien busco,
sino al hijo de mi sangre".

Saco el cachorro 'e la cuna,
lo apretó contra su pecho
y envolviéndolo en su poncho,
salió con tranco resuelto.
Acomodó al inocente
en la cruz del zaino viejo
y en la noche tormentosa,
enderezó pa' los cerros.

Un relámpago siniestro
cruzó por lo alto de un pico,
y se vido al pobre gaucho,
besando en la frente al hijo,
tapó con su poncho pampa
los ojos del zaino viejo
y cerrándole las piernas,
le puso a la muerte el pecho.

(Recitado)
Y en el lugar que cayeron,
comenta la gente 'el cerro,
que ha florecido un rosal
que va cubriendo unos huesos.


Autor(es): José De Cicco, Eduardo Bonessi

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