Garufa en Villa Lugano

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Mañana, sí que va a haber
una garufa cantora
que la parda Nicanora
según me ha dado a entender.
Parece que se va a hacer
por ahí, por Villa Lugano,
en la casa de ese tano,
que no es nada, nada gil,
que se las da de albañil
y pa´ mí que anda de afano.

Pero, en fin, a qué acusar,
hay que hacer correr la bola,
no es de garabito piola
batir lo que hay que buchar.
Y entremos a chamuyar
solamente de la fiesta,
El Zurdo lleva una orquesta
con su cantor nacional,
sino me engrupió Pascual,
el bailarín de Floresta.

La cosa se hace en honor
de una grela candombera,
que nació pa´ ser diquera
y pa´ llamar la atención.
Dama de reputación
un poquitito dudosa,
y como es muy buena moza
y cumple cuarenta y dos,
se hace lo que manda Dios
una rrafa espamentosa.

Lo que allí va a aparecer
casi todo pesa un kilo,
no entra ninguno de filo
ya se encargan se saber
quién es el que va a caer
la performance que tiene,
porque es justo y no conviene
que se entrevere un cartón
y le encajen un piñón,
sin saber de donde viene.

De Flores sale un camión,
a diez mango por zabeca,
pa´ que tengan los del feca
medio de locomoción.
Lo maneja Napeleón,
un muchacho de la barra,
que en Directorio y Lacarra
a Barragán le tiró
un pim-pum que le sacó
limpio el naso a un tal Pizarra.

Falta arreglar la sección,
la gente a veces se aburre,
por si a un coso le ocurre
arruinar la diversión.
Nunca falta un buen varón
que ronque y que pegue fuerte,
que se manque alguna muerte,
merengue que hay que evitar.
Ya que vamo´ a milonguear,
que nos ayude la suerte.


Autor(es): Enrique Dizeo, José Canet