Felisa Tolosa

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Gambeteaba la pena en sus ojos
y en su cara color tierra siena,
las miradas de angustia, cruzaban
jineteando detrás de la pena.
Se llamaba Felisa Tolosa
y era guacha, con nombre prestado;
el Felisa, lo había pedido
y el Tolosa, lo había inventado.

Nunca tuvo ni donde morirse,
nunca supo lo que era alegría,
y llorando la vieron mil veces
los caminos de la serranía.
Nunca pudo besar una mano
paternal, que le hiciera un halago,
y sus hondos pesares sabían
los gorriones y perros del pago.

Hasta un día que vino un resero,
de bombacha y pañuelo floreado
y un suspiro de fuego en la oreja,
le dejó, como un aro, colgado.
Se encontraron de frente a la luna...
¡de suspiros volaron bandadas!...
Y domaron sus bocas a besos,
esa noche dos almas trenzadas.

El resero largó a la Tolosa
y ninguno su nombre ha sabido...
El resero se fue para siempre
y enancado llevaba el olvido.
Y hoy, Felisa Tolosa, no espera
en sus pilchas sonriente dormita,
y a su lado, prendida del pecho,
tironeando se ve una guachita.


Autor(es): Luis César Amadori, Raúl de los Hoyos

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