Al final de la tormenta

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Ha llovido en las noches y los días
como llueven los ángeles eternos,
en las calles heladas y en los parques,
en los patios del alma y los desiertos.

La ciudad se nos fue volviendo blanda
bajo el agua irredenta de la furia,
no hubo mares más altos que esa lluvia
ni tristeza más íntima y brutal.

Pero un día el tiempo se detuvo
y una paz llorada y frágil
descendió por los jardines
como un viento tibio entre los dedos.

El sol desanudó las horas rotas;
el árbol se miró sus ramas muertas;
y un pájaro desnudo de milagros
tejió su nuevo arpegio en el silencio.

Al final de la tormenta...
había que empezar todo de nuevo.

En las calles ahora se perciben
los latidos que asoman a la vida,
los cadáveres brunos de las flores
y una foto del tiempo, malherida.

Me detengo un instante en el naufragio,
en las cien soledades de este invierno,
y en sus ojos rebeldes y serenos
que han llorado y que tiemblan, pero están.


Autor(es): Raimundo Rosales, Tato Finocchi