Metejón en Buenos Aires

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Tres meses de esperar el mismo bondi
con tal de tropezarse con el quía;
recién al distinguirlo entre el pasaje
se acomodaba el pelo y ascendía.

Cargando con su caja de ilusiones
al mango de baratas golosinas
y sin sacar boleto, elevó el tono,
mientras lo relojeaban sus retinas.

Igual que tantas veces otras tardes,
acomodó en las gambas del careta
dos chocolates negros y uno blanco
que el pibe percibió con una mueca.

Pero esta vez no fue como las otras
y al recoger el vento, muy zafada,
rozó temblando el lompa cajetilla
con manos de simpleza dibujadas.

¡Qué fuerte metejón que te cachaste
lanzado corazón de buscavidas!
De tanto pilotear en la malaria
estás perdiendo todas las partidas.

Por eso, sos capaz de regalarle
al cheto la más cálida sonrisa
y de plantar tu estampa perdedora
para que se la espiante alguna brisa.

Después —como era obvio en esta historia—
de alzar con el rebusque cotidiano,
con jeta de chabona enamorada
aterrizaste en Córdoba y Medrano.


Autor(es): Marta Pizzo, Quique Rassetto