Rosa de sangre

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Con una loca bacanal lo despiden
de aquella vida tan feliz de soltero,
y sólo él, no goza y cuando ríe
sus muecas dicen que está sufriendo.
De pronto avanza en el salón sollozando,
la muchachita que es el sol de su vida
y ruega así, lo mismo que rezando:
“Por Dios, querido, no me dejés”.

Tragando hiel la estrechó,
y así le dijo con honda emoción:

Un día juré a mi madre
conducir ante un altar
a la novia buena y fiel
que me quiere de verdad
y en tus brazos me olvidé...
No puedo, si soy buen hijo,
a mi madre traicionar;
¡Yo respeto su vejez,
y aunque no te he de olvidar
mi promesa cumpliré!...

“Adiós querido, contestó resignada,
que siempre seas muy feliz en tu nido!...”
Pero al salir, lo mismo que borracha,
rodó en la alfombra lanzando un grito.
Y todos vieron con dolor que una herida
manchaba el pecho juvenil palpitante
y aquel manchón de sangre, ¡parecía
la rosa roja de su pasión!

Tragando hiel la estrechó,
y así le dijo con honda emoción:

Un día juré a mi madre
conducir ante un altar
a la novia buena y fiel
que me quiere de verdad
y en tus brazos me olvidé...
¡Presiento que por tu muerte
nunca más seré feliz,
y sangrante de dolor
al destino he de pedir
que me lleve junto a vos!...


Autor(es): Jesús Fernández Blanco, Andrés Domenech