Ciudadela

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Será porque me acuné
en tus pañalitos de humo,
que si te dejo me nublo
y sólo pienso en volver,
treparme al alba y beber
tu corazón de tumulto.

Con la voz de tus aljibes
mimé a mi novia de pibe,
¡ay, ciudad!

Siempre vuelvo a la niñez
en tus tranvías difuntos,
pa’ consultar a los turbios
apóstoles del café,
que allí tu verdad saqué
de las mentiras del truco.

Soy la ropa que tanguea
tendida en tus azoteas.

Por vos, sé lo que es dejarse
las orejas en los bancos
de tus plazas y tus bares
y correr desorejado
sintiendo tus impiedades
en la pleamar del asfalto.
Y si soy triste, ay, ciudad,
yo soy como vos me hiciste,
yo soy como vos me hiciste.

Te canto porque en mi voz
aún gira tu calesita
que me presta una yegüita
de madera, y busco a Dios
como un santo que perdió
su satitidá en las esquinas.

Y escuchando a tus baldíos
yo pude entender los míos,
¡ay, ciudad!

Por tu aire payador,
piloteando mis zapatos,
derramé mi verso alzado
sobre tus pechos de sol
y vos me hiciste el amor
en tu hondo lecho de barro.

De tus chimeneas oscuras
aprendí a morir de altura.

Cuando acabe de morirme
sé que estarán mis compinches
velándome en tus cornisas,
que al finar llevarme quiero
tu crepúsculo en mis huesos,
chiflao de melancolía.

Y si soy triste, ay, ciudad,
yo soy como vos me hiciste,
yo soy como vos me hiciste.


Autor(es): Horacio Ferrer, Jairo