Milonga por Celedonio

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Sonaba el tango broncamente quejumbroso,
con aletazos de gorrión, su canto oscuro.
Y de los pìés subió a los labios al conjuro
de sus troveros, sus poetas, su zorzal.

Por Villa Crespo madrugaba en musa rante,
un verso limpio, retobado y sin alardes,
que se largaba para el Centro tras la tarde,
con todo el dique que empinaba el arrabal.

Fiel musa de Celedonio,
que abrió su cielo a sopapos.
Cuando eran guapos los guapos
y el tango entraba a copar.

Ribetes del Maldonado
en su pincel sin posturas.
Charco y nube en su diablura
y sabio como el que más.

Mistonga musa de “Cele”,
que nunca se apagará.

Brotó del barro su malvón, que desangraba
por el rigor que lo mordió desde la cuna.
Eran de abajo su pobreza y su fortuna,
como era de alta la verdad de su pasión.

Volcó fragancias de zanjón su tango altivo,
sobre el crepúsculo de un tiempo que se iba.
Y tras el vuelo que aprendió mirando arriba,
viajó su estrella con plumaje de gorrión.


Autor(es): Héctor Negro, Osvaldo Avena