Carne de presidio

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Oprimido por la pena
que el dolor de largos años
y los crueles desengaños
dejan sobre un alma buena
y ligado a la cadena
de una ruda enfermedad
la tétrica oscuridad
del presidio, abandonaba
quien poco o nada esperaba
de la torpe humanidad.

Diez años había vivido
en aquel lóbrego encierro,
donde lo mismo que un perro
cae el hombre en el olvido.
Y después de haber sufrido
tan amarga reclusión
no tuvo su corazón
ni el consuelo de encontrar
una mano que estrechar
al salir de la prisión.

Tuvo a una mujer que amó
con la pureza del niño
y en nombre de su cariño
por esa mujer, mató...
La ley... de un juez... lo marcó
diez años por homicida
y en su angustia desmedida
ni un día sintió placer
de ver a aquella mujer
frente a su sepulcro en vida.

Pero... ¡ay!... que felonía
de la que amó sin engaño
era un reflejo ante el daño
del mal que lo consumía.
¿Qué hace; qué honda alegría
podía experimentar
ese hombre al abandonar
la prisión adusta y fría,
si de esa prisión salía
solo, enfermo y sin hogar?


Autor(es): Juan Fulginiti