La milonga

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Cuando en la orquesta los fuelles llorones
con sus vibraciones dan vida a la fiesta.
La muchachada que el patio engalana,
su risa desgrana, de amor inundaba.
Y entre los ruidos parecen las notas
canciones que brotan de amores sentidos.
Pero hay momentos que en celos de amor
los ojos expresan intenso furor,
cuando se empeña un guapo en llevar
a la hermosa dueña de uno que sabe amar.

Y un clamor, de pronto, se levanta
al mirar que dos hombres pelean
con vigor en la lucha cuerpean,
mientras que vivorea el filo del facón.
Los que ven los gestos de guapeza
de esos dos que luchan con bravura,
al mirar tan grande ofuscación
una sombra de amargura cubre al corazón.

Y en la milonga se mueren los sones
de los bandoneones que ya no rezongan
y el patio queda muy triste y sombrío,
como si estuviera bañado de hastío.
Es que la gente sufre un desconsuelo
al ver que un valiente quedará en el suelo.
Y la muchacha que al guapo adoró
maldice al malevo que a su hombre mató
y con ahogado grito de dolor
besa el rostro amado del que fuera su amor.

Yo no sé qué viento de tristeza
se llevó del patio la alegría,
cuando el sol, a lo lejos, moría
y la fiesta perdía su alegre animación.
Sólo sé que la que lo adoraba
sollozó, muriéndose de duelo,
y al llorar su perdida ilusión
le pidió cuentas al cielo para su aflicción.


Autor(es): Eugenio Cárdenas, Rafael Rossi