Penas y alegrías del amor

Mira cómo se me pone
la piel cuando te recuerdo
por la garganta me sube
un río de sangre fresco,
de la herida que atraviesa
de parte a parte mi cuerpo,
tengo clavos en las manos
y cuchillos en los dedos,
y en la sien una corona
hecha de alfileres negros.

Mira cómo se me pone
la piel cada vez que me acuerdo
que soy un hombre casado
y sin embargo te quiero.
Salgo de mi casa al campo
solo con tu pensamiento,
por acariciar a solas
la tela de aquel pañuelo
que se te cayó un domingo
cuando venías del Pueblo
y que no te he dicho nunca,
mi vida, que yo lo tengo
y lo estrujo entre mis manos
lo mismo que un limón nuevo
y miro tus iniciales
y las repito en silencio
para que ni el campo sepa
lo que yo te estoy queriendo.

Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero!.
Mira, pase lo que pase,
aunque se hunda el firmamento,
aunque tu nombre y el mío
lo pisoteen por el suelo,
aunque la tierra se abra
y aún cuando lo sepa el Pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sigue queriéndome así,
tormento de mis tormentos.
Ay, qué alegría y qué pena
quererte como te quiero.

Entre tu casa y mi casa
hay un muro de silencio,
de hortigas y de chumberas,
de cal, de arena, de viento,
de madreselvas oscuras
y de vidrios en acecho.
Un muro para que nunca
lo pueda saltar el Pueblo,
que está rondando la llave
que guarda nuestro secreto.
Y yo sé bien que me quieres
y tú sabes que te quiero
y lo sabemos los dos
y nadie puede saberlo.

Ayer, en la plaza nueva,
-vida no vuelvas a hacerlo-
te ví besar a mi niño,
a mi niño el más pequeño,
y cómo le besarías
ay, Virgen de los Remedios!
que fue la primera vez
que a mí me diste un beso.
Llegué corriendo a mi casa,
alcé a mi niño del suelo
y sin que nadie me viera,
como un ladrón en acecho,
en su cara de amapola
mordió mi boca tu beso.


Autor(es): Rafaél de León, Mario Alvarez Quiroga