Nuestra casa en el árbol
es un viejo piso del Barrio Gótico.
Solamente tú y yo cabemos en él,
Solamente tú y yo tenemos la llave.
Es un reducto de infancia,
nuestro líquido amniótico,
algunas migajas de ternura
en un cajón forrado de paz.
De pequeños, tú y yo soñábamos, cada uno por su lado,
en un refugio de piratas, un escondrijo bien oculto.
Pero una cueva en Barcelona no la encuentra quien lo desea,
ni cabañas en los plátanos del Ensanche, lo siento mucho.
Hoy tienes un compañero, hijos, los embrollos cotidianos.
Yo ¿qué quieres que te diga? Ya lo ves: lo mismo, más o menos.
Y ahora que no somos ya tan jóvenes nos ha parecido que es el momento
de inyectarnos la aventura y encararnos con viento.
Es pequeño, pobre y oscuro, pero en cuanto entramos
y tu preparas café, se convierte en un palacio.
Unos cojines, una mesa, unas sillas, la molicie de un colchón...
El Paraíso no necesita apenas nada para presentarse ante nosotros.
Bueno, puestos a sincerarnos, también hay un ordenador
(poder trabajar en silencio es un placer). Y un radiador,
porque eres tan friolera..., cuatro libros y nada más:
Más allá de la ventana, el desasosiego llena las calles.
Cuando salimos y nos separamos, reencuentras el universo
del cual nunca he participado; yo, mi mundo loco y disperso.
Me dejo arrastrar por las corrientes del azar y, lejos de mi,
sé que ríes, te agitas, luchas, y está bien que sea así.
Estamos con gente que amamos, fuera de la intersección
que nos pertenece, y vamos viviendo con la honda convicción
de que nos tenemos en algún lugar el uno al otro. Y de que, cuando
yo te necesite o tú me busques, ella nos estará esperando,
nuestra casa en el árbol
que es un viejo piso del Barrio Gótico.
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