Me he metido de nuevo en la crepería
que hay en el Torrent de l’Olla, según se baja.
Hace tiempo que no iba, desde aquel día
de verano, con Barcelona llameante.
Un día tan bello, tan claro, tan leve,
que lo aproveché para decirte adiós.
Y no he entrado solo: me acompañaba
una chica muy joven, tiene dieciocho años
y un cuerpo que hace caer la baba,
y un rostro angelical, y el culo pequeño.
Tal vez no tenga tu carisma,
pero cuando la tengo en la cama no pienso en ello
Nos hemos sentado en la mesa donde nos sentábamos tu y yo
y nos ha atendido el mismo camarero barbudo.
Y hemos hablado... No recuerdo qué demonios decíamos
pero nos lo hemos pasado en grande, ¡cómo nos hemos reído!
Ahora bien, así que han traído el primer plato,
he perdido de golpe el apetito.
Delante de mi, no encajaba aquella escena.
¿Qué hacía allí alguien que no eras tú?
Me he sentido infiel, como un auténtico cerdo,
incluso más que en las camas a donde me lleva a veces el azar.
Todo parecía perfecto, inmaculado,
pero había un error en el decorado.
Porque hay espacios que te pertenecen, puñetera,
esquinas donde solamente puedo esperarte a ti,
cafés donde solamente comparto una mesa contigo,
calles donde solamente contigo paseo de la mano.
En los sitios donde has dejado tu marca
no puede crecer otro amor: es proverbial.
Mañana pienso volver a la crepería
pero solo –al menos, aparentemente.
Un viejo recuerdo será la compañía
que me sonreirá instalada en tu silla.
Tu ausencia volverá a hacerme daño
Y el decorado volverá a ser el adecuado.
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