Maestre Jaume Roig nació
probablemente en Valencia
a inicios del siglo
XV. Se sabe con certeza
que murió un sábado,
cuarto día del mes de abril,
en el año mil cuatrocientos setenta
y ocho, en esta ciudad.
Estudió "Medicina
y Artes" en la ciudad de Lleida,
en el Estudio General
y en la Sorbona, París.
Fue célebre como médico,
examinador de médicos
y Consejero de Valencia.
Y ha pasado a la Historia
como autor de la novela
que tituló Espejo,
escrita toda ella en verso.
El Espejo es obra importante,
de evidente misoginia,
más citada que leída,
con más de dieciséis mil versos
de los cuales yo os diré
noventa y siete. Los necesarios
para explicaros una historia
terrible y espeluznante,
sobre un restaurante de París
donde servían carne humana,
según el autor, bien cocinada.
Pero aquel año,
el día primero de enero
un caso extraño
sucedió.
Yo había sido
el mantenedor de la liza
e hice convidar
a cenar
y a pasarlo bien
a todos los que juntos
habíamos justado.
Allí tenían
todo tipo de potajes,
caza
y averío,
pastelería
de gran valor,
la más famosa
de todo París.
En un pastel
de carne desmenuzada y trinchada
fue hallado
un trozo de dedo humano.
Quedó muy turbado
aquel que lo halló
y buscó
si había algo más:
también había
un pedazo de oreja.
Creíamos comer
carne de ternera
antes de hallar
la uña y el trozo de dedo
partido por la mitad.
Todos lo miramos
y arbitramos
que era ciertamente carne humana.
La pastelera,
con dos ayudantes,
hijas ya crecidas,
era hornera
y tabernera.
De los que allí venían
y bebían,
mataban algunos;
trinchaban la carne
y hacían con ella pasteles,
y con las tripas
hacían salchichas
o longanizas,
las más finas del mundo.
La madre y las doncellas
vendían
cuantas tenían,
y no daban abasto;
mataban
algunos terneros:
con su carne
lo cubrían todo,
y lo aderezaban
con salsas finas.
Las falsas mujeres,
en una fosa
honda como un pozo,
metían
los huesos descarnados,
las piernas y las cabezas.
¡Y ya la habían casi llenado,
aquellas mujeres bravas,
crueles y depravadas,
infieles, malvadas
y abominablemente
perversas!
Creo que, ciertamente,
los diablos y el Demonio
las ayudaban
cuando los mataban.
Doy testimonio
de que comí bastante:
nunca había probado
ni carne ni caldo,
ni perdices, gallinas
o francolinas
de un tal sabor,
ternura y dulzura.
Por la mañana,
a las tres
las descuartizaron;
y su posada
fue derribada
y arrasada,
sembraron sal en ella;
y todos los cuerpos
cortados a trozos
(contaron cien)
los enterraron
en lugar sagrado.
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