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La memoria indeleble de Salvador Allende

MEDIOS el 17/01/2010 

Danilo Bartulin, médico y amigo del presidente chileno, se dedica hoy a la rehabilitación de pacientes con lesiones neuronales.

Por Fernando García para La Vanguardia


Danilo Bartulin, en la actualidad, ante un retrato de Salvador Allende.
© Fernando García

Danilo Bartulin aún sueña con aquellas escenas cuando algo o alguien le hacen retornar a las últimas horas que pasó con su amigo y paciente Salvador Allende antes de la muerte del presidente chileno en el Palacio de La Moneda. O a las que también vivió como "la última persona sin uniforme militar" que vio a Víctor Jara, en el camarín que compartió con él en el Estadio de Chile antes del asesinato del poeta y cantante. Hablamos con Bartulin el día en que, 35 años después de la pesadilla, la presidenta Michelle Bachelet inaugura en Santiago un Museo de la Memoria.

 

El diálogo transcurre en La Habana: en el apartamento que aquí tienen Bartulin y su esposa, María José Ortiz, y en el Centro Internacional de Restauración Neurológica (CIREN), al que representan en España. La entidad atiende cada año a mil pacientes cubanos y extranjeros con lesiones en el sistema nervioso. Una dedicación adecuada para un superviviente.

 

Danilo Bartulin despistó a la muerte dos veces en una semana de aquel año infausto: en la mañana del golpe de Pinochet –11 de septiembre de 1973–, y en los siguientes días de cacería, tortura y masivo asesinato de partidarios de Allende y "sospechosos". "Tú has sido mi mejor y más leal amigo. Si quedo herido, pégame un tiro", le dijo Allende a Bartulin antes de que los militares entraran en La Moneda. "Usted es el último que debe morir aquí. Antes moriremos nosotros", le replicó el médico y compañero desde la Universidad hasta el fin. Pero Allende estaba muerto cuando los hombres de Pinochet se llevaron a Bartulin y otros sobrevivientes tras largas horas de bombardeo del ejército traidor.

 

La tarde del día 12, los soldados llevaron al médico al estadio. "Entramos en fila, manos en la nuca. Un mayor de carabineros me señaló como 'el médico del Chicho' (Allende). El comandante del campo, el fascista Manríquez, me puso la pistola en la nuca. 'Te llegó tu hora', me dijo y me apartó del grupo", recuerda Bartulin. Ante la mirada de su mujer, añade: "Me echaron al suelo y me pegaron, sólo un poco". Ya sabemos cómo se las gastaban los militares chilenos; las fotos y relatos sobre la ración que le tocó al doctor lo confirman.

 

Junto a Bartulin apartaron a Víctor Jara. Los dos pasarían juntos casi tres días, en un frío pasillo, en una especie de celda y en unos urinarios. Vieron matar a muchos. Al cantautor lo golpeaban con saña. De madrugada, un teniente ofreció un cigarro al doctor mientras le preguntaba sobre Allende. Jara pidió otro pitillo, pero el milico se lo negó. Bartulin le dio el suyo a la mitad. Los dos hablaron. "Víctor era pesimista".

 

A Bartulin lo sacaron sorpresivamente y lo metieron a un camión para agruparle con cincuenta "elegidos" a los que en principio no iban a matar. Es probable que las persistentes preguntas que le harían sobre la vida de Allende tuvieran mucho que ver. Lo cierto es que el médico de Allende volvió a dejar atrás la muerte, que esta vez se quedó en el estadio para llevarse a Jara y miles más.

 

Tras dos años preso, Bartulin vivió otros diez en México, entabló relaciones profesionales con Cuba; se estableció a caballo entre La Habana y Madrid, y, hace un año, abrió la representación del CIREN en España a través de la empresa Aurora, mano a mano con su esposa.

 

El centro, ubicado en una hermosa villa y toda una calle de casas-apartamento en el barrio residencial de Atabey, se tiene por una de las joyas del sistema cubano de salud. Las 543 personas que en él trabajan, entre médicos y empleados, atienden simultáneamente a un promedio de 75 usuarios –la mitad extranjeros- aquejados de todo tipo de lesiones medulares o del resto del sistema nervioso central.

 

El valor añadido de la institución reside, según el subdirector ejecutivo, Emilio Villa, en la intensidad y carácter personalizado de los planes de rehabilitación que se diseñan caso por caso tras una semana de evaluación. Las sesiones son de siete horas diarias de lunes a viernes, más tres horas y media los sábados, con un neurólogo viendo a cada paciente a diario y dirigiendo el correspondiente equipo multidisciplinar: "Una atención que solo un sistema como el cubano permite", coinciden Villa y Bartulin. Los lesionados foráneos suelen venir aquí cuando, una vez atendidos en un centro de su país, aún esperan mejorar con un mayor esfuerzo y una asistencia más personal. "Y todos mejoran", aseguran ambos doctores.

 

Es lo que ahora interesa al médico de Salvador Allende: un medio de vida desde el que dar esperanza a los que han sufrido un golpe en lo más sensible. Él sabe de eso.










 
  

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