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Gilbert Favre: un afuerino no tan afuerino.

por Rodrigo Olavarría el 01/06/2008 

Gilbert Favre es un nombre que se repite mucho en bocas de quienes se han hecho cargo de los homenajes que se dedicaron a los 90 años del nacimiento y 40 de la muerte de la Violeta Parra. Pero, pese a estas apariciones en discursos y artículos, poco se sabe en realidad de este sujeto al que se le adjudica el ser “la pareja” de la recién mencionada. Esto no es casual, la Violeta no tuvo un compañero como Gilbert en ninguno de los hombres con que compartió su vida y su trabajo, incluidos los padres de sus hijos, hay imágenes que tengo grabadas en la memoria, cosas que he leído, la Violeta y Gilbert en la carretera a medio camino entre Ginebra y París arriba de un Volkswagen cargado de óleos, telares, instrumentos, maletas y de un cuanto hay. Gilbert parece haber sido el único hombre dispuesto a comprometerse con esa urgencia que la Violeta le adjudicaba a todo lo que hacía y no sólo eso, sino también posponer sus propios proyectos, cuando finalmente los hubo. Pero para entender eso falta.

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Gilbert se me aparece como un sujeto de su tiempo, un tipo que vaga por Europa primero y luego por América en busca de algo para lo que aun no hay nombre, primero se mete entre los gitanos en Andalucía tratando de acercarse al flamenco, luego llega a Chile por mar junto con un antropólogo francés y se dirige a una expedición al desierto de Atacama. No se sabe bien cuando llegó Gilbert a Chile, pero si se sabe que la sociedad con el científico francés fue de corta duración, después de un conflicto que ninguna fuente se toma la molestia de recordar, Gilbert deja el desierto de Atacama y se dedica a recorrer Chile en dirección al sur.

Corría 1960, hagámonos un idea de la época y de este individuo Suizo, de 30 años que recorre el mundo sin más pertenencias que unos discos de George Brassens y un clarinete, amante del jazz, sobretodo del bebop estilo que no sólo aprecia de forma pasiva sino que también tocaba como aficionado, haciéndose del título de “jazz man” cuando vivía en la rue Vielle Ville en Ginebra.

Es evidente que Gilbert viaja en busca de algo que incluso él desconoce y fue esa voluntad de internarse entre las raíces populares la que lo llevó un día a enterarse de la existencia de la Violeta Parra. Preguntó por ella y esta pregunta lo condujo a sus hijos, y finalmente, a la casa en que estos residían junto a su madre, en la comuna de La Reina en la calle Segovia 7366. Ese 4 de Octubre de 1960 la Violeta cumplía 43 años, Gilbert tenía 30.

La conexión fue inmediata, decidieron explorar y trabajar juntos en lo que a ambos y a cada uno les correspondía, sin esquemas definidos de cómo ni cuando hacer sino con la convicción pura de hacer todo cuanto debía ser hecho. Y ese era el modus operandi de la Violeta, la urgencia de todo cuanto debía ser hecho, levantarse a las 5 A.M. para hacer rápido todo lo de la casa para dedicarle todo el día a la música, a la recopilación, a las décimas, en fin, a lo que se trajera entre manos.

Ángel Parra en su libro “Violeta se fue a los Cielos” cuenta que a los tres días de llegado a la casa, Gilbert se le acercó y le contó que Violeta le había dicho que debía pedirle a él, el hombre de la casa, la mano de su madre. Gilbert se acercó a Ángel, que entonces contaba con 17 años y con su acento franchute y en un castellano recién aprendido le pidió entre solemne y torpe su venia.

Gilbert se integró al circulo familiar de los Parra y a los trabajos del día a día, mal que mal en su momento se había desempeñado como pintor y carpintero. Los dos eran sujetos independientes acostumbrados a vérselas solos, de carácter espartano y capaces de apreciar la belleza en sus manifestaciones más humildes. Ser la pareja de Violeta Parra a esas alturas del partido, es decir, después que se ha separado de dos hombres y que comprende perfectamente cual es su trabajo, no debe haber sido nada fácil. Todos quien la conocieron cuentan que Violeta era capaz de una ternura infinita, pero nunca dejan de consignar su carácter dominante e incluso violento, el mismo Nicanor Parra da cuenta de una cantidad no menor de guitarrazos en las cabezas de borrachos ruidosos y beligerantes.

Luego vendrían los viajes a Argentina y luego a Europa la convivencia a ratos juntos a ratos separados, a ratos en París a ratos en Ginebra, pero siempre como pareja. Fue en Europa que Violeta le regala a “Roussin” una cámara cinematográfica con la que filman de manera dispersa material que nunca llega a materializarse en una película, Gilbert buscaba una forma artística con la cual trabajar, no la encontraba. Fue en 1964 que se concretó la exposición de Violeta en el museo de artes decorativas del palacio del Louvre, Gilbert en su faceta de carpintero hizo los bastidores para los cuadros. Los lugares de la vida en Europa, rue Monsieur le Prince en París, los locales donde se presentaba Violeta, “L’escale”, “La Candelaria” y el piso en el 15 de la rue Voltaire en Ginebra, Suiza.

Un día indeterminado durante esa estadía de 4 años en Europa que transcurre entre 1961 y 1965, Gilbert decide dejar el clarinete y tomar la quena, no se sabe cuanto peso tuvo la Violeta Parra en esa decisión pero seguro que ella tuvo algo que ver. Gilbert tuvo algo de formación académica cuando joven pero se puede decir sin mentir que su aproximación a la música tenía más que ver con el oído y las tripas. Sus primeros acercamientos a la quena pueden ser escuchados en una grabación que data del año 1965 realizada en Ginebra en un recital ofrecido en una casa de amigos y recogido en el disco “Violeta Parra en Ginebra” donde Gilbert toca en nueve canciones junto con Violeta, entre ellas “Que he sacado con quererte”, “Casamiento de Negros” y “Galambito temucano”, el mismo que grabarían en 1965 para EMI Chile en un single que lleva el nombre de “El tocador afuerino”.

Y es este nombre, el de “Tocador afuerino”, el que me parece relevante para pensar el estado de las cosas entre Gilbert y Violeta, en primer lugar porque durante todo el tiempo que llevaba la relación Gilbert había sido uno más de la familia, alguien que llegó para quedarse, y desde que ella le aplica ese nombre pasa a ser un afuerino, el que no pertenece, el sujeto móvil que seguro no se quedará mucho tiempo más. En segundo lugar, el nombre de “tocador” significa que pasa de ser considerado un aprendiz a ser un músico por derecho propio. De algún modo ese nombre pasa a ser como una especie de diploma que le entrega la Violeta a Gilbert. —Ahora eres un músico y eres libre—.

Es notorio el hecho de que en la grabación conocida como “Violeta Parra en Ginebra” Gilbert aun no domina el instrumento, sigue una línea melódica muy sencilla y de forma no muy enérgica. Lo sorprendente es que desde esa grabación a aquella realizada en Chile el mismo 1965 hay un cambio sutil pero importante, Gilbert deja esa ejecución dubitativa y se apropia del instrumento. Comenté esto con Patrick, uno de los dos hijos de Gilbert y el caso es tan serio que ni su propio hijo logra reconocerlo en ese single. Hay que decirlo, aun no se trataba del “gringo Favre”, el sujeto que uniría su nombre para siempre a la quena, devolviéndole su dignidad en Bolivia, recuperándola para el pueblo Boliviano y llevándola a Europa luego.

Faltaba el paso definitivo, el viaje a Bolivia, donde terminaría su formación y pasaría de ser discípulo a maestro. Esto es evidente al escuchar el LP “Ángel Parra y el tocador afuerino” grabado por ambos para el sello Arena en 1967, el mismo año de la muerte de Violeta. Y es con este dato que llegamos al tema del viaje a Bolivia. Los relatos de gente como Ángel Parra y otros concuerdan en decir que la relación estaba bastante desgastada, aunque había voluntad de los dos para continuar, Gilbert parte hacia el norte con la idea de profundizar su dominio de la quena y con eso ya tenemos aquello de “Run run se fue pa’l norte”.

El caso es que Gilbert llega a La Paz, donde se gana el apodo de “gringo bandolero”, a comienzos de 1966 e irá directo a la Galería Naira, que después de su llegada pasaría a de ser una galería a ser la Peña Naira y se convertiría en el primer espacio dedicado íntegramente al rescate de las raíces folklóricas bolivianas, aunque en un principio fuera concebida como galería de arte por Pepe Ballón. Fue fundada en enero de 1965 y se ubicaba en la calle Sagárnaga, a unos pasos del Templo de San Francisco. La peña estuvo llena de actividad hasta el año 1971 cuando Pepe Ballón tuvo que partir al exilio después de ser detenido y torturado durante el régimen de Hugo Bánzer.

Fue en este lugar, ya entrado el año 1966, cuando Gilbert se integra a la escena musical local tocando en una primera instancia en un trío integrado por Ernesto Cavour y Alfredo Domínguez. Más tarde, junto con Edgar “Yayo” Jofré en la voz, Julio Godoy en la guitarra y el mismo Cavour con el charango forma el grupo Los Jairas, un conjunto cuyo valor como difusor de los sonidos andinos y valoración de las formas musicales indígenas es todavía incalculable. Ya en 1952 durante la revolución nacionalista boliviana se vio un aumento del interés por la música indígena e incluso se creó un departamento de folklore que dependía del ministerio de educación de Bolivia. Pero como sabemos todas las medidas institucionales suelen ser estériles y esto fue comprobado al ver que los huaynos y demás bailes siguieron siendo acompañados con instrumentos europeos como saxofones, acordeones baterías y pianos.

Otro de los logros de la peña Naira y Los Jairas se concretó en el aspecto social, pues reunieron a todas las clases sociales bolivianas en torno a la valoración de la música andina. La perdurabilidad de su influencia es perceptible en la existencia de grupos como Wara, Khanata, Paja Brava, Savia Andina y sobre todo Los Kjarkas quienes refinarán esta fusión llamada “Neo Folklore”.

Gilbert Favre, con el conjunto y la peña en marcha, se convierte en una celebridad y junto al trío revoluciona la música boliviana. ¿Por qué? En toda Latinoamérica la música del pueblo y sobre todo de los indígenas es vista con desdén por el arribismo intrínseco del medio pelo y burguesía sudaca que discrimina sin más lo que califica de “cholo”. Así que fue necesaria la aparición de un suizo que tocaba la quena apasionadamente, con los ojos cerrados. O para explicarlo de una vez citando a Pepe Ballón: “El hecho de que un extranjero tocara la quena fue la causa para que se fuera aceptando nuestro folclore. Se paraban y decían ¡Ah, que lindo toca! Y como a la peña venía gente de Francia, España, luego nuestra sociedad, la ‘hamburguesía’ de este país, se fue acercando.”

Sólo sobrevive un testimonio de Gilbert sobre sus intenciones con respecto a la peña y su trabajo con Los Jairas y este fue recogido por el periódico boliviano El Diario en Junio de 1967: “... queremos dejar bien sentado que las esencias estéticas del folclore boliviano nada tienen que ver con las farándulas de chichería o de las habituales jaranas. Los elementos de belleza que conforman la música boliviana contienen en sí un mundo jerárquico, una sustancia intemporal y el genuino perfume que caracteriza a la belleza pura, sin adulteraciones. Las universidades, la radio y el teatro serán los escenarios de nuestras actuaciones”.

Desde allá Gilbert le escribe a Violeta diciéndole que es urgente su presencia allá. Ella dejó la carpa de La Reina, ese proyecto que echó a andar casi sola y se instaló en la Peña Naira, al poco tiempo ya estaba tocando a diario y había producido suficientes cuadros como para montar una exposición, hecho que fue recogido por la prensa de La Paz. En una entrevista Pepe Ballón recuerda a Violeta Parra escribiendo en un pedazo de cartón con un marcador los versos de “Gracias a la vida”.

Gilbert estaba fusionado a tal grado con el proyecto de la peña que era su director artístico, vivía en ella y compartió ahí su vida paceña con Violeta en las dos ocasiones que esta visitó La Paz. Antes de volver a Chile, Violeta convenció al concertista en guitarra Alfredo Domínguez, que más tarde sería miembro de Los Jairas, de que podía no sólo tocar la guitarra sino también cantar: “...lo que tú tienes es una voz, cantas como tú eres; yo tampoco soy cantora, pero quiero decir lo que yo escribo…”. Violeta volvió a Chile, a la carpa de La Reina, al menosprecio de las mismas instituciones que hoy se llenan la boca con ella. Y trajo consigo conjuntos de música boliviana que se presentaron en la carpa de La Reina materializando el necesario encuentro entre ambos pueblos. Recibió una carta más de Gilbert instándola a volver a La Paz, le decía que allá estaba todo pasando, pero, como ya sabemos, Violeta no volvió a la peña Naira y como cuenta Ángel Parra en “Violeta se fue a los cielos”, ella sabía que pese al viaje no habría vuelta atrás, la relación ya estaba sentenciada.

El mismo 1967, Gilbert conoce a Indiana Reque Terán una joven boliviana de 20 años nacida en Santa Cruz, hija y sobrina de pintores bolivianos. Después de la separación de sus padres, a los tres años, su madre la llevó consigo a vivir a Río de Janeiro, donde su madre se unió al pintor brasilero Antonio Enrique Amaral, por lo que, según ella misma señala, el hecho de que se dedicara a la pintura fue una consecuencia natural, herencia de su entorno.

Indiana y Gilbert se conocieron en la peña Naira, durante la época de la guerrilla que le costaría la vida al Che Guevara, un día Indiana fue a la peña para escuchar la que en ese momento era llamada “auténtica música andina” y ver tocar a este “Gringo” Favre del que todos decían que tocaba como un dios. Juntos viajaron a Santiago, Gilbert quería presentarle su mujer a la familia Parra, a quienes consideraba su familia, de hecho, Indiana recuerda haber visitado a la madre de Violeta y a Nicanor estando embarazada de su primer hijo, Christian. Más aun, recuerda estar en cama y que Roberto Parra le canta una canción, por lo que parece muy probable que el primer hijo de Gilbert haya nacido en Chile en 1968 durante la gira que llevó a Los Jairas a Chile y a Perú.

Gilbert grabó cinco LP en La Paz con Los Jairas, entre ellos: “Los Jairas” de 1967 y “Siempre... con Los Jairas” de 1969. Ese mismo año Los Jairas y Alfredo Domínguez fueron invitados por la fundación Patiño a Europa para realizar una gira. Gilbert siguió el ejemplo de Violeta y decidió que lo mejor sería hacer una muestra más integral, por lo que decidieron llevar danzas, a cargo de las esposas de los músicos, un experto en la fabricación de máscaras y el mejor bailarín de Diablada, de nombre Tomás Condori.

El primer recital de esta gira fue en la sede de la fundación Patiño en Ginebra en 1970 y tuvo un éxito arrollador, la misma gira los llevó luego a Francia, Bélgica, Alemania, Suecia e Inglaterra, incluso viajaron a la Unión Soviética donde se les ofreció el raro privilegio de grabar un álbum. En 1971 lanzaron en Europa el álbum “La flauta india de Los Jairas” al mismo tiempo que nacía el segundo hijo de Gilbert, al que pusieron por nombre Patrick.

La reputación internacional de Los Jairas creció y no sólo entre círculos especializados o la crítica sino también entre el público, así fueron invitados a participar en los festivales de folklore d’Orange-Confolens en Francia en 1972 y en Billingham en Inglaterra en 1973.

Pero fue este mismo éxito el que terminó por desbandar a Los Jairas y sumir a Gilbert en una profunda tristeza tanto a nivel artístico como a nivel personal, pues a mediados de los años setenta Edgar “Yayo” Jofré viajó a España y registró como su propiedad el nombre de Los Jairas, distanciándose para siempre de los miembros originales en una actitud ególatra que se hace evidente en el sitio oficial de Los Jairas, donde no se menciona ni una sola vez los nombres de los demás miembros originales del conjunto.

Gilbert siguió tocando en varios grupos musicales en Europa, pero en medio de una batalla constante donde trabajaba mucho más de lo que se le remuneraba, hasta que un día cansado de decepciones personales y traiciones destruyó todas sus flautas, quenas, quenachos y demás instrumentos, uno por uno.

Ángel Parra recuerda que en 1987 lo convenció de que tocara la quena en un disco en el cual su participación era necesaria, Gilbert en esos momentos se dedicaba a la observación de las estrellas. Más tarde, convencido de la necesidad de su trabajo de difusión de la música que amaba se reúne con amigos franceses y retoma la quena para tocar con su nuevo grupo y es entonces que surge una nueva posibilidad, la educación, así fue que fundó con sus amigos, en Ginebra la escuela Sagárnaga, nombre tomado de la calle paceña donde se ubicó la peña Naira, que mantiene alrededor de 70 alumnos, enseña a tocar quena, charango, guitarra y bailes bolivianos y realiza giras a Bolivia cada cierto tiempo.

Gilbert Favre falleció el 12 de diciembre de 1998 dejando una marca duradera en la memoria de los pueblos de Chile y Bolivia. Será recordado también como la figura que inspira día a día a la escuela Sagárnaga. Su historia es la de un hombre en una búsqueda angustiosa de sentido, de la persecución de algo desconocido hasta el otro lado del mundo junto a una maestra que le enseña el camino para llegar por sí mismo al corazón mismo de un pueblo y una música. Run Run, El Tocador Afuerino, El Gringo Bandolero, son sólo algunos de los nombres bajo los cuales se oculta el verdadero Gilbert Favre.

4 Comentarios
#4
Vania Balderrama
Bolivia
[04/01/2015 03:12]
Vota: +0
Muy interesante y completo artículo. Toca conocer más de cerca al Gringo Bandolero.
#3
Jose Tomás Agudo
España
[13/10/2013 02:35]
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Para María B.Espinoza Valdivieso:

No se le puede quitar ningún mérito al gran Gilbert Favre. Pero si aquñi en Europa conocemos la música andina es, primero, gracias a dos grupos que en su día fueron revolucionarios: Los Incas y Los Calchakis.
#2
Maria B. Espinoza Valdivieso
Perú
[05/11/2012 22:53]
Vota: +0
A Gilbert Favré, le debemos el reconocimiento y difusión de la música Andina primero en Bolivia, Chile, Perú y después en Europa. Procuren escuchar cuanto antes "Lanto del Olvido". Bellisimoooooo.
#1
maría cristina
Argentina
[02/08/2009 18:56]
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Muchas gracias. Poco sabía de este importante hombre de la música y aquí no sólo me entero sino también veo que se lo reivindica como corresponde.
Voy a buscar esos discos para tenerlos.

Saludos y gracias nuevamente por la difusión.









 
  

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