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Manuel Picón

por Fernando G. Lucini el 03/10/2008 

La biografía y la obra de Manuel Picón estuvieron vinculadas, durante muchos años, y hasta su muerte –en 1994–, a la de Olga Manzano, su compañera artística y sentimental.

Olga Manzano y Manuel Picón integraron uno de los dúos latinoamericanos más importantes de los que aterrizaron en España a mediados de los años setenta, concretamente, en 1974.

 

Olga nació en Angaco, provincia de San Juan (Argentina), el 13 de mayo de 1940. Muy joven, cursó estudios de canto, de danza y de teatro; actividades a las que ha dedicado toda su vida, bien como compositora, bien como intérprete y profesora.

 

Manuel nació en Montevideo (Uruguay) el 7 de febrero de 1939, y, al igual que Olga, cursó estudios de teatro y de música, sobre todo de canto y de guitarra. Siendo muy joven, contrajo matrimonio y tuvo su primer hijo con el nombre de Yamandú.

 

Su primera andadura artística fue la formación de un grupo llamado Los Tupambays, dedicado, fundamentalmente, a la interpretación de la música y de la canción tradicional uruguayas.

 

Nacidos en países diferentes, pero muy cercanos, en marzo de 1967, Olga y Manuel se conocieron en Buenos Aires; el encuentro ocurrió en la peña de Armando Tejada Gómez.

 

Olga trabajaba en aquella peña interpretando sus canciones, la mayoría de ellas del folclore argentino, y canciones compuestas por Osvaldo Avena, que, en aquel momento, era su maestro de guitarra.

 

Mientras tanto Manuel, tras separarse de su primera mujer, tomó la decisión de trasladarse de Uruguay a Buenos Aires para intentar dar a conocer en Argentina el trabajo que desarrollaba con el grupo Tupambays.

 

Nada más llegar a Buenos Aires, alguien le habló de la peña de Tejada Gómez, e inmediatamente fue a visitarla. Al entrar por primera vez en aquel local, Manuel se encontró con Olga que, justo en aquel momento, estaba cantando. El cantor uruguayo se quedó prendado de inmediato de la argentina; en primer lugar, por la fuerza y la calidad de su voz y su calidad interpretativa, y, por supuesto, también, por su extraordinaria y éxotica belleza. Y surgió el flechazo.

 

Manuel evoca y sintetiza aquellos años de su vida en la contracubierta del libro de poemas Nocturnidad y alevosía, escrito y autoeditado por él mismo, en 1989. En concreto, se presentaba diciendo:

 

“El suscrito nació en Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay, el 7 de febrero de 1939. Algo más de veinte años después canté en público por primera vez. Esto sucedía luego de estrepitosos fracasos como jugador de fútbol, agricultor, estudiante, contrabandista y otros oficios no fácilmente confesables.

 

“Como cantante, integré varios grupos de corta vida, hasta que emigré a Buenos Aires con el más estable de éstos, llamado Tupambays. Allí nuestra voluntad de unión sucumbió bajo el hambre y el frío y, al grito de ‘sálvase quien pueda’, todos se reintegraron a trabajos menos sacrificados. Yo, no. En mi retirada en desorden conocí a Olga. Media hora más tarde hicimos pareja”.

 

A partir de aquel momento empezaron a compartir su vida y su pasión por la música y por el canto popular.

 

En un principio, al tiempo que impartían clases de música y de canto a domicilio, continuaron actuando como solistas, es decir, cada uno por su cuenta.

 

En 1968, Manuel Picón grabó, en Buenos Aires, su primer LP: Éste es mi canto (Diapasón Producciones Discográficas), en el que presentó sus primeras doce canciones; entre ellas, Primeras coplas, Carta del soldado y Negra Ramona, temas que volvería a grabar a dúo, con Olga, en los años setenta.

 

Para la carpeta de aquel LP, Manuel escribió un texto de presentación que nos aproxima a lo que a partir de aquel momento serían los grandes ejes de su obra poética:

 

“Este grupo de canciones, musical y poéticamente heterogéneo –escribía–, representa algo así como una esquina desde la cual uno puede ver en largura, profundidad y color la calle que deja y la que toma, y puede advertir también cómo la sombra que antes iba detrás ahora se proyecta delante.

 

“Aquí, en esta esquina, me despido, no sin cariño y nostalgia, de canciones como El viejito, Una ciudad y otras del mismo estilo que representan una perspectiva cercana, si se entiende por ello la cercanía que se produce al compartir un mate, deserrollar una prosa chiquita, descubrir la música y la poesía de los pequeños acontecimientos cotidianos y navegar todos, personajes y escritor, en las aguas de un sentimiento mezcla de ternura y comprensión, casi paternal y quieto. Pero, de pronto, a la vuelta de la esquina, la calle su vuelve mundo, la sombra se arroja delante, asaltan los recuerdos marcados a fuego, el color violento, las visiones dan- tescas, el color tirado en la vereda, la violencia, la incertidumbre, el amor ya no calmo, sino tembloroso y desaforado como el miedo. En esta realidad abrazadora e ineludible comienzo a percibir un nuevo lenguaje, una nueva intensidad en la paleta; es entonces que aparecen temas como Carta del soldado, Negra Ramona, Ana Rosa y los ojos y, sobre todo, Primeras coplas”.

 

Pasado un tiempo de aquella unión entre Olga y Manuel –exactamente en 1970– el maestro Osvaldo Avena les recomendó que empezaran a cantar juntos. Así lo hicieron, y dieron origen al dúo que bautizaron con sus nombres: Olga Manzano y Manuel Picón.

 

Uno de sus primeros trabajos como dúo fue el montaje de un espectáculo al que titularon Cantos a vuelo de paloma, en el que empezaron a contar con la colaboración de Indio Juan, con el que mantuvieron siempre una entrañable amistad.

 

En 1973, la pareja tuvo su primer hijo, al que le pusieron el nombre de Tabaré, y en enero de 1974 decidieron trasladarse a España.

 

La situación en Argentina en aquel momento les resultaba muy complicada, tanto desde el punto de vista económico como desde el político; sobre todo, como consecuencia del pensamiento apasionadamente democrático que ambos compartían y de su confrontación radical con los brotes golpistas que, ya entonces, empezaron a surgir, y que, dos años más tarde, en 1976, impondrían por la fuerza como presidente de la república al teniente general Jorge Rafael Videla; sin duda, uno de los más crueles dictadores de la historia de Argentina.

 

Ante esa situación, para Olga y para Manuel –pensando, sobre todo, en su hijo Tabaré– España era un horizonte de luz y de esperanza.

 

“España era para nosotros como una leyenda que a uno se le mete en el corazón –comentaba Manuel en 1985–. Teníamos de España una imagen romática, porque así nos la pintaban los poetas españoles y los emigrantes, y uno empezaba a imaginarse cosas que, desde luego, tienen que ver bastante con la realidad.

 

“Al llegar acá, España supuso para Olga y para mí ese puerto benigno y en calma que nos alejaba de la tempestad. España fue para nosotros como una droga, en el buen sentido de la palabra; en realidad, somos hispanoadictos”.

 

Así, con esa ilusión, con una maleta, dos guitarras y un niño que acababa de cumplir ocho meses, Olga y Manuel aterrizaron en Madrid.

 

“Recuerdo –me comentaba recientemente Olga– que el día que llegamos fuimos directamente a la pensión Alonso, que estaba en la calle del Pez; pensión en la que pasamos los primeros meses de nuestra vida en España. Aquella misma noche, dejamos a Tabaré al cuidado de la dueña de la pensión, que era una señora muy amable, y Manuel y yo nos fuimos a dar un paseo por la ciudad y a celebrar nuestra llegada brindando con unos vinos y unos taquitos de jamón. Fue una noche inolvidable”.

 

Pocos días después, por mediación del poeta Félix Grande, con el que compartían una buena amistad, Olga y Manuel acudieron a la sala madrileña Candombe, en la que, en aquel momento, actuaban Claudina y Alberto Gambino, el dúo Mate Amargo –integrado por Carlos Blanco Fadol y Rosa María Torres–, Omar Berruti y Víctor Velázquez. Hicieron una prueba, y a los pocos días los contrataron.

 

Ya plenamente integrados en España, y con cierta seguridad económica –gracias a sus actuaciones en Candombe–, Olga le propuso a Manuel embarcarse en una aventura musical diferente de la que venían desarrollando. Esta aventura se concretó, en 1974, en la adaptación y la musicalización de la obra teatral de Pablo Neruda Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, escrita en 1967.

 

En Fulgor y muerte de Joaquín Murieta se narra la leyenda de un joven campesino chileno de diecisiete años que emigró hacia California, en 1850, en busca de oro, y que terminó su vida convertido en un mítico justiciero rebelde asesinado el 23 de julio de 1853, y al que se considera un símbolo del pueblo que lucha por su libertad y contra la injusticia.

 

Concluido aquel proyecto, Olga y Manuel entraron en contacto con Gonzalo García Pelayo y con Antonio Gómez –creadores y responsables de la serie de discos Gong, publicada por Movieplay–, e, inmediatamente, pusieron en marcha la grabación del disco y el montaje del espectáculo correspondiente. En aquel disco, publicado en 1974, Antonio Gómez, a modo de presentación, formulaba, entre otros, los comentarios siguientes:

 

“Este Fulgor y muerte de Joaquín Murieta, sobre texto de Pablo Neruda para canto y recitado, supone una total novedad en el campo de la música sudamericana y, sobre todo, en el marco de la música española, en donde nunca se había compuesto, grabado y editado nada de parecidas características.

 

“Manuel Picón adaptó el texto original de Neruda, encuadrándolo en los límites de duración que ahora conserva; también le puso música, y junto a sus compañeros (Olga Manzano, Lidia Tolaba, David Kullock, Ricardo Steinberg y Víctor Velázquez) pusieron en pie esta cantata que ahora es disco.

 

“La interpretación de esta obra es el fruto de la unión de tres elementos distintos del canto sudamericano.

 

“Por una parte un dúo: Manuel Picón y Olga Manzano que, cuando no hacen la cantata, llevan adelante un rico muestrario de ritmos y formas de Uruguay y Argentina.

 

“Luego, un trío: Alpataco, que forman David Kullock, Ricardo Steinberg y Lidia Tolaba. Aellos se debe, sin duda, la riqueza instrumental de esta cantata, una riqueza que es el desafío a la música popular de todo el mundo: es la quena, los sikus, el moseño, el erke, las mil formas de percusión, un desafío de sonoridad que ya estaba en América antes de la llegada de los españoles y que ha sabido no sólo mantenerse, sino mostrarse más nuevo cada día.

 

“Y, en tercer lugar, un solista: Víctor Velázquez, la voz de un cantor de larga experiencia que al día siguiente de acabar la grabación volvía a Argentina y era sustituido en esa continuidad diaria de este disco en su representación en los escenarios por el Indio Juan”.

 

En efecto, ese espectáculo músico-teatral –presentado inicialmente en el colegio mayor San Juan Evangelista, de Madrid– recorrió, prácticamente, toda España, y consiguió un éxito extraordinario.

 

Además, se hizo una grabación para RTVE, bajo la dirección de Luis Calvo Teixeira; grabación que obtuvo un segundo premio en el Festival Internacional de Milán de 1979.

 

En 1975, Olga y Manuel tuvieron su segundo hijo, una niña a la que llamaron Trilce, y grabaron, de nuevo con la producción de Gonzalo García Pelayo, su segundo gran éxito discográfico.

 

Aquel disco se llamó genéricamente Caraballo mató a un gallo (Movieplay, 1975). En él, además de la canción que le da título, basasada en un texto popular, Manuel incluyó cinco temas propios –Sobre el tiempo y el mar, El caballo Camilo, El tambor de Gutiérrez, Muerte del negro Cala y la extraordinaria canción Carta del soldado.

 

Estas canciones se complementaron con tres magníficas versiones: una sobre el poema “Caminando”, de Nicolás Guillén –musicalizado por Manuel–; otra, de la canción de los Olivareños titulada El camdobe nacional, y una deliciosa interpretación del canto popular conocido como Duerme, negrito.

 

Por aquellas mismas fechas, Gonzalo Reig –cofundador del grupo Calchakis– diseñó y abrió un local en pleno Madrid de los Austrias, al pie del Viaducto, llamado Toldería; local que llegó a convertirse, durante los años setenta y ochenta, en una especie de templo de la música latinoamericana. Manuel Picón y Olga Manzano, tras participar en la inauguración de aquel local, lo convirtieron en una especie de segunda casa a la que acudíamos todos a escucharlos y a disfrutar de sus canciones.

 

“Por los laberintos del Madrid antiguo –comentaba Manuel–, bajo los arcos que sostienen el Viaducto, está Toldería, enclavada en las bases de un viejo edificio esquinero. No es más que un boliche; sin embargo, para nosotros, se ha convertido en una suerte de puerto nocturno donde el músico sudamericano que llega a España recala, abraza viejos amigos, hace otros nuevos, canta, deja su grano de arena, recoge aliento y sigue hacia el norte, o bien, se afinca.

 

Estos trashumantes de guitarra al brazo han ido dejando un sedimento que se respira en la semipenumbra de la sala. Noche a noche, sin que nadie lo proponga, el clima se forma, el rito se cumple, natural, entrañable, sin otro rigor que el culto a la música del lejano continente”.

 

En 1977, aparecieron en el mercado, publicados por Fonomusic dos nuevos discos de Olga y Manuel: Aguardiente y Papá Bolero, auténtica joya que hemos rescatado ahora, dentro de la colección El canto emigrado de América Latina, como homenaje a Manuel.

 

A aquellos dos discos –y siempre con Gonzalo García Pelayo como productor–, los siguieron Guarda el nombre de este amor (Fonomusic, 1978) y Los versos del capitán (Fonomusic, 1979, bellísimo disco en el que Manuel musicalizó e interpretó, junto con Olga, diez de los poemas de amor integrados en el libro que Pablo Neruda escribió con ese mismo título; sin lugar a dudas, el mejor disco editado en España sobre canciones basadas en versos del gran poeta chileno.

 

El mismo año de la grabación de Los versos del capitán nació Nagot, tercer hijo del matrimonio.

 

En la década de los años ochenta, el trabajo creador que desarrollaron Olga y Manuel fue muy intenso: aparte de sus continuas actuaciones por toda España, grabaron cuatro nuevos discos y estrenaron cuatro espectáculos teatro-musicales.

 

Estos discos fueron Canción de esquina (Fonomusic, 1981), Una fuerza natural (Fonomusic, 1983) –en el que integraron dos nuevas canciones basadas en los ·”Versos del Capitán”, de Pablo Neruda–, Marea negra (Tecnosaga, 1988) –magnífico LP en el que Olga y Manuel cantan, entre otras, tres bellísimas canciones de Luis Barros, extraordinario compositor uruguayo– y Canto rodado, publicado por el Gobierno de Canarias, en 1989, con canciones compuestas por Manuel sobre poemas de Pedro Lezcano. Más recientemente, se ha editado un CD recopilatorio, titulado Olga Manzano y Manuel Picón. 18 grandes éxitos (Dro, 2003).

 

Respecto a los espectáculos teatro-musicales montados por Olga y Manuel, a lo largo de los años ochenta, destaca, en primer lugar, el estrenado en el teatro Salamanca, de Madrid, en junio de 1983, con el título de Sudacas; obra en la que también participaron Claudina y Alberto Gambino y Rafael Amor.

 

Ese mismo año pusieron en escena, en El Gayo Vallecano, de Madrid, el monólogo Un argentino en Madrid, escrito y representado por Manuel, bajo la dirección de Olga; obra que, desde su estreno, recibió excelentes críticas.

 

“El monólogo de Manuel Picón, interpretado por el autor, que acaba de dar a conocer El Gallo Vallecano –comentó Antonio Valencia en el diario Marca–, es una pieza notable, con valores a nuestro juicio superiores a los de un monólogo de circunstancias.

 

“[...] Se trata de un trabajo emotivo, cuajado de humor, con poso de melancolía y amargura, que merece verse y oírse no sólo por sí, sino porque su autor lo interpreta con naturalidad corazonal, con verosimilitud artística y humana, bajo la dirección de Olga Manzano”.

 

Tras la creación y la representación de aquel monólogo, siguió otro titulado Concierto desconcertado, y, posteriormente, una cantata llamada Don Cristóbal de los Pájaros; obra planteada, por Olga y Manuel, como una actividad cultural verdaderamente alternativa a los numeros actos que se programaron, por toda España, con motivo de la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América.

 

Aquella cantata, estrenada en el teatro Coliseum, de Santander, el 11 de octubre de 1985, la presentaron sus autores con los siguientes términos:

 

Don Cristóbal de los Pájaros quiere ser una visión poética de la gesta de don Cristóbal Colón desde la óptica de sus marineros y la gente del pueblo que se quedó en tierra. Indagar un pasado tan remoto, intuir el sentimiento de aquellas gentes simples y buscar en esas fuentes el material poético, nos pareció, a priori, un buen camino. La obra, entonces, se inhibe de juicios y exaltaciones para sumirse en lo humano, descubrir el miedo, la alegría, las pasiones esenciales del hombre puesto en un límite de incertidumbre. Si no se ha pretendido juzgar, sí, en cambio, se ha dejado fluir un cierto escepticismo en lo que se refiere a las verdades históricas: ‘todo es mentira y es todo verdad’. Esta actitud, hemos creído, redunda en beneficio de una afirmación antagónica: el futuro sí es exacto.

 

“Mientras tanto, el personaje que inventamos se situó fuera del tiempo y la distancia, adquirió la facultad de recordar desde aquí y desde hoy, como, también, poder desandar cinco siglos y reaparecer en un polvoriento callejón medieval y revivir encontrados sentimientos y sucesos. Los otros personajes, la música, el silencio y las luces, no son sino el material de sus sueños y memorias”.

 

Personalmente, tuve la oportunidad de asistir a la representación que se hizo en Madrid, el 5 de septiembre de 1988; fue en una carpa montada en el patio del Centro Cultural del Conde Duque.

 

Recuerdo que la obra me impresionó por su belleza; por su profunda humanidad; y, sobre todo, por su contenido, original, valiente y verdaderamente alternativo; estábamos asistiendo a una lectura del Descubrimiento planteada desde el corazón, es decir, desde la sensibilidad y a través de la movilización de los sentimientos, salvaguardando, por encima de todo, la dignidad humana de todos los implicados en aquella trama histórica, tanto de los descubridores como de los llamados “descubiertos”.

 

En aquella ocasión, además de Olga y Manuel, intervinieron también el grupo de teatro Danza Almariyata y los compo- nentes del grupo Salteños: Pedro Caro, Manuel Salas, José Javier Martínez y José Antonio García Polo.

 

Para la realización de aquel proyecto, Manuel Picón solicitó varias subvenciones oficiales sin las que resultaba imposible afrontarlo; se le prometieron, pero, una vez realizada la inversión, nunca llegaron porque, en realidad, aquella obra planteaba una visión del Descubrimiento que era alternativa, y que no se ajustaba a los planteamientos ideológicos y políticos con los que se había diseñado y desarrollado del V Centenario.

 

Conclusión: de la noche a la mañana Olga y Manuel se encontraron totalmente entrampados, con tres hijos, y sin saber muy bien cómo superar aquellas circunstancias.

 

Fue entonces cuando, en plena crisis, se les ocurrió un brillantísimo proyecto.

 

Manuel me llamó por teléfono, nos citamos y me lo contó. (En aquel momento, finales de 1989, yo trabajaba en la Editorial Alhambra Longman como director pedagógico).

 

El proyecto consistía en recuperar un clásico principio didáctico, prácticamente olvidado: enseñar a los niños y a las niñas cantando y deleitando. Proyecto que Manuel ya había empezado a componer y del que me hizo escuchar dos canciones: una para enseñar ortografía –titulada La “hache”–, y otra, para trabajar la expresión escrita –concretamente, la canción llamada Los sentidos, que abordaba el tema de la descripción.

 

El proyecto me pareció apasionante y lo pusimos en marcha. Lo llamamos Canciones y jueguercicios de ortografía y expresión escrita.

 

Se componía de dos casetes con diez canciones cada una, y de unos cuadernos en los que se trabajaba la norma ortográfica o el tema de expresión escrita que se abordaba en cada una de las canciones.

 

Recuerdo que personalmente, y en general todo el equipo editorial de Alhambra Longman, nos entregamos en cuerpo y alma a lo que nos pareció –y hoy me sigue pareciendo– un hermosísimo trabajo de innovación pedagógica. Por otra parte, tanto Manuel como yo pensamos que aquello podría convertirse en un medio para poder afrontar y resolver la difícil situación económica por la que estaba atravesando.

 

Pero, por desgracia, no fue así: el proyecto no funcionó como esperábamos a pesar de las críticas positivas y las espléndidas valoraciones que obtuvo por parte de los medios de comunicación, en general, y, en particular, de la prensa especializada en educación.

 

Las ventas iniciales no respondieron de forma inmediata a las expectativas que la editorial se había marcado –posiblemente por su carácter totalmente innovador, y, a la vez, como resultado de una promoción directa inadecuada–. Como consecuencia de ello, el departamente comercial de la editorial dejó de apoyar el proyecto. (Manuel y yo teníamos hasta planificada la creación de nuevas canciones y jueguercicios para la enseñanza de las Matermáticas).

 

Lo cierto fue que Manuel Picón –siempre junto a Olga– sintió que aquel nuevo camino para la esperanza también se le cerraba, lo que le supuso una profunda depresión que derivó en un proceso de deterioro físico iniciado con una peritonitis y con sucesivas enfermedades, que, finalmente, acabaron con su vida.

 

Pese a esa difícil situación, Manuel no cesó de luchar y de trabajar: compuso canciones para otros artistas como Alfredo Zitarrosa, Mercedes Sosa, José Manuel Soto o María Jiménez; escribió una nueva obra de teatro y varios libros de poemas que no se han publicado y planificó cursos de “manejo de la voz”, que pensaba impartir en la escuela de teatro y canto, que compartía con Olga.

 

Por aquella misma época Manuel compuso y grabó un nuevo disco en solitario al que tituló Tangos rabiosamente uruguayos (Tecnosaga, 1993).

 

Creo que aquel disco –en el que le acompañó al bajo, a la guitarra y como arreglista Daniel Petruchelli– fue su testamento poético y musical. Un disco en gran medida autobiográfico del que Manuel comentó: “Quisiera que alguien experimentara la mitad de la nostalgia y de la emoción que sentí al escribirlo, tuve que hacerlo muy despacio; al principio no podía cantar los tangos que yo mismo había compuesto porque se me llenaban los ojos de lágrimas”.

 

Al año siguiente, el 7 de septiembre de 1994 recibí una carta de Manuel encabezada por un “Querido Fernandini” –como cariñosamente le gustaba llamarme–, en la que me hablaba de los cursos de “manejo de la voz” que estaba preparando, y en la que me formulaba esta invitación: “te conmino a que vengas al teatro Príncipe Gran Vía, donde estamos haciendo, con muy poco público pero con una respuesta excepcional, Los versos del capitán I y II. El uno es lo de siempre y el dos es totalmente nuevo y resultante de una adaptación de música y letra que nos ha permitido hacer canciones con música de Mozart y la letra de don Pablo. Te espero”.

 

A los nueve días, el 16 de septiembre, Manuel moría como consecuencia de un ataque de asma.

 

“El último recital que dimos, como dúo y como pareja –cuenta Olga–, fue la noche anterior en el teatro Príncipe. Sólo había catorce espectadores; los catorce, al final del recital, puestos en pie gritaban: ¡Bravo!, y uno de ellos, espontáneamente, exclamó: Hasta las butacas tendrían que pagar vuestra labor.

 

“Ahora me quedan en el corazón sus palabras; la voz de Manuel unida a la palabra de Neruda:

 

Adiós amor, pero conmigo

serás, irás adentro

de una gota de sangre que circule

en mis venas

o fuera, beso que me abrasa el rostro

o cinturón de fuego en mi cintura. [...]

Adorada, me voy a mis combates.

Arañaré la tierra para hacerte una cueva

y allí tu Capitán

te esperará con flores en el lecho. [...]

Mírame,

mírame por el mar, que voy radiante,

mírame por la noche que navego,

y mar y noche son los ojos tuyos. [...]

Amor mío, te espero.

Te espero en el desierto más duro,

y junto al limonero florecido,

en todas las partes donde está la vida,

donde la primavera está naciendo,

amor mío, te espero”.

 

PABLO NERUDA: “La carta en el camino”.

Los versos del capitán, Lumen, Barcelona, 1998.

 

Tras su muerte nos reunimos un grupo de amigos para rendirle un homenaje que se celebró el 28 de octubre en el auditorio de Comisiones Obreras de Madrid; homenaje que tuve el honor de presentar –junto con Indio Juan–, en el que participaron, entre otros, José Antonio Labordeta, Luis Pastor, Elisa Serna, María Dolores Pradera, Hilario Camacho, Pablo Guerrero, Chicho Sánchez Ferlosio y Rosa Jiménez, Quintín Cabrera, Poni Micharvegas, Carlos Montero, Pedro Guerra, Andrés Molina, Gonzalo Reig y el grupo Toldería, Nicolás Caballero, Juan Margallo, Carlos Telechea, Eduardo Nogareda y los bailarines Marcelo y Marcela.

 

Más recientemente, el 27 de septiembre de 2005, el Centro Uruguayo de Madrid, en colaboración con la Embajada de Uruguay en España, organizó otro entrañable homenaje a Manuel Picón, que se celebró en el Auditorio Gabriela Mistral, de la Casa de América.

 

En aquel homenaje participaron Aníbal Abeiro, Carlos Montero, Fernando Lucini, Eduardo Nogareda, Gonzalo García Pelayo, Jorge Estela, Julio García, Luis Barros, Luis Pastor, Marcelo y Marcela, Martín “Poni” Micharvegas, Nagot Picón, Numa Moraes, Olga Manzano, Pablo Guerrero, Quintín Cabrera, Rafael Amor, Tabaré Picón y Tacún Lazarte.

 

DISCOGRAFÍA DE MANUEL PICÓN

 

Con Olga Manzano:

 

Fulgor y muerte de Joaquín Murieta (Movieplay, 1974)

Caraballo mató a un gallo (Movieplay, 1975)

Aguardiente (Movieplay, 1977)

Papá Bolero (Movieplay, 1977)

Guarda el nombre de este amor (Fonomusic, 1978)

Los versos del capitán (Fonomusic, 1979)

Canción de esquina (Fonomusic, 1981)

Una fuerza natural (Fonomusic, 1983)

Marea negra (Tecnosaga, 1988)

Canto rodado (Gobierno de Canarias, 1989)

Olga Manzano y Manuel Picón. 18 grades éxitos (Dro, 2003)

 

Discos grabados como solista

 

Éste es mi canto (Diapasón Producciones Discográficas, 1968)

Tangos rabiosamente uruguayos (Tecnosaga, 1993)

 

1 Comentario
#1
Jaime Cofre Camuzzi
Chile
[12/11/2014 04:51]
Vota: +0
Quisiera saber donde puedo conseguir el disco Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta, gracias









 
  

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