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Camilo Fernández: Los claroscuros del promotor de la Nueva Ola

MEDIOS el 25/01/2011 

Tras el golpe de Estado, varios músicos debieron exiliarse y, en el ostracismo, se encontraron con desagradables sorpresas. Camilo Fernández hizo contratos con sellos discográficos europeos para discos de los hermanos Parra, Patricio Manns y el primer álbum de Víctor Jara. Jamás les envió un peso a los autores.

Por Felipe Rodríguez para Nacion.cl

Cada vez que era entrevistado, Camilo Fernández se ufanaba de lo que creía era su mayor cualidad: haber escuchado y agudizado su oído desde que tenía 4 años en su natal Valdivia con canciones de todos los estilos.

 

En parte, tenía razón. Apenas llegó a Santiago a estudiar Odontología, el provinciano entendió que en la gran ciudad estaba todo por hacer. Con un olfato musical vivaz y resolutivo, se planteó metas. La primera y, fundamental, fue estar suscrito a la revista Billboard. Esa era la Biblia sonora del momento. Su pasaporte para poner en marcha su plan maestro: tomar los éxitos que enloquecían a la juventud estadounidense y trasplantarlos en español al paladar local.

 

El juego resultó mejor de lo previsto y Camilo Fernández se transformó en un personaje todopoderoso de la música nacional. Fue director de radios Portales y Chilena, pero donde más se sintió cómodo fue en su rol de descubridor de nuevas figuras: Peter Rock, Luis Dimas, Los Ramblers, Buddy Richard, entre otros. Todos, sin excepción, pasaron por este hombre orquesta.

 

La década del ’60 fue prodigiosa para su carrera. En 1962 fundó su propia casa disquera, Demon —que después se llamó Arena para evitar problemas legales—, y, de entrada, dio el palo al gato: editó el primer disco homónimo de Los Ramblers que contenía el single, El rock del Mundial. Se llenó de gloria. Esa canción se transformó en la más vendida, hasta hoy, en la historia de la música chilena y el promotor, con humor, decía que “cada gol de Chile, me significa más de 50 mil copias de ventas”.

 

La proliferación de bandas y solistas fue la llave para generar un movimiento. Los jóvenes, ávidos de conocer la vida de estos incipientes ídolos, permitieron que aparecieran revistas como “Ritmo”. Y, así, Fernández seguía acumulando poder. Era productor del sello RCA, propietario de Demon y comentarista de discos de la revista Ecrán.

 

Con los bolsillos llenos y llevando a las noveles figuras por giras por Chile, el productor se anticipó a otro negocio: la música de raíz. A mediados de los ’60, comenzó a ser un habitué en la famosa y concurrida Peña de los Parra de calle Carmen. Sin querer, estaba rodeado de todos los que, en unos años, crearían uno de los movimientos autóctonos más trascendentes de la historia musical del país: Patricio Manns, Víctor Jara, Ángel e Isabel Parra y Violeta Parra, entre otros. Allí comenzaron los problemas. Fernández hizo firmar contratos a los artistas en que éstos, obnubilados por sus contactos y su capacidad de difusión, prácticamente ni miraron. Y, al poco tiempo, se sintieron estafados. Tras el golpe de Estado, varios músicos debieron exiliarse y, en el ostracismo, se encontraron con desagradables sorpresas. Fernández hizo contratos con sellos discográficos europeos para discos de los hermanos Parra, Patricio Manns y el primer álbum de Víctor Jara. Jamás les envió un peso a los autores.

 

En el intertanto, dejó su figura de productor y se sumergió en una nueva labor: formar un área musical para TVN. Fue el artífice de “Música Libre” y facturó una serie de estelares musicales junto al trío que componían César Antonio Santis, Gonzalo Bertrán y Horacio Saavedra y repitió, posteriormente, como productor artístico del Festival de Viña y del recordado “Chilenazo” de Canal 11.

 

Al regreso de la democracia, Patricio Manns y los Parra lo recriminaron en público. Exigían que Fernández les devolviera dinero por sus creaciones. A él, sin embargo, le dio lo mismo. Tanto, que llegó a mandarle un recado a Manns en duros términos: “pa qué querís la plata si te la vai a tomar toda” (para qué quieres el dinero si lo vas a gastar en bebida).

 

En 2001, y tras unas duras negociaciones con Joan Jara, la viuda de Víctor, le devolvió los masters del primer disco del autor de Te Recuerdo Amanda. No hizo lo mismo con la obra más emblemática —y póstuma— de Violeta Parra, Las Ultimas Composiciones. Las vendió a un precio absurdo junto a unos 1.500 masters adicionales del sello RCA a un coleccionista. Ese fue el germen de su última pelea en pantalla. Oscar Andrade lo sacrificó en el programa “Rojo VIP” al decir que todavía tenía en su poder canciones de Buddy Richard y que, constantemente, se había aprovechado de los artistas chilenos, incluido el mismo Andrade. A Fernández claramente le daba lo mismo. Siempre estuvo convencido que sin su presencia, ninguno de los músicos hubiera conocido el éxito.










 
  

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