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Entrevista a Pascuala Ilabaca, trovadora chilena (I)

Pascuala Ilabaca: «En Chile, la gente de 25 años escucha música chilena»

por Maria Salicrú-Maltas el 17/07/2011 

La música de la trovadora chilena Pascuala Ilabaca no está dejando indiferente a cierto público europeo. Ella es sinónimo de personalidad, talento y calidad, fruto de su perfeccionismo, bagaje y madurez. En CANCIONEROS hemos sido partícipes de este éxito y aprovechando su primera gira europea, entrevistamos a la joven en el pintoresco barrio de Gràcia, el Valparaíso barcelonés.

Pascuala Ilabaca © Juan Miguel Morales
Pascuala Ilabaca
© Juan Miguel Morales

Su disco Pascuala canta a Violeta fue un regalo para los amantes del folklore chileno. También para aquellos que lo aman en Europa. Un reflejo de identidad y bagaje musical conseguido durante años. Y es que desde los seis, Pascuala tuvo la suerte de formarse en el Instituto de Música la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Sobre todo en música clásica pero también en popular con la fascinante etnomusicóloga Margot Loyola: “Ella era la única que consideraba el folklore chileno como algo digno de investigar, en cambio los otros profesores, puros hombres, se fijaban solamente en Alban Berg. El año pasado, el Aula Magna pasó a llevar su nombre ¡Un símbolo increíble para Chile! Un cambio de rumbo impresionante”.

 

La cantidad de material filmado de Margot de sus 25 años de incansable trabajo era un tesoro. Sobre todo el material que grabó en carreta por la Patagonia con los mapuches. Ahora Pascuala está haciendo la música de una película sobre Margot con Alejandra Fritis, la directora de su videoclip Lamenta la Canela. Ésta se enamoró de Margot en su programa de radio y la está acompañando a todas las fiestas tradicionales. Después de 32 años, Margot hace nuevamente el mismo viaje por Chile acompañada de otras cámaras.

 

Loyola es un referente para Pascuala pero también lo son sus padres. Ellos se la llevaron durante un año a viajar por todas las fiestas tradicionales de Chile cuando tenía 5 años aprovechando un premio que había ganado el padre. “Compró un auto, una carpa y nos fuimos llenos de materiales de pintura a aprender. De ahí me quedó esta tradición y he vuelto todos los años a las fiestas o incluso he ido a carnavales en Bolivia, Perú, Brasil…Le pedía a mi mamá ropa y que me ayudara a bordar lentejuelas y me inventaba capas y otros trajes. Por ejemplo, el diablo de la contraportada del disco Diablo Rojo, Diablo Verde está hecho a base de una máscara que tenía de este viaje. La abrí, la cosí, le hice ojos y ahora es el logotipo de la banda.

 

Portada de disco «Diablo Rojo, Diablo Verde» de Pascuala Ilabaca.

 

Es como las soluciones de la gente popular en Chile. Cuando entré en la escuela ya tenía esta tradición. Sabía cuáles eran los ritmos, los trajes, los instrumentos...Siempre me impactó la fiesta de la Virgen de la Tirana en el norte, una celebración multicultural con gente de Perú, Bolivia y Chile. Con el cantar me pasa lo mismo. Canto como cualquier mujer”.

 

Cuando Pascuala y sus padres regresaron y se afincaron en Valparaíso, su querida “Valpo”, una ciudad que no quiere mostrar como un puerto pobre visto como lo hacen las miradas exteriores sino desde dentro. Ella se fija en “lo que ven los porteños sobre su propia ciudad. Este mar humano que habita en la ciudad es mar, no el Pacífico en si”.

 

Para su sexto cumpleaños, Pascuala pidió a su abuelo un piano. Después se fueron a vivir a la India donde aquella niña inquieta y curiosa chilena recibió un montón de música diferente y estudió danza porque no iba a la escuela. “Siento que es lo más bonito que me dejaron mis padres: creer en las obsesiones. Mi padre quería porque allí iba a encontrar más diferencias de ojos, orejas, narices, mostachos y pies para hacer retratos. Creer en eso desde niño como una verdad súper válida, me gusta mucho. Te educa la mente”.

 

En la India, Pascuala se sintió embajadora de su cultura y se dio cuenta que no existe la separación Occidente-Oriente. “A nosotros nos hacen o nos hacemos sentir que somos occidentales para sentirnos desarrollados. Cuando es algo ridículo. Viajando por los Andes son las mismas señoras que las del Himalaya o que en México. La esencia originaria, étnica, de raíz, es toda una.” De manera inconsciente, Pascuala aprendió ragas, talas y ritmos hindúes.

 

“Gonzalo, mi papá pintaba gente que trabajaba en la calle y yo andaba con él sentada. Él pintaba músicos que cantaban y yo me aprendía las canciones. Pintaba niños vagabundos y yo aprendía juegos con ellos. Después cuando fui más consciente, quise estudiar un año a la Berklee College de Boston para aprender nuevas formas musicales. ¿Por qué asimilar los sonidos desde la perspectiva de un alemán sin comprender cuál es el sonido ni la forma con la que quiero componer? Quería aprender de otras culturas y contrastar. Me encantó hacer música alegre en tonos menores. Genera una sensación muy especial, una intensidad, una nostalgia bella.”

 

Esta experiencia hizo que Pascuala evolucionara vocalmente. El tiempo y los directos han sido su escuela: “uno va encontrando la experiencia sobre el escenario. Cuando grabé mi primer disco, al ser una persona súper perfeccionista, lo corregía todo técnicamente. Mi criterio era escoger lo que sonara más perfecto. Después lo cambié, preferí la expresividad a la perfección.”

 

Antes de regresar a la India por segunda vez, vivió en México. Sus lazos de colores camuflados en su larga y esbelta trenza la delatan. Entonces tenía 15 años y, como había acordeones por todas partes, lo empezó a estudiar. “El acordeón está mucho más pegado a la música oriental. Tengo una técnica muy autodidacta, muy inventada, en el fondo creada para la música que quiero hacer. Después de la India me quedé con una obsesión, cómo acompañarme.

 

Me acompaño con la mano derecha al unísono. Eso ha generado un color que es mi voz más el timbre del acordeón, el color de mi música.” Este es el sonido Pascuala, un timbre nuevo que no deja indiferente a quien la escucha aunque sea un movimiento paralelo muy típico de la música popular. En la India, por ejemplo, se hace lo mismo con la tampura.

 

El amor de Pascuala por la cultura de este país la ha llevado a crear el grupo Samadi con su esposo Jaime Fres, el único grupo que existe en Chile que sigue rigurosamente las estructuras y características hindúes. Ellos no trabajan con los instrumentos para conseguir nuevos timbres, no hacen fusión. “Es por Jaime. Él es percusionista y fanático de hacer las cosas súper bien. Llevamos 7 años viviendo y tocando juntos y este objetivo me ha influenciado y orientado”.

 

Pascuala compagina Samadi con el grupo Fauna donde también está su esposo de percusionista. Ensayan un mínimo de dos veces por semana en su casa de Valparaíso. Pascuala tiene allí su propio espacio con su piano y un ordenador, decorado con sus bordados, lanas y vírgenes.

 

Viajando en los medios de transporte, cuando está en tierra de nadie, le vienen las canciones. “Cuando uno va a un lugar, está dejando otro. Cuando uno deja un lugar es el momento de verlo poéticamente y en pasado. Cuando vas en la micro, en terreno de nadie, llevas algo que este lugar te entregó y cuando llegas a otro lugar recibes otras cosas”. Luego Pascuala la escribe en cualquier papel: “Generalmente voy escribiendo el texto y arriba de cada palabra le asigno una nota musical.

 

Cuando nace un texto poético lo preparo sola y pienso en su forma. Después llamo a la banda. Luego les muestro el tema y les voy diciendo qué espacio tiene cada uno, lo que tiene que hacer. Lo tocamos y salen ideas y me las proponen y escojo. Es complicado. A veces puedo ser tirana porque parto de creaciones mías. En cambio, cuando partimos con Jaime y Pestaña (el guitarrista) con el disco de Violeta fue distinto. Ella era creadora y nosotros la teníamos como una Santa Patrona, estábamos fanatizados por ella y la defendimos para homenajearla. Trabajamos a partir de su creación y sacamos el máximo. Ella lo hizo así ¿Porqué teníamos que cambiarlo?”.

 

Pascuala nunca ha planteado su carrera para ser conocida. Todos sus logros son para la música, para que evolucione, para que suene cada vez mejor. “Por eso me gusta tocar con banda. Muchas veces me piden que vaya como solista con el acordeón. Pero mi música está hecha para banda y no voy a quedarme con arreglos básicos para ir sola”. Pero compartiendo escenario con otros cantantes se ha dado cuenta que no es una meta común. Pero ella lo prefiere así, también que la relacionen con muchos temas, como la reivindicación para los indígenas. 

 

¿Pascuala, cómo has conseguido darte a conocer en Chile?

 

Pues gracias a otras personas, no por mi búsqueda. Nunca he tenido la obsesión de darme a conocer. Incluso la creación del grupo tengo que agradecerla a Patricio González (El Pato), una persona muy importante para mí. Él es quien inventó las escuelas de rock, un movimiento muy importante en Chile que ahora es parte del gobierno. Él apoyó la música como medio de educación. Que la gente de los lugares más pobres pudiera estudiar con gente que admira. Ahora están haciendo un curso en Concepción e iré en septiembre a hacer una clase de vocalización. El profesor que da escritura de letras. Es Pancho Saso, el cantante de Congreso ¡Imagínate ser de una población y que venga él a hacerte clases!

 

El que da piano es Claudio Parra, el tecladista de Los Jaivas. El batería es el Bruno de Sinergia,…puros ídolos para la gente de Chile. El Pato siempre está buscando gente para dar oportunidades, un escenario. Por eso me llamó para homenajear a Violeta Parra en su cumpleaños. Fue una idea que partió de él y que propuso al Museo de La Sebastiana, la casa de Pablo Neruda de Valparaíso. Le dijeron que lo armara y allí fue cuando armé la banda, para celebrar el cumpleaños de la Violeta. La idea era conmemorar toda su vida. Por eso escogí canciones que nadie conocía y que tenían que ver con sucesos que le habían pasado. Salió todo tan bonito que hicimos el disco.

 

Portada de disco «Pascuala canta a Violeta» de Pascuala Ilabaca.

 

De este primer disco tuyo, Pascuala canta a Violeta, llama la atención el hecho que escogieras canciones poco divulgadas de ella.

 

Sí, aunque por ello me costó más la producción ¡Nadie me quería ayudar si no grababa Gracias a la vida o Volver a los diecisiete! Finalmente nos pusimos de acuerdo con un mecenas para grabar el disco con la condición que él hiciera la carátula. Pero era de estética zen, muy minimal, blanca como el mármol, y rechazamos el dinero porque no queríamos esta carátula. ¡Nos quedamos sin mecenas a dos semanas de lanzar el disco!

 

Al final la hice yo. Siempre había pensado que tenía que ser una carátula como el poncho de Violeta Parra donde están todas las cosas que ella acarrea, parte de sus canciones. Ella era un carnaval de la vida ¡y la carátula tenía que estar llena de cositas! No importaba la plata sino homenajearla.

 

Aunque lo que más me pesó no fue eso sino escuchar que era muy joven para cantar Violeta Parra, que debería haber sufrido mucho más en la vida. Pero mira como son las cosas; cuando empezamos a grabar, se suicidó el hermano de Jaime y grabamos en ese duelo. Fue terrible. Como Violeta se suicidó, hicimos todo en sincronía de la gente que es potente y no soporta el mundo, la cotidianeidad, la realidad. Sintiendo eso, tampoco sentí que no tenía el dolor suficiente para poder grabarla.

 

¿Y quién te ayudó a divulgarlo? ¿Hubo periodistas musicales, medios de comunicación en Chile que se fijaron en ti?

 

Sí, David Ponce, que escribe en el Emol, “El Mercurio” online. Es uno de los pocos periodistas musicales chilenos. David vino especialmente al lanzamiento de mi disco en Valparaíso, lo compró y lo criticó una semana después. Fue muy importante porque siendo yo de esta ciudad costera, quedo fuera de toda la movida. Luego agotamos toda la edición en dos meses. La gente quería el disco, y también a Violeta. Era un momento que habían salido pocos homenajes y eso ayudó, ya que durante la dictadura los vinilos de Violeta se tenían que enterrar. Creo que cuando lo saqué la gente se ilusionó con el hecho de poder comprar un disco de ella. Formó parte del proceso de liberación.

 

En CANCIONEROS somos muy Violeta-Parristas. Nos gusta la gráfica, el repertorio, las canciones que has escogido, la forma de cantarlas, esa forma de no llevar las canciones a tu terreno, si no proyectarlas desde el terreno de Violeta...

 

Es que me daba rabia que muchas veces la gente que toca Violeta la llevaban como en un estándar de jazz. También era un fanatismo mío atreverse a cambiar una melodía de ella. ¡Son perfectas! Yo también soy muy Violeta-Parrista”

 

Y luego tuviste detalles como El Gavilán ¡Nadie se atreve a cantarla! Y tú incluso la cantaste con los Quilapayún (Parada-Wang). Sabemos que el Pato Wang quedó encantado con la versión.

 

¡Sí, salió súper bonita! De las cuatro versiones de Violeta que hay, hice la versión que está transcrita. La íntegra, la grande.

 

Hay poca gente que cante Violeta como tú y también que toque la cueca como lo haces tú

 

Sí, la cueca es algo que me ha traído mucho problema porque no la hago con la forma. Sinceramente creo que ahora no la necesitamos hacer así. Siento que después del golpe militar el folklore se militarizó y estandarizó. La ordenaron y ahora nuestro baile nacional es una vergüenza. Parece un desfile de moda, no folklore. Es un baile fome que no te apetece cantar ni bailar. Por eso en las fiestas nacionales, la gente suele bailar cumbia. Temen hacer un paso mal bailando cueca y faltar al respeto. Creo que para hacer renacer el folklore hay que romper el huevo para que todos los jóvenes quepamos dentro. Si no se va a morir. Por eso no estoy haciendo la forma de la cueca para que todos puedan bailarla. El ritmo, la forma y la esencia están. Lo que no está es la vuelta, lo que indica en qué momento los bailarines tienen que cambiar de frente a frente. Pero si sabes bailar la cueca, sabes perfectamente donde tienes que cambiar y si no, la bailas como tú quieres y ya ¡Estamos en el 2011!

 

¿Cómo recibió el disco la familia Parra?

 

Estaba grabándolo y no sabía con quien hablar para que nos dejaran sacar el disco. Me tocó celebrar el cumpleaños de Violeta en la Plaza Aníbal Pinto de Valparaíso y allí coincidí con Ángel Parra. Él vio a mi concierto, le encantó y me dio la pasada para poder sacar mi disco. Pagué los derechos y tuve el convenio de la fundación. Después con Ángel nos hicimos amigos.

 

¿Crees que gracias a este disco te han conocido algunos europeos amantes del folklore chileno?

 

Sí. Supongo que es más fácil buscar el nombre de Violeta y que aparezca el de Pascuala ¿no? Si es así me siento súper bien porque pueden escuchar otras canciones de ella que no sean Gracias a la Vida o Volver a los diecisiete.

 

¿Y cuándo percibiste que empezabas a ser popular en Chile?

 

Cuando volví de la India, en un Rock Carnaza que organizó el Pato González donde canté con Camila Moreno y el Nano Stern. Los tres hicimos el cumpleaños de Violeta. La Camila estaba recién nominada al Grammy. Vino mucho público. Es algo fantástico. Sólo invitan a los cantantes de las bandas, los ponen en un escenario y cantan sucesivamente. Se llama “canto rodado”. Si te relajas y quieres, puedes intentar meterte en la canción del otro. Es súper entretenido y la gente está súper expectante. El Pato me tenía avisada antes de irme a la India que en octubre iba a cantar como solista en el festival y después de este concierto fue increíble. Empezaron a salir muchas fechas para conciertos. Cuando el pasado mes de febrero gané el Festival del Huaso con los hermanos Coulón y otros miembros del Inti-Illimani, se abrió toda la prensa, toda la gente, muchas fechas…Hicimos un Rock Carnaza en Iquique con Manuel García y después la Cumbre del Folk en Concepción. Allí se empezó a armar este movimiento que nos llevan a todos juntos y en eso estamos.

 

Sí, actualmente hay un grupo de jóvenes, hombres y mujeres, con nombre. ¿Por qué? ¿Hay sinergia entre vosotros y os juntáis cuando os apetece o se ha generado un movimiento?

 

Creo que no somos un movimiento aunque muchas veces nos tachan así. No lo somos porque nuestra naturaleza no es así. Chile no es un país de movimientos en el sentido que se respeta mucho la individualidad en el buen sentido. Podemos ser todos diferentes y ser todos amigos, algo que a mí me gusta mucho.

 

Pero vosotros sois un movimiento que confluye en un mismo espacio, un grupo de talento que específicamente es superior a lo normal.

 

Eso sí, pero también se dan otros factores. Entre nosotros hay diferencias. Por ejemplo hay personas que vienen más del mundo de la calle como Chinoy. Con él nos conocimos tocando hace 7 años. Yo tocaba en la Feria de Antigüedades y él muy cerca. Nos cruzábamos con la guitarra, compartíamos sombrero, ya que en Chile los músicos lo usamos mucho. Chinoy es de San Antonio, un pueblo más pobre que Valparaíso, nació en una población, nunca estuvo en la Universidad, ni en clase de guitarra, ni de canto. En cambio el papá de la Camila Moreno, que es súper amiga mía, tiene la productora de televisión más importante de Chile. Ella está súper bien posicionada, por eso ha sido la única que ha sacado distintos videoclips. Además es de Santiago. Por eso tuvo sello al tiro, la nominaron al Grammy.

 

¿Por qué existe este movimiento de jóvenes músicos?

 

Porque estamos rescatando la música chilena, porque somos personas de 25 años que escuchamos lo mismo que las personas de nuestra edad. Por algo nosotros hacemos un concierto y hay 5.000 personas de público. Si no, no irían. Tengo mucha esperanza en la juventud chilena, no de la gente de otra generación. Los que tienen de 25 a 35 años escuchan música argentina. La generación que ahora tiene de 35 a 40 años, escucha música europea. Pero la de 25 años escucha mucha música chilena. Por ejemplo, yo no escucho nunca la radio, escojo por Internet lo que quiero estudiar. Creo que la gente joven, los estudiantes, no escuchan nada de radio así como no votan. La gente que la escucha en Chile son los taxistas, los micreros… pero no la gente de las tiendas.










 
  

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