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FRAGMENTOS DE UN SUEÑO

INTERLUDIO. Casi en Chile

por Luis Cifuentes Seves 


(Carta desde Chile, escrita por un familiar de José, narrando la visita de Inti-Illimani a Mendoza, Argentina, en noviembre de 1986).


NOTA DEL AUTOR: En homenaje a la autenticidad de esta carta, no he reemplazado ninguno de los chilenismos utilizados. En caso de dificultad, consultar el Glosario.


 

... Esto se veía venir, de manera que había la clara intención de ir con todo mi lote familiar, además del resto del familión empeñado en reencontrarse. Esto presentaba dificultades, ya que había que conseguirse días de vacaciones en las pegas respectivas, autorización en las escuelas de los peques y financiamiento. Más aún, para pasar "al otro lado", los niños necesitan carnet de identidad, y se demoran ¡15 días! en entregarlo. Pero, con mucha perseverancia, neuras, carreras pa' todos lados y cerros de buena voluntad y solidaridad de todos los que, de una u otra forma, pudieran haber puesto dificultades, partimos el viernes 28 de noviembre en un bus hacia Mendoza. Ya en el bus iba un buen grupo familiar, mi madre, una tía, mi hermano y cuñada, primos, sobrinos, etc. en total diez personas en un bus de 25.
Cruzamos los Andes y llegamos a Mendoza a las 5 de la tarde. Agarramos taxi al hotel donde estaban los Intis, que habían llegado poco rato antes, y al bajarnos nos vimos inmediatamente rodeados por Max, Horacio, el Loro, Renato y se armó un despelote de abrazos, maletas, taxistas cobrando el pasaje, niños corriendo pa' todos lados, autos pidiendo el paso y "¡Cómo estay, puh!" y "¡Qué bueno que viniste!" y "¿Quién paga el taxi?", " ¿Dónde quedó la maleta?", "el José está arriba en la pieza", "¿Quién tiene australes? (nueva moneda argentina)", "¿Uds. ya almorzaron?", "¡Despejen la calle!", etc.
Una vez retirados los taxis y ya todos en la vereda frente al hotel empiezan las conversas. Ubiquémonos: es una vereda ancha y arbolada. El hotel "Vendimia" está en una esquina, tiene un pequeño café con mesitas sobre la vereda. En cada mesita hay grupos de familiares, amigos, admiradores. Van llegando autos con amigos del Loro, familiares de Jorge, amigos de todos. La vereda se convierte en un gran living room donde todos conversan con todos, saludan a gritos de una vereda a otra, toman fotos, jugos y cervezas (hace un tantín de calor). Aparece otro lote de primos y sobrinos. Los peques se apoderan de un cerro de arena que hay en el borde de la vereda y juegan y se encochinan a gusto.
Por fin aparece José, relajado, contento, primero un gesto de alegría al reconocer a algunos y luego otro de asombro al ver a este "choclón" de parientes que se le avalanzan. Gritos, abrazos; unos más concisos (con los que lo vimos el año pasado, en la primera actuación del Inti en Mendoza), otros más prolongados, de ojos brillantes con aquellos que no lo veían ¡hasta por 13 años!. Los niños lo abrazan, lo besan, le preguntan por Anahí y "¿cómo les ha ido en Argentina?" y "¿dónde van a actuar?". Se producen cambios de grupo y nos vamos acomodando en el living callejero. "¿Dónde se alojan Uds.?" y preguntamos en el hotel de "los chicos", como les dice mi mamá. Muy caro. Salen 23 dólares diarios por mi grupo. Hay otro más barato en la esquina y para allá partimos todos "los Seves". De allí en adelante habría una denominación de clanes. "Los Salinas", "los Coulones", "los Duranes", etc. moviéndose en patota por todo Mendoza, para la cual somos en total "los chilenos".
Y así vamos todos, por turno, conversando de a ratitos con José, estrujando el tiempo, poniéndonos al día. Veo a José más maduro, con una profunda inquietud que después explicitaría, de tener un "feeling" del país, tan cercano y tan lejano en este momento. Pregunta por la pega de cada cual, por los que vienen y los que no pudieron venir. "¿Cómo está la cosa con estado de sitio?". Por fin nos instalamos en el hotel "Aragón" y acordamos descansar todos de nuestros respectivos viajes para juntarnos a comer y conversar más tarde. Ahí se nos viene el peso del viaje encima (8 horas en bus, con los peques al hombro, no es pa' menos), más el peso del terremoto emocional del reencuentro, nos vamos lona. Flor de siestecilla.
Tipo 9 nos juntamos en patota los chilenos ocupando las mesitas de la calle de dos restaurantes contiguos. Brindis de mesa a mesa. ¡Buena carne estos argentinos, hombre! Y si no, prueba este bife chorizo. Es exquisito, blando, se deshace en la boca. ¡Bocatto di cardinale! Pasan autos con lolos chilenos, reconocen a los chicos, tocan bocinas, asoman banderas, gritos, tallas, risas. A los niños les baja el sueño. Los vamos a dejar y la mamá, también agotada, se queda con ellos. Yo vuelvo a la sobremesa. Me encuentro en la calle con Cachencho y vamos conversando. Por todas partes hay chilenos en ambiente de fiesta. Han llegado otros conocidos, Jorge Negrón te manda saludos y ya va en la quinta cerveza, decidido a chupar hasta el fin.
Aparecen más familiares. José cuenta de las actuaciones en Buenos Aires y hace disquisiciones sobre el éxito. Les ha ido bien con la crítica y la reacción del público, pero poca asistencia. Entradas caras, mala promoción. Estos reencuentros significan un riesgo económico para el grupo. En Santiago, les contamos, la promoción ha sido mejor que el año pasado. Avisos en radio desde hace una semana, en algunos diarios los últimos días, a todas luces insuficiente. Y aún así, cientos de chilenos han cruzado ya la cordillera y sabemos que seguirán cruzando todo el día sábado, para ver, muchos por primera vez, a un conjunto que pa' los lolos es como una leyenda viva. Algunos llegarán "a dedo" y dormirán en las plazas; probablemente se colarán al teatro, porque no tienen un peso, pero podrán hacerlo porque la solidaridad se respira en esta nube de parientes, amigos, conocidos. Y me doy cuenta de que no es una cosa nueva, sino que el aire que estábamos acostumbrados a respirar en la vieja república en nuestros territorios cotidianos.
¿Cómo atrapar esta sensación, este aire, esta alegría con unas gotas de rabia aflorando del fondo del corazón? Esta "Primavera con una esquina rota", ¿cómo la llama Benedetti? Todos tratan, y así hay cámaras fotográficas, grabadoras de todos tamaños, se fotografían abrazos, brindis, lágrimas, choclones, gestos, se graban conversaciones, entrevistas, chistes, recuerdos. Entre risas y bocinazos volvemos al hotel de los chicos y nos amanecemos tomando cafecitos, cervezas, entre humo de cigarros en el café de la esquina. Nosotros contando "cómo se ven las cosas por acá", ellos "cómo se ven desde allá". José y Max se explayan contando anécdotas de sus actuaciones, chilenos en todos los rincones del mundo, esos marinos mercantes cocidos que se subieron al escenario a bailar en Grecia, los amigos de Max que se subieron a saludarlo en plena actuación en Ecuador, los chilenos que lavaban estampillas en París, etc., etc.
Y nosotros tratando de explicar por qué en Chile, pasando tantas cosa, en definitiva no pasa na'. Un optimista por ahí habla de que "el espíritu de lucha es hoy muy superior", como si se tratara de un problema espiritual (¿o espiritista?). Los muchachos preguntan cosas concretas, del trabajo, de lo que difunde la prensa, de la situación de cada cual. Hasta que alguien se acuerda de que "hoy es el recital" y todos "sí, váyanse a descansar" y ellos "claro, si ya van a ser las cuatro de la mañana". Así y todo sigue la cháchara hasta las cuatro y media y todos a sus camitas. Eso creemos nosotros al retirarnos. Después supimos que se armó otro grupo y siguieron conversando ¡hasta las once de la mañana! Por cierto a esa hora se fueron a dormir y no aparecieron hasta las tantas de la tarde, cuando ya debían prepararse pa' l recital.
Los demás nos fuimos a almorzar (y dele con el bife chorizo, che), a vitrinear, a copuchar con los demás chilenos. En la tardecita aparecen unos coterráneos con un cajón de almejas y, como por milagro, en plena calle, empiezan a aparecer botellas de vino blanco, limones, cuchillos y se arma una tole-tole de mariscos, botellas, chilenos, etc.
Después, al recital, en un cine. Frente al cine, una plaza y un mar de chilenos. No faltan los vendedores ambulantes; posters, cassettes, banderitas chilenas, revistas, periódicos, ¡hasta "El Siglo"! ¡Parece marcha esta cuestión! Falta el puro vendedor de sanguruches. En fin, flor de recital. Tú los has visto, así es que musicalmente no hay más que hablar. Pero lo distintivo es este público, más de dos mil jóvenes, chilenos en su gran mayoría, que han ido repletando el local. Recién han llegado varios buses al teatro, directamente desde Santiago. Hay un ambiente con dos marcados matices: el del espectador maravillado, en absoluto silencio, de pepas y pailas muy abiertos, de emoción contenida durante las interpretaciones, y su otra cara: la explosión, el aplauso, los gritos, los saltos al final de cada tema, que demuestran que no somos, en realidad, esos flemáticos "ingleses de América", a menos que nos comparen con los hooligans. Mi hermano, con una excelente cámara con zoom y película de mil y tantas ASAS, se ubica entre los parlantes y saca fotos como malo de la cabeza. Yo, con mi rollo de 100 ASAS y un flash cucarro, hago lo que puedo, no más.
Entre canción y canción, por ahí un grito: "Saludos te manda Valdivia, José" y José: "Y yo le mando un saludo a Anita Pradenas" (1). En otro intervalo, Jorge explicará cómo, en una reciente actuación en Neuquén, Argentina, llegó un grupo grande de chilenos, valdivianos y temucanos y otro grupo de Iquique, más de 2500 km. al norte. "Pero si nosotros vamos a actuar en Mendoza", les dicen los Intis maravillados del esfuerzo iquiqueño, y estos responden: "Pucha, ¿por qué no avisaron antes?". Todo esto lleva implícita una tremenda porfía que admira a los chicos. Después estaríamos sacando cuentas con Marcelo de cuánto costaría, a cada chileno, asistir a este recital, con pasaje, alojamiento por una noche y una comida. Llevado a dólares son 40. Con la recesión, y teniendo en cuenta que este público es de casi puros lolos, en realidad hay aquí un esfuerzo admirable.
Al final, no los dejan irse. Los Inti deben volver una y otra vez al escenario. La última vez ya está desconectado el sistema de sonido, pero igual cantan, a grito pelado y con la ayuda de todo el público. Salimos todos agotados, dos de mis niños duermen, mientras una lluvia suave e inusual cae sobre Mendoza, refrescando el cálido ambiente. Nuevamente nos amaneceremos, esta vez en un restaurante con un grupo de maulinos que llegaron con cinco garrafas de pipeño y una tortilla de rescoldo gigantesca. En plena calle, fabrican un borgoña de película y vamos chupando. Hasta el mozo que nos atiende se va de huaracazo mientras aparecen guitarras y ¡vamos cantando, miéchica! hasta la madrugada, valses peruanos, boleros, cuecas, de un cuantuhay y conversamos hasta el amanecer. Y José conversa con sus tías y recuerda como ellas, con su inquietud por la música y el teatro lo motivaron en su infancia. Algunos familiares tienen que tomar el bus de vuelta a Santiago a las 9 de la mañana y ya son las seis. José los retiene con preguntas, abrazos y se repite la frase "la próxima vez tiene que ser en Chile".
Ya es domingo, está clareando y volvemos al hotel. Se quedan José, Horacio, los maulinos y varios más cantando boleros, ya todos bastante enchufados, incluso el mozo argentino que trastabillea entre las mesas. El domingo a mediodía, nos movemos con el hacha justo en la frente. Jorge, el de Puerto Montt, trasnochado y con la sopaipa pasada, rabia y lloriquea en su despedida de José, que pasó de largo y aún no duerme.
Almorzamos con José en un grupo más chico. Se comenta el recital. Lolos rezagados, al pasar, bajan de sus cacharros, de a 8, de a 12 en un auto que ya se desarma, tocan bocinas, se acercan, quieren tomarse una foto con los Intis, José y Horacio, que está en el restaurante del lado (las mesitas en la calle, los árboles, la vereda ancha, el aire, otra vez que ya va siendo la última y quizás hasta cuándo). Se juntan, los llevan al sol, los rodean, nadie quiere tomar la foto, todos quieren salir apegaditos a sus ídolos (como si nosotros hubiéramos podido acercarnos a los Beatles en otros tiempos, pienso. Volver a ser "fan"). Solidarizamos entonces "pasen las cámaras para acá" y hacemos de fotógrafos callejeros. La cámara se tranca, se ponen nerviosos, pero al final salen las fotos y "gracias" y "chao, nos vemos en Santiago". José se va a dormir y nosotros a vitrinear, a tomar helados, a pasear a los peques.
La noche es de la familia. Nos reunimos los que quedamos, incluído José. Mi madre y la tía, un primo y familia se van mañana lunes. Es conversa de despedidas, todos trasnochados, se habla de Chile, de la tele, de la Iglesia, de la música popular, de todo un poco. A las dos de la mañana, José nos va a dejar al hotel y se despide de las viejitas. Yo lo voy a dejar a él y conversamos. Ahora lo tengo pa' mí solito. Las palabras se centran en nosotros, qué hacemos ahora, qué queremos hacer, José me habla de gente conocida, remueve mis viejas inquietudes artísticas y debo confesarle que no, que no estoy haciendo nada, mi actividad artística es pasiva, no escribo, no actúo, tengo mi guitarra colgada, sólo percibo, leo mucho, escucho harto.
José está creando, textos, música, trabaja con Oscar Castro unos textos basados en "El otoño del patriarca". Está bien, su relación con Marcela y Anahí son buenas. Un oasis para su exilio. Nos revelamos nuestros parecidos escepticismos frente a la situación chilena. Ambos dudamos que cambie de manera significativa en el futuro cercano y sólo relegamos nuestro optimismo a pequeñas aperturas que pudieran ¡ojalá! incluir una puerta ancha para nuestra "mitad lejana" y que el próximo reencuentro sea realmente próximo y en casa. En este punto, nos vamos a tomar un café. Habla de su trabajo, le entusiasma el aporte de Renato al grupo, han hecho muy buenas migas.
Le hablo de mi trabajo, me pregunta cuestiones técnicas (se ve que lee de todo). Me entusiasmo hablando de algunos temas, como la computación. Me estimula, me dice que eso es muy bueno, que me meta más. Hablando del ambiente profesional, coincidimos en que hay una tendencia al individualismo y a la indiferencia, producto del sistema, y que esto es muy dañino para el país. Nos contamos chistes. Paseamos ahora por calles semidesiertas. Hablamos del Pato Manns, del Gitano Rodríguez, del Chere Arenas, del Ángel Parra. Ahora José me habla del "éxito". Le inquieta que los seguidores puedan esperar de ellos que sean "estrellas" como el Julio Iglesias. Le digo que la sencillez del grupo, su relación de igual a igual con el público, con todo el nivel que han alcanzado me parece admirable. Le alego que no deben descuidar la parte promocional. Me dice que están preocupados de eso y recuerda una anécdota reciente, cuando fueron invitados a un programa de TV y que en la entrevista hablaron de todo, pero ninguno de ellos, pese a haberlo acordado previamente, pasó el aviso de una próxima actuación.
Hablamos de cine, de literatura, siempre vuelve al tema del país. Le hablo del "boom" con su secuela de edificios lujosos abandonados, de los allanamientos, de las situaciones vividas en la universidad. Al día siguiente, en una entrevista, resumirá su "feeling" de Chile, transmitido en todas estas conversaciones: "Hemos captado un sentimiento de humillación, resultado de un ataque cotidiano, permanente, a veces sutil, a la dignidad de las personas" y Jorge: " Aún no hemos logrado expresar toda la rabia que llevamos dentro".
Ahora conversamos de sus experiencias, sus viajes, y de pronto me pregunta " ¿y por qué no sales tú también a hacer lo que tú quieres?". Me defiendo, que no estoy pa' esos trotes, que este país me tira "como yunta de bueises", mientras, por dentro, un bichito me pica "¿Por qué no mandas todo a la chucha y partes a la aventura como 15 años atrás, cuando el mundo era nuestro y lo que queríamos lo conseguíamos? Todo estaba ahí, era cuestión de echarle p' adelante, ponerle el hombro, el entusiasmo, la imaginación y ¡paf! ahí estaba la vida en nuestras manos". Y están los peques, la responsabilidad, y blah, blah. Putas que nos cagaron feo, ¿ah?.
Volvemos al hotel de José. Aparece Marcelo, enchufado, voz estropajosa "¿Y a gué horas se vad a agostar usdedes los huevodes, ah? ¡Vañana los vavos!". Ya, van a ser las cuatro de la mañana, y a acostarse. ¿Otra vez dormir hasta mediodía?. ¡Las pinzas! Me levanto a las nueve a dejar a las viejitas al terminal de buses. Ahí nos juntamos con parientes y amigos que se van. Los Coulones, en el bus de al lado, despiden hermanos y amigos. Jorge despide a su señora, que lo deja a cargo de la guagua para darse una vuelta por Chile. Chao a todos y yo, ya con más confianza en Mendoza, vuelvo al hotel en bus. Ese día se volvían casi todos los parientes, de manera que almorzamos juntos con todos los Intis en un restaurante. Para variar un poco, en las mesas de adentro, y para no variar tanto, bife chorizo con ensalada mixta. La conversa es festiva y todos eluden el tema de que ya se van. Después de almuerzo los vamos a dejar al aeropuerto. A estas alturas ya somos los únicos acompañantes. Le ayudamos a Jorge con la guagua, a José con las maletas y varias bolsas de regalos: botellas de pisco, de vino, tarros de conservas, paquetes de fotos y un gran retrato enmarcado, en que una certera foto muestra a José y Horacio chupando, garrafa en ristre, en un parque mendocino el año pasado. Ambos en gesto de brindis, abajo un título "Por la amistad". Buena foto, dicen todos.
Empiezan a llamar por los parlantes, los chicos se hacen los lesos, me transmiten recados, me entregan un atado de posters y "este es pa' fulano y este otro pa' zutano y el resto, ahí veis tú, puh". Bastante después del "último llamado", Jorge llama al orden: "Ya cabros, volvamos a nuestro exilio". Todos se ponen muy serios y vienen las despedidas. Vuelven a Buenos Aires, pero al darnos el último abrazo, bien fuerte y muy corto, pa' no llorar, ya habían dejado de estar con/en Chile. Se apresuran al avión. Mi hija no se contiene y llora a moco tendido. "¡Gracias por cargarnos las pilas!" y "¡Los queremos mucho!" es lo último que alcanzamos a gritar. Y otra vez la espera-desespera del calentamiento y rugir de motores, del carreteo, del despegue contra un cielo azul intenso, y otra vez ese nudo en el pecho y las manos que dicen chao y mi niña con sus pucheros "¿Cuándo voy a ver al tío otra vez?". Cuandó, cuandó, cuandó, mi vida, cuandó.
Pocas semanas después, en Santiago ya estaban dando un video y circulaban cassettes piratas de este "fenómeno sociológico" como lo llamó un gringo que apareció por allá. A un mes del hecho, tratando de trabajar otra vez, en medio del despelote de fin de año, haciendo el recuento, siento que lo más importante es que en Mendoza, aunque no fuera más que por instantes, volví a encontrarme conmigo mismo.


NOTAS

(1) A fines de los años 60, José Seves, que entonces estudiaba en la UTE de Valdivia, y Anita Pradenas, estudiante de la Universidad Austral de Valdivia, formaron el dúo "Anita y José", que llegó a grabar un álbum a comienzos de los 70. (Volver atrás)










 
  

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